Eduardo Duhalde simuló ayer aplomo y contención delante de todo su entorno. Por más que, desde temprano, se mostró ganador gracias a que Néstor Kirchner consiguió entrar al ballottage: «Esto ya está hecho, ganamos 65 a 35; créanme, yo de esto conozco, lo he estudiado», sacó pecho una y otra vez, anticipando el que, según él, será el resultado de la segunda vuelta. Los ministros que asistieron al gabinete escucharon esa canción antes y después del encuentro, que fue bastante tedioso. La exposición sobre los comicios del general Alfredo Lafuente, comandante nacional electoral, fue más aburrida de lo aconsejable. Por la tarde, Duhalde repasó a grandes rasgos la campaña con Daniel Scioli, a quien le explicó que «es curioso cómo el electorado cambia: hoy me explicaron que gente que votó a López Murphy en la elección anterior había votado a (Luis) Zamora; por eso hay que estudiar bien todo y buscar el voto haciendo inclusive aproximaciones a los candidatos como Carrió o Adolfo».
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Sin embargo, en los pliegues del gobierno existen algunos temores o precauciones que conviven con la idea de que el panorama electoral que le abrió a «Lupín» la elección del domingo es promisorio. De eso quiere hablar Duhalde con su candidato cuando éste llegue hoy desde Río Gallegos. A poco que se profundice en esas prevenciones se advertirán las disidencias entre el duhaldismo y su ahijado.
La primera de ellas tiene que ver con la gestualidad de Kirchner. Homenaje a la clase media «progre» a la que quiere representar, el gobernador de Santa Cruz no quiso festejar junto a sus sponsors el resultado de la elección. Como si ocultara a su familia, se mantuvo lejos de la Casa Rosada y montó una escenografía propia. No vaya a ser que lo feliciten con un «ganó Chirolita».
Duhalde entiende esas cuestiones coreográficas pero su entorno, sobre todo el de los caudillejos del conurbano, exige otro trato y se lo explicarán hoy al santacruceño. En la mesa del Presidente había ayer un mapa con marcas verdes y rojas. Las primeras, indicativas de lugares donde Kirchner hizo una buena performance, se reducían casi exclusivamente al conurbano bonaerense. «Si no le ponemos nosotros los votos hubiera salido quinto», le hicieron notar a «Negro» durante la mañana de ayer. El argumento va más allá: «Donde él tenía que conseguir los votos, como en Córdoba, le sacaron una diferencia imposible de dar vuelta. ¿Y en Santiago del Estero? Juárez volcó el aparato pero él no hizo campaña así que no sirvió de nada», le comentó a Duhalde uno de sus funcionarios más cercanos, involucrado como pocos en la suerte del santacruceño.
• Operaciones
Duhalde trató de no estimular este tipo de críticas, que condujeron a dos operaciones concretas. La primera, recordarle a Kirchner no bien llegue que sin el duhaldismo no estaría disfrutando de la candidatura. Es una factura que desde Lomas de Zamora se piensa pasar de forma urgente de tal manera de arrancarle al socio los compromisos necesarios para compartir el poder a partir del 25 de mayo. Se notó temprano, cuando Chiche Duhalde sugirió que quiere «dar una mano» en el área social sin que nadie le ofreciera nada al respecto (al contrario, «Lupín» tiene pensado darle ese lugar a su hermana Matilde, como siempre hizo en Santa Cruz, y no a Chiche, a pesar de la condición de «madrina» de la fórmula).
Además de apurar a Kirchner para que diagrame pronto el reparto de poder que implicaría el próximo gobierno si lo tuviera como jefe, hoy en la charla con Duhalde el candidato escuchará otra sugerencia: que profesionalice su equipo de campaña. Esto quiere decir que, además de estudiar la anatomía del electorado que apoyó a otras fórmulas, el candidato debería incorporar al equipo de «Duda» Mendonça, los brasileños a los que el Presidente confió su campaña presidencial de 1999, la de senador de 2001 y la escenografía de su presidencia provisoria, no bien se instaló en la Casa Rosada. Es también el equipo de marketing político que llevó a la presidencia a Lula en Brasil. Los hombres de «Duda» (Santana, Rosa, etc.) están en la Argentina, más precisamente en Córdoba, asesorando a su descubridor, José Manuel de la Sota.
Sin embargo «Lupín» resistirá la propuesta: desde 1999, cuando los conoció, detesta a estos brasileños por su propensión a hacer campañas sobreactuadas. «El quiere algo más sobrio, menos expuesto y me parece bien», comentó Felipe Solá, el primer «lupinista» desde el domingo por la noche, en el restorán «Piégari», rodeado por Alfredo Atanasof, Scioli, Daniel Basile y, con remera negra, soberbia panza y un abrigo a lo Demise Rouseau.
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