Diagnóstico errado de Kirchner hizo retroceder a Cristina
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Con esa lectura simple Néstor Kirchner ha arrastrado al gobierno de su esposa y al partido oficialista (y a sus aliados) a rechazar todas las fórmulas de solución del conflicto con el campo sin siquiera imaginar un plan alternativo. Una salida al ahogo ante la opinión pública hubiera sido negar las demandas del campo en lo formal pero satisfacerlas con otras medidas disfrazadas. No le quedó al gobierno espacio ni para esa martingala, tan usual en política. Se vio forzado a una rendición que trató de amortiguar con las 22 horas de actos estridentes entre la conferencia de prensa de ayer y el acto de esta tarde.
Por seguir esa interpretación el gobierno se debilitó cada día más, empecinado en mostrarse dando esa pelea política antes que exhibiendo intención y capacidad técnica para resolver el problema que se discute. Que no era ya por las retenciones móviles sino por la necesidad de recuperar la economía golpeada por un misil que sólo tiene antecedentes, por sus consecuencias, en el mítico «impuestazo» de José Luis Machinea en el año 2000 que planchó la posibilidad de que el país saliera de la recesión heredada de Carlos Menem.
En aquel momento el gobierno de De la Rúa hizo una lectura también errónea del momento; imaginó que sería incapaz, sin ese auxilio extraordinario de recursos que aportaría el impuestazo, de remontar esa recesión y de mantener la convertibilidad. Por esa percepción equivocada, en pocas semanas la recesión ya no era el único problema. Se había sumado la fuga de depósitos, la crisis de la alianza de gobierno, la pérdida de confianza del público en el gobierno al que había llevado al poder sin necesidad de segunda vuelta pocos meses antes.
Ahora, a seis meses de asumida, Cristina de Kirchner no sólo tiene que afrontar la solución del campo, sino que debe recuperar la confianza, detener el paso del público del peso al dólar, frenar la salida -no masiva aún- de depósitos, recomponer la alianza de gobierno y recuperarse de una pérdida de poder político inimaginable en los Kirchner, que basaron su posibilidad de gobernar en la fórmula liquidez + prestigio (es decir, números azules en la economía y encuestas favorables, aunque sean, unos y otras, tramposos).
Para el rango técnico de la disputa con el campo, la estrategia del gobierno seguirá insistiendo, más allá del debate sobre retenciones, en la negociación «pari passu» con los diversos sectores y por actividad; planes para la carne, los granos, la leche, las economía regionales, la agricultura familiar, etc. Tampoco ha tenido éxito el gobierno antes en este terreno, más que nada por la pobrísima capacidad de gestión que tiene el Estado nacional. Como antes fracasaron los acuerdos de precios de Guillermo Moreno (fracasos tapados por la liquidación del INDEC), ahora fracasan estas negociaciones porque no existe forma de que el Estado tenga la información suficiente para saber responder a las demandas. La devolución de los reintegros y el pago de subsidios que vienen aplicándose desde hace más de dos años a varias actividades están atascado por las demoras en los pagos. Tienen razón en tomarlo en broma los hombres del campo cuando escuchan que les van a devolver el dinero de las retenciones cobradas, cuando les deben dinero de ejercicios pasados.
La ilusión de que en esas negociaciones el gobierno va a persuadir a los hombres de campo de blanquear 100% de sus operaciones es otra quimera. La economía informal existe en el país y en el mundo, cuesta mucho combatirla, tiene razones para existir que van mucho más allá de lo moral o de lo penal tributario.
Pretender que en 90 días el Estado va a lograr ese blanqueo es otra lectura errada que convierte a esta estrategia en otro seguro de derrota.



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