7 de enero 2003 - 00:00

Desesperación del duhaldismo

Felipe Solá lo elude porque vale pero se ve, por ahora, solo en la provincia de Buenos Aires. José Manuel de la Sota hoy también lo elude porque sabe que jugó mal creyendo que cabeza grande necesariamente albergaba genialidad política acorde. Adolfo Rodríguez Saá jamás le perdonó el golpe institucional civil de los bonaerenses. El cogolpista y socio bonaerense Leopoldo Moreau una vez intentó salir de «las sábanas» y quedó maltrecho ante un rival al que ni siquiera considera «radical», como Rodolfo Terragno. Hasta se molestó con él Néstor Kirchner, que no «hace» sino «juega» en la marginalidad de la política nacional. Ricardo López Murphy lo desprecia, como a Lavagna y a todos los que -sobre todo Elisa Carrió y la izquierda ingenua-creen en el facilismo efímero de que no pagarle a ningún acreedor, interno o mundial, es la fórmula mágica y el gran descubrimiento argentino para enfrentar al FMI en lugar de los tontos brasileños, que sí lo hicieron para recibir 30.000 millones de dólares. Luis Zamora ve con ironía, desde la más sabia y cómoda decisión de gatopardearse con los votos anulados y blancos que haya, sus burdas alquimias electorales. Carlos Menem lo deja hacer y hasta le asiente si insiste en lo anticonstitucional pensando que el próximo 6 de enero esperará los Reyes pescando solitario desde un bote de goma, como le gusta. Carlos Reutemann y Raúl Alfonsín directamente lo consideran ya irrecuperable y le rehúyen por sus planteos de ilegalidad. En el plano internacional, el Fondo Monetario no lo quiere ni le da un acuerdo porque el «argentinismo duhaldista-lavagnista» de pedir capitales, apropiárselos y no pagarlos sería un ejemplo mundial nefasto. Además, un acuerdo lo tentaría más a continuar por suponerse exitoso. Tanto alarma que le darían un «miniacuerdo» pero para que se vaya.

A Eduardo Duhalde, en un ocaso sin siquiera honra, lo apoyan sus desesperados entornadores y los sindicalistas Hugo Curto y Luis Barrionuevo, con tanta rusticidad como para proponerle un plebiscito -hasta imaginan ganarlo-en lugar de una elección presidencial constitucional.

Impensable resultó que el diario «Clarín», más duhaldista que nunca tras haber recibido el 31 de diciembre de este presidente y del pícaro ministro Roberto Lavagna la salvación con fondos públicos a su quiebra financiera, emprendió su clásico despegue tras el favor recibido y ayer le escribió: «Ya no se puede dar más vueltas sobre este asunto (como elegir un nuevo presidente de la Nación). Eduardo Duhalde no es, en estas horas, el avezado ajedrecista que mueve sus piezas recién cuando tiene consumada la jugada siguiente. Lo hace, es cierto, en el límite más bien a ciegas, levantando confusión pero exponiéndose cada vez más a la posibilidad del jaque».

Va a perder pero no será fácil jaquearlo, aunque quede como rey rodeado de 3 peones y el pícaro alfil Lavagna. No sólo está el hecho de ceder ante un rey, quizá riojano. Hay riesgos de cárcel para muchos y no tipo Ernestina de Noble, padre Julio Grassi o inventos como «armas a Ecuador». Bastaría leer el último dictamen de la Legislatura bonaerense sobre los negociados en el Banco Provincia durante las gestiones Duhalde y Carlos Ruckauf, aparte que en Dolores el juez Asencio ya está investigando el mismo tema.

Como Duhalde y el entorno duhaldista no van a entregarse sin seguir manipulando, pese a tener prácticamente todo el arco político y la Constitución en contra, conviene resumir qué chances tienen.

1- Ley electoral vigente, ley de amnistía promulgada, interna del justicialismo el 27 de febrero o 2 de marzo para elegir fórmula única partidaria, elecciones el 27 de abril, segunda vuelta si corresponde el 18 de mayo, asunción del nuevo presidente el 25 de mayo hasta completar mandato de De la Rúa y luego seguir el propio por 4 años.

Esto sería la normalidad institucional en lo máximo posible en esta encrucijada, la Argentina seria la que recuperaría imagen en el exterior. Iría una fórmula justicialista oficial a la disputa con otras fórmulas partidarias. Puede haber algún binomio presidencial del peronismo que vaya «por afuera», aun habiendo participado de la interna (se derogó la ley que lo impedía al que participó).

