18 de diciembre 2002 - 00:00

El vía crucis de Víctor De Gennaro

El vía crucis de Víctor De Gennaro

















Al jefe de la CTA, Víctor De Gennaro, algún día candidato presidencial, siempre lo bendicen en los medios. Jamás le replican y, quizá por esa inmunidad, se ha decidido pasar del sindicalismo a la política. Como si fuera un metalúrgico de Augusto Timoteo Vandor, salvando las distancias, ya que el asesinado no pensaba en su proyección personal al revés del representante de los empleados públicos. Pero, a pesar del consentimiento habitual a sus palabras, De Gennaro enfrenta más de un problema, ya que la transición a otra actividad siempre implica complicaciones.

Empezando por lo internacional. Desde hace años en el sector de De Gennaro se postula como final de fiesta la «huelga revolucionaria» -aunque en verdad no invitó a muchas-, éxtasis superior de cualquier dirigente filo izquierdista. Sin embargo, ahora que en Venezuela se ha desatado una huelga general, casi «revolucionaria», por parte de petroleros estatales, no sabe el ahora político cómo considerar ese fenómeno. Sus colegas dirigentes y los propios obreros que plantean voltear al general Hugo Chávez, ¿son revolucionarios o reaccionarios? Disyuntiva poco clara para él, por su afinidad con la clase trabajadora de ese país tropical y por su no desmentida afinidad con el proceso que lidera el caudillo también tropical. Entonces, frente al enigma, nada mejor que introducir la cabeza en la tierra, cerrar la boca, y volverse avestruz. Total, nadie le demandará explicaciones.

Si puede despojarse del internacionalismo proletario, en cambio tropieza con cuestiones locales más apremiantes: hasta ahora no se conoce respuesta para el hecho puntual de la denuncia de distintos piqueteros (caso Raúl Castells), quienes afirman que al revés de ellos la CTA aceptó del gobierno distintas formas de prebendas: desde 36 mil puestos de trabajo (eufemismo para definir subsidios), a cargos y remuneraciones para la burocracia gremial en el Ministerio de Trabajo y en otras dependencias oficiales (en consejos consultivos orgullosamente integrados, entre otros, por Luis D'Elía y Juan Carlos Alderete). Las alusiones a presuntos sobornos de Castells en aras de la pobreza y la indigencia se robustecieron con otro testimonio: «Yo mostré el cheque que nos debía el gobierno para los comedores escolares porque sé bien que otros dirigentes no pueden mostrar lo que reciben». Casi un auditor Castells, no hay mejor o peor cuña que la del mismo palo.

Si estas imputaciones afectan moralmente a De Gennaro -el capital del que siempre presumió frente a otros sindicalistas-, dentro del ámbito gremial peronista se quejan por un olvido de su colega: su falta de reivindicación salarial (en la cual, para ser justos, ellos tampoco abrazan con denuedo). El malestar se plantea porque De Gennaro fue y es un gran impulsor del cambio de modelo y, según estadísticas, ese cambio (fruto de las decisiones de Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde) produjo, entre otras penurias, una fuerte caída en los sueldos. Principalmente, en los de la administración pública que supone defender De Gennaro. Más, el propio ex ministro de Economía Jorge Remes Lenicov, en su momento, sostuvo que la devaluación y otras medidas apuntaban a bajar remuneraciones en el sector público.

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