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Claro que Iribarne no es un experto en temas de seguridad, algo que en poco tiempo ha intentado lograr quién será el superior del secretario, el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humano, Juan José Alvarez. Por lo menos alcanzó a pacificar la relación conflictiva entre las fuerzas de seguridad a las que seguirá comandando desde el nivel ministerial.
Iribarne será nombrado como secretario de Estado mientras que el abogado Carlos Vila seguirá como subsecretario del área.
El nuevo funcionario es una figura que está en el inventario, pese a su juventud, del peronismo porteño. En los años '70 fue uno de los activistas más recordados de la Juventud Peronista y fue compañero de luchas de hombres como Carlos Chacho Alvarez, de quien siempre se dijo jefe político.
Antes la historia peronista lo registra con una de las grandes faenas de la militancia: operó la conversión del frondicismo al peronismo de Carlos Corach, a quien había tratado en la cátedra de Derecho Político de la UBA que conducían los radicales Alberto Spota y Jorge Reinaldo Vanossi. Fue cuando estos catedráticos mortificaban el antirradicalismo de Corach con diversos desaires.
Lo recordó siempre el actor Gerardo Romano como un activo conductor de las autodenominadas Fuerzas Organizadas para la Revolución Peronista. «Yo lo vi corriendo por la calle tirando bombas, al lado mío», dijo hace algún tiempo el actor a una radio uruguaya. «Además es un chico que tiene una dificultad en una pierna, así que era asombroso verlo correr», se conmovió Romano en esa evocación de la juvenilia peronista.
Durante la veda política del último turno militar Iribarne llegó a esconder al joven Chacho junto a su entonces esposa, la periodista Gloria López Lecube, en su domicilio particular. En ese tiempo junto a Alvarez animaron una de las peñas más afamadas, la que funcionaba en el quiosco de Coronel Díaz casi esquina Cerviño, en el corazón de Palermo. Allí se complotaban para el retorno de la democracia mientras imaginaban proyectos igualmente progresistas, como incorporar a la venta de golosinas y cigarrillos un avance histórico: la diligente incipiente fotocopiadora. «A ese quiosco lo fundieron mis chicos, que se llevaban los chicles sin pagar», ha recordado Corach en su retiro oxoniano. No había tronado aún la hora de los helados.
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