El tentacular Fernández
Nadie imagina que aliente un gobierno paralelo ni una ambición hegemónica. Todo lo hace para los Kirchner, como Domingo Cavallo decía hacerlo para Carlos Menem. Pero débil la cúpula, estallan por debajo los conflictos y medra el administrador ocupando los espacios vacantes. Tentacular, Alberto Fernández emula el despliegue territorial de quien fue su inspirador en el pasado, Cavallo, que alcanzó en su mejor momento -en la era Menem- a dominar ministerios con hombres propios. Lo acusaron de constituir un gobierno paralelo desde el cual desplegaba un proyecto político para desplazar a sus mandantes de la Casa de Gobierno. El jefe de Gabinete desde el 10 de diciembre amplió su jurisdicción con funcionarios propios en áreas como la ANSeS, los ministerios de Salud y Relaciones Exteriores, el Banco Nación, ahora la AFIP, adonde va Carlos Fernández, nacido y criado en el mismo vivero de los 90, cuando trabajaba en el ministerio de Cavallo junto a Alberto Fernández y, entre otros, Juan Carlos Pezoa.
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Alberto Fernández
Recién cuando el mail con la renuncia de Abad estaba en la pantalla de la PC de Fernández, lo llamó éste a Echegaray para pedirle que le trajese la suya. Un consuelo para este pingüino quizás más acostumbrado que otros al sabor agridulce del kirchnerismo, esa cultura que golpea a quien dice amar.
La elección de Carlos Fernández no extrañó a los que miran de cerca quiénes frecuentan las oficinas de la Presidente o del jefe de Gabinete; es un burócrata del Ministerio de Economía de la Nación, en donde ocupó el cargo de director de Coordinación Fiscal con las Provincias, con ministros como Antonio Erman González, Domingo Cavallo y Roque Fernández. No es un militante, como le gustaría a Cristina, pero dispone de buenos amigos en ese oficio. Su llave para el ascenso es Carlos Mosse, quien lo recomendó como funcionario de Carlos Ruckauf en 1999; luego, ya con Roberto Lavagna ministro, lo secundó a Mosse en Hacienda. Justo, entonces, los Kirchner empezaron a frecuentar a Mosse, y Néstor, especialmente, lo llamaba para que le ofreciera clases y otras explicaciones sobre el día a día de la economía. Si no hubiera tenido un problema de salud, Mosse habría alcanzado cumbres más importantes. Mientras, prolijo, exigente con él mismo en jornadas interminables frente a la PC, Fernández lo acompañaba en eso de la política discreta y lejos de la prensa. Casi un modelo de vida para lo que exige el santacruceño.
Con el advenimiento del sciolismo, el nuevo funcionario le apartó el cuerpo a una oferta para ser ministro de Economía. Le interesaba al gobernador un hombre con la mejor relación con el ex presidente, pero como nunca le pidieron por él, no insistió en la designación. Siempre este Fernández ha creído que estaba llamado a ocupar un cargo más alto que el que tenía ahora como subsecretario de Control Presupuestario,en donde compartetareas con otro sacerdote de las finanzas públicas que no se mueve de la silla desde la era Menem, el vicejefe de Gabinete, Juan Carlos Pezoa (ahora un preferido de Lousteau luego de haberle producido al ministro repetidos ataques de celos).
Que se lo imagine a Alberto Fernández como en nuevo pulpo de la administración es esperable. Replica también a su ex jefe Domingo Cavallo, quien en su hora de esplendor, antes de estrellarse contra el blíndex del menemismo, llegó a dominar casi todos los ministerios y tenía delegados en todas las provincias (en alguna de ellas, este delegado era el propio gobernador, como Néstor Kirchner en Santa Cruz).
No da abasto Néstor Kirchner con los asuntos que le llevan a Puerto Madero; no aprende todavía Cristina de Kirchner a domar ni los teléfonos de su despacho. Es natural que el jefe de Gabinete (administra el gobierno, según la Constitución reformada) vaya recogiendo los pedazos detrás de sus jefes y asuma el control del Ministerio de Salud, la Cancillería, la ANSeS, el Banco Nación. Con el método territorial de Cavallo, acapara jurisdicciones que intenta gobernar sin las luces de quien fue su jefe ni el filo con que lo hacía Eduardo Bauzá, a cuya sombra prosperó quien ahora le toca ser la víctima, el errado Abad.



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