Bastaron dos insinuaciones de Rubén Marín, el senador por La Pampa y presidente del PJ en esa provincia, para que el oficialismo entrara en estado de alarma. Esos dichos fueron pronunciados casi al pasar, mientras subía al avión que lo llevaría a Buenos Aires, a tal punto que le permitieron después al propio Marín corregirlos y atenuarlos. «El PJ pampeano no es kirchnerista», fue la primera frase. La segunda, «la candidatura de Roberto Lavagna le hace bien a la sociedad». El ex gobernador habló ayer con este diario y aclaró esos conceptos, acaso demasiado «heréticos». «Yo no soy quién para hablar por todos los compañeros del peronismo de La Pampa respecto de alineamientos internos. Lo que dije es la verdad: yo no soy kirchnerista. Como tampoco fui menemista. Soy peronista. Punto.» Respecto de Lavagna, Marín aclaró que «me parece muy positivo su lanzamiento y que la oposición tenga un referente electoral. Pero yo apoyo al gobierno de mi partido, ¿qué duda puede haber?».
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Por lo visto, hay dudas. No porque la conducta del ex gobernador pampeano difiera de sus dichos. El temor es que hombres como él comiencen a sentirse tentados por la figura del ex ministro de Economía, quien se define como «peronista». Hasta ahora, Kirchner operó como si el PJ estuviera blindado. Si hacía falta una demostración de que su jefatura es la única que reconoce ese movimiento, ahí estuvo la plaza del 25 de Mayo, hacia la que el Presidente movilizó toda la red de dirigentes del partido.
Esa seguridad se vio tenuemente desafiada por una escena: la visita que hizo Lavagna a los diputados del grupo El General. Dicen que fue ese gesto el que enardeció al santacruceño. El ex ministro blanqueó así el aprovechamiento de la fisura del PJ que administra, desde las sombras, Eduardo Duhalde, a través de fieles como Eduardo Camaño, Juan José Alvarez, Jorge Sarghini o Francisco de Narváez. Kirchner montó en cólera con la foto.
Sin embargo, la aproximación del duhaldismo a Lavagna parece ser sólo un fenómeno que expresa más a la política bonaerense que al peronismo como fuerza nacional. Por eso con los dichos de Marín publicados en la prensa se encendieron luces amarillas en Olivos. Las aclaraciones del senador acaso atenúen esa intranquilidad. Pero no la despejarán del todo. Marín es una especie de «peronistapatrón». Expresa como nadie el promedio de la dirigencia del partido. Un pronunciamiento suyo a favor de Lavagna estaría expresando mucho más que la fuga duhaldista: podría significar el punto que acaba de saltar en una urdimbre que, de pronto, se deshilacha.
El caso del pampeano, insinuante, algo impreciso, acaso obligue al Presidente a examinar, ahora en serio, una cuestión que viene postergando indefinidamente en su agenda política. La del vínculo con los dirigentes de su propia agrupación partidaria. Kirchner ha tenido hacia la principal dirigencia del PJ, casi siempre, desdén. Jamás reunió a los gobernadores, salvo para que aplaudan iniciativas que él juzga históricas. Tampoco sirvió un asado para los legisladores de los bloques que le aprueban las leyes con el brazo enyesado en el Congreso. Cuando convocó a «la plaza», no se escuchó siquiera un «gracias» para gobernadores, intendentes y sindicalistas que habían movilizado al público (al contrario, parecía haber cierto fastidio presidencial porque no aparecieron los « espontáneos» que había prometido Oscar Parrilli). En el palco, ese jueves, estaban las Madres de Plaza de Mayo y Mercedes Sosa. Para el PJ se habíahabilitado un escenario auxiliar. ¿Seguirá siendo éste el vínculo con la dirigencia partidaria? Es posible que el pequeño imán instalado por Duhalde en las afueras del partido genere algunas tensiones que obliguen a Kirchner a revalorizar al denostado «pejotismo».
Traslado
La cuestión no podría tener más vigencia. Porque mientras los disidentes bonaerenses coquetean con peronistas de otras provincias haciéndoles recordar las humillaciones que reciben del poder pingüino, desde la Casa Rosada se diseña una « concertación» que, en muchos casos, se construirá sobre la resignación de dirigentes del oficialismo. Es más: la operación parece tener un primer mártir. Es Miguel Pichetto, nada menos que el presidente del bloque de senadores que responde al gobierno. ¿Qué no hizo Pichetto para que Kirchner lo quiera y acepte? Se trasladó desde la pasable derecha en que había transcurrido su vida hasta un centroizquierda garantista y progre que todavía «le tira de sisa». Se allanó a cuanto desplante quiso aplicarle Cristina Kirchner. Ofició de justificador oficial y comisario político. Cambió de amigos y le cambiaron de apellido (lo denominan «Piketo»). Pero ahora, a la hora de hacer la toma de ganancias de esas inversiones, debe mirar con pavor cómo el Presidente prefiere alentar en Río Negro al actual gobernador radical, Miguel Saiz, a quien Pichetto sueña desplazar. El caso se repite en muchas provincias y municipios, sacrificados al afán de Kirchner de no entregarse del todo al PJ (sabe que nunca lo sentirán allí un líder natural). Sería un error pensar que estos resentimientos impulsarán una carrera hacia Lavagna. Pero muchos al lado del Presidente creen que llegó la hora de definir la frontera de un oficialismo que, si prospera Lavagna, se volverá cada día más caro.
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