Es la normalidad institucional pero que no le conviene y la ataca el duhaldismo. El actual presidente designado teme que el candidato triunfante en interna del PJ ya tenga más poder que él, algo que probablemente ocurra, cuando aún le queden 75 días de gestión hasta el 25 de mayo. Además, temen que Carlos Menem-Juan Carlos Romero, según encuestas serias, triunfen en esa interna normal y, aun cuando lo hagan por un porcentaje de 30% o menos, no interesa finalmente como lo que logren en la elección presidencial general. Salvo el santacruceño Kirchner, a quien una interna en el PJ dejaría más en evidencia que un ADN político, los otros candidatos podrían ir, sobre todo porque sería bochornoso y casi excluyente para su futuro político haberse achicado en una democrática interna partidaria. Es posible que vaya a esa compulsa partidaria Rodríguez Saá porque, aun perdiendo con Carlos Menem, tendría oportunidad de ir «por afuera», después, a la elección presidencial. Sobre todo si hay acusaciones de «fraude», algo que inevitablemente provocará -y con facilidad-el propio duhaldismo si tiene que caer en el calendario de normalidad institucional que no le gusta. Su meta de mínima es que un Menem triunfante en una interna inevitable salga menguado, cuando menos que nunca se pueda aclarar el resultado del padrón en la provincia de Buenos Aires, donde se les simplifica hacer cualquier tramoya partidaria.

2 - Imponer la ley de lemas (todos suman votos obligatoriamente al ganador de los sublemas, al final. No es constitucional). Proyecto Romero (van todos en el justicialismo o en cualquier partido a la elección presidencial con acuerdo partidario moral de plegarse luego a la forma más votada. Es constitucional). Proyecto Conte Grand (van las fórmulas de los partidos más votados, aunque puede no ir a segunda vuelta la que individualmente tuvo más votos. Es anticonstitucional).

La que más conviene a Duhalde, dentro de lo que supone «malo», y prefiere es el esquema Romero porque su principal objetivo, si no puede parar a Menem, es que llegue menguado a la presidencia de la Nación, aunque sea lo peor para el país un gobierno con cierta debilidad de base cuando deberá realizar todo lo que esta gestión transitoria no hizo por afán populista. Además, para implantar el esquema Romero debe el duhaldismo suprimir la interna en el justicialismo para que vayan todos los candidatos a un desgaste partidario y no esté proclamado oficialmente ninguno. La ilegalidad aquí estaría en la forma de suprimir esa interna del PJ o, si se realiza, viciarla desde el reducto bonaerense con fraudes de tal manera que se opte, partidariamente, por dejar ir a todos los candidatos del justicialismo con la sigla y el escudo ante la imposibilidad de tener fórmula oficial definida.

3- Operar con la Justicia de tal manera que termine suprimiendo la elección presidencial del 27 de abril. Aquí el duhaldismo opera con varios frentes. El denunciero habitual de «Clarín», el inefable abogado Monner Sans, ya se presentó a la Justicia y pidió que se declare anticonstitucional la ley que dispone que quede acortado el período presidencial de De la Rúa para que asuma un nuevo mandatario el 25 de mayo. En este caso, Duhalde cumpliría con irse el 25 de mayo, el poder pasaría al duhaldista Camaño, que llamaría a elecciones presidenciales pero allá por octubre, y el propio Duhalde podría presentarse a competir con Carlos Menem. Gusta al duhaldismo, con el riesgo de que si Carlos Menem le gana una elección presidencial, prácticamente lo erradica definitivamente de la vida política.

Otra variante «legal» es no promulgar la ley de acefalía -ya se está negando-ya aprobada por el Congreso o directamente vetarla. En ese caso, aunque hubiera elección interna y presidencial el 27 de abril, si ganaran Menem o Rodríguez Saá no podrían asumir porque no están en cargos electos (diputados, senadores, gobernadores). Aquí el duhaldismo ganaría hasta diciembre y también podría implicar la postergación de la elección general de abril.

¿Qué puede pasar en función del país y el quedantismo, o cuando menos que no gane Menem, la obsesión del actual gobierno?

La creencia es que Duhalde intentará aprovechar las posibles escapatorias «legales» primero, aunque no tenga mucha fuerza en la Corte Suprema, última instancia, para satisfacer sus ambiciones. Si nada logra por allí, iría a tornar fraudulenta y sin ninguna definición clara la interna del justicialismo para que vayan todos los candidatos (proyecto Romero), como salida final, y debilitar a Carlos Menem, aunque gane. Otra creencia generalizada es que, con cualquier traba que quiera oponérsele y con la forma que sea, el riojano será el próximo presidente de la Nación.

La forma 1 (normalidad institucional con interna del PJ y elección general normal) es lo último que encararán Duhalde y su entorno.Y salvo que no tenga más remedio.

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