Duhalde mostró su juego ante cuatro senadores
Eduardo Duhalde comió con cuatro senadores adictos el miércoles por la noche. Confirmó ante ellos su plan para obstruir la llegada de Carlos Menem al poder. Es un programa que cobija, en argucias legales y de ingeniería electoral, dos decisiones de primera importancia. Duhalde dijo que quiere dividir el PJ para asegurarse de que ese partido no ganará en primera vuelta. Para eso un congreso les negará a los candidatos la posibilidad de disputar una interna. El peronismo se abstendría en las elecciones del 27 de abril. Si no, el mismo congreso "renovador" consagraría a Néstor Kirchner, que sería un candidato "designado", no elegido. Casi igual a la situación de Duhalde en el gobierno nacional. El Presidente contó más ante los senadores: dijo que quiere a sus ministros como diputados para el próximo mandato. Y que él se imagina "como una reserva, una garantía por si pasa algo". Dejó una impresión clara: es totalmente consciente de la inestabilidad que va a crear la manera en que llegará al poder el próximo gobierno.
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•Comunicativo
•Opciones
Todos coincidieron en que el puntano irá por fuera del PJ; «por eso, lo único que queda es que Menem convalide que no haya internas», como dijo Duhalde. Fue en ese momento en que comentó sus dos opciones para el congreso del partido que convocó para el próximo viernes. «Hay que tener cuidado, Presidente, porque, si se pone la fórmula por un congreso, le estamos dando al menemismo un argumento muy fuerte en su favor», advirtió Capitanich. Ahí apareció el Duhalde perdonavidas: «No te preocupes, 'Coqui'. Los de Menem intentan meter miedo, pero no tienen ni poder interno ni poder institucional para frenarnos. Con él no tengo odio, como dicen. Si hasta le mandé la carta esa del testigo de la AMIA donde dice que no había ninguna cuenta. Fue una canallada lo que le hicieron a Menem... ¿Alguien lo vio?».
Inesperado, habló Yoma: «Yo lo vi, en el hotel Plaza de La Rioja. Nos saludamos, no es el Menem de antes, claro». «Sí -agregó Duhalde, malicioso-, me dicen que está muy viejito; me llama la atención que esté fuera de la campaña.» No dijo una palabra de que hace tres semanas habló con el ex presidente durante una hora por teléfono, gracias a un amigo común.
Como no podía ser distinto en esa casa, se habló de Raúl Alfonsín, una especie de padrino espiritual del Presidente, como lo fue en su momento Oscar Alende, a quien el caudillo de Lomas llevaba indefectiblemente en todas las listas de diputados.
Duhalde demostró de nuevo que sobre la interna maneja una información exhaustiva: «Sé que lo están buscando a Alfonsín desde el lado de Menem para ver si apoya la ley de lemas en el Congreso. No creo que dé el brazo a torcer». «¿Lo llamaron a Miami?», le preguntaron. «No, a Roma. Está en Roma», contestó Duhalde, como si lo anduviera espiando. «A él lo de Kirchner le parece bien», remató, sin que nadie le preguntara si había un acuerdo electoral de fondo con la UCR.
A propósito de ese partido, la mención permitió que el dueño de casa expusiera otro proyecto. Capitanich le contó que, en el Chaco, él pensaba quedarse con la conducción partidaria, ya que ganó la interna para la gobernación. Sugirió que sería mejor que en el PJ nacional sucediera lo mismo.
Duhalde admitió la idea, y se comenzó a planificar, en caliente, la convocatoria a un congreso partidario por el cual el Presidente se ponga al frente del consejo del partido antes de las elecciones del 27 abril. Sería una forma de capturar ese sitio sin internas y con independencia del resultado de los comicios generales. «En el partido hay que hacer una reforma», musitó Duhalde, como justificándose de un uso del poder tan agresivo. «Quiero emplear el sistema de los radicales, que tienen cuatro delegados por provincia en la conducción partidaria», adelantó, en un intento por seducir a sus invitados, todos de provincias chicas.
La comida finalizó con un tema espinoso: la identidad del vice que irá en la fórmula con Kirchner.
Se mencionó la posibilidad de Chiche Duhalde, pero él reaccionó mal, como un marido celoso (lo mismo que le pasó ayer con José «Pepe» Pampuro cuando dijo que la señora podía participar de las dos fórmulas). «Tengo que preguntarle a ella, es muy independiente», fingió, a sabiendas de que, si fuera por Kirchner, el candidato ideal sería Alberto Ballestrini, intendente de La Matanza.
La charla matrimonial quedó como proyecto para el fin de semana. «Lo voy a charlar en Chapadmalal. Me voy para allá y no vuelvo hasta el lunes. Estoy muy mal del estómago, deben ser los nervios», dijo el Presidente, mientras insinuó que se levantaba de la silla para que lo hicieran los demás. Se iba a dormir con una sonrisa: Lavagna le había anunciado que el Fondo había dado el visto bueno para el acuerdo. Dejar el poder antes de tiempo había servido para algo.




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