Diagnóstico errado de Kirchner hizo retroceder a Cristina

Política

En los términos como explicaba Néstor Kirchner su estrategia frente al campo estaba el germen de su derrota. Intentó plantar en la mente de quienes hablan con él que se trata de una confrontación peronismo-antiperonismo y que si el gobierno cede, caerá. La rendición de ayer busca frenar el deterioro del gobierno que controla, que admite es imparable. «Lo que se perdió no se recupera», les ha dicho a sus acólitos, una forma de decirles que juntar peronismo hacia adelante es la única defensa que les queda.

El error está en haber chavizado su lectura de los hechos. En las explicaciones a la mesa chica de Olivos, Kirchner dice que a Cristina le pasa lo que a Hugo Chávez en 2002: una asonada de la burguesía y el capital al que se le ganó dividiendo al país entre pueblo y antipueblo. Esta lectura no podía sino conducir al fracaso, porque el peronismo es una fuerza minoritaria en la Argentina contemporánea. En aquel año, lo que juntaba Chávez era bastante más; lo mostró en la siguiente elección -aunque tampoco le duró mucho-. El peronismo ha sido la primera minoría en cuatro de las seis elecciones presidenciales desde 1983. Accedió al gobierno por puntos en 2003 con 22% de los votos y perdiendo frente quien ganó por poco más esos comicios (Carlos Menem). En 2007 Cristina de Kirchner alcanzó la reelección para la familia con poco más de 30% de los votos calculados sobre el total del padrón, una estimación plausible en un país con sufragio obligatorio.

Pensar, en medio de la formidable crisis de poder que vive el país desde hace una década, que una primera minoría en esas condiciones pueda siquiera imaginar una victoria dialéctica sobre el resto de la opinión pública es una quimera.

¿Cómo haría una minoría, aunque fuera la primera, para imponer sus consignas al resto sin quebrar la institucionalidad? Lo que no dice Néstor Kirchner lo expresa Luis D'Elía, cuando llama a tomar las armas para defender al gobierno. Decirlo le bastó para tumbar la posición del oficialismo en la pelea con el campo. Si no hubiera hablado el martes de golpe duhaldista no hubiera habido cacerolazo. Sin esa protesta el gobierno hubiera podido extender unos días más esa pelea «hasta el final, aunque pierda» en la que había embarcado Kirchner a un peronismo cada vez más remiso a cumplir sus consignas.

¿Qué debería además hacer el peronismo para ganarle al resto, un conjunto que tampoco se expresa como antiperonista? Si no afectase la dignidad de las víctimas, la manipulación de los bombardeos del 55 buscó reflotar viejos odios sobre hechos y personajes desconocidos para la mayoría de la población.

  • Sin plan

    Con esa lectura simple Néstor Kirchner ha arrastrado al gobierno de su esposa y al partido oficialista (y a sus aliados) a rechazar todas las fórmulas de solución del conflicto con el campo sin siquiera imaginar un plan alternativo. Una salida al ahogo ante la opinión pública hubiera sido negar las demandas del campo en lo formal pero satisfacerlas con otras medidas disfrazadas. No le quedó al gobierno espacio ni para esa martingala, tan usual en política. Se vio forzado a una rendición que trató de amortiguar con las 22 horas de actos estridentes entre la conferencia de prensa de ayer y el acto de esta tarde.

    Por seguir esa interpretación el gobierno se debilitó cada día más, empecinado en mostrarse dando esa pelea política antes que exhibiendo intención y capacidad técnica para resolver el problema que se discute. Que no era ya por las retenciones móviles sino por la necesidad de recuperar la economía golpeada por un misil que sólo tiene antecedentes, por sus consecuencias, en el mítico «impuestazo» de José Luis Machinea en el año 2000 que planchó la posibilidad de que el país saliera de la recesión heredada de Carlos Menem.

    En aquel momento el gobierno de De la Rúa hizo una lectura también errónea del momento; imaginó que sería incapaz, sin ese auxilio extraordinario de recursos que aportaría el impuestazo, de remontar esa recesión y de mantener la convertibilidad. Por esa percepción equivocada, en pocas semanas la recesión ya no era el único problema. Se había sumado la fuga de depósitos, la crisis de la alianza de gobierno, la pérdida de confianza del público en el gobierno al que había llevado al poder sin necesidad de segunda vuelta pocos meses antes.

    Ahora, a seis meses de asumida, Cristina de Kirchner no sólo tiene que afrontar la solución del campo, sino que debe recuperar la confianza, detener el paso del público del peso al dólar, frenar la salida -no masiva aún- de depósitos, recomponer la alianza de gobierno y recuperarse de una pérdida de poder político inimaginable en los Kirchner, que basaron su posibilidad de gobernar en la fórmula liquidez + prestigio (es decir, números azules en la economía y encuestas favorables, aunque sean, unos y otras, tramposos).

    Para el rango técnico de la disputa con el campo, la estrategia del gobierno seguirá insistiendo, más allá del debate sobre retenciones, en la negociación «pari passu» con los diversos sectores y por actividad; planes para la carne, los granos, la leche, las economía regionales, la agricultura familiar, etc. Tampoco ha tenido éxito el gobierno antes en este terreno, más que nada por la pobrísima capacidad de gestión que tiene el Estado nacional. Como antes fracasaron los acuerdos de precios de Guillermo Moreno (fracasos tapados por la liquidación del INDEC), ahora fracasan estas negociaciones porque no existe forma de que el Estado tenga la información suficiente para saber responder a las demandas. La devolución de los reintegros y el pago de subsidios que vienen aplicándose desde hace más de dos años a varias actividades están atascado por las demoras en los pagos. Tienen razón en tomarlo en broma los hombres del campo cuando escuchan que les van a devolver el dinero de las retenciones cobradas, cuando les deben dinero de ejercicios pasados.

    La ilusión de que en esas negociaciones el gobierno va a persuadir a los hombres de campo de blanquear 100% de sus operaciones es otra quimera. La economía informal existe en el país y en el mundo, cuesta mucho combatirla, tiene razones para existir que van mucho más allá de lo moral o de lo penal tributario.

    Pretender que en 90 días el Estado va a lograr ese blanqueo es otra lectura errada que convierte a esta estrategia en otro seguro de derrota.
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