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23 de julio 2002 - 00:00

Elecciones desdobladas hacen temer por el futuro de Carrió

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La convocatoria a elecciones nacionales es, técnicamente, una facultad del gobierno central. Pero el peronismo reforzó durante la gestión de Carlos Menem la atribución de reconocer al gobernador de cada provincia el derecho a determinar la fecha de esa competencia según sus intereses locales. De ese modo, si bien es el Presidente quien suscribe el decreto de convocatoria, lo hace según un calendario que fijan los mandatarios locales. Ellos resuelven si quieren asociar la elección de legisladores nacionales a la de presidente y vice, o a la de cargos provinciales. Eduardo Duhalde siempre se sintió víctima de esta disposición, que lo obligó en 1999 a pelear su candidatura casi en soledad: los mandatarios de provincia habían separado las elecciones de diputados de la presidencial.

El método ahora tendrá una víctima principal: Elisa Carrió. En general, los candidatos a presidente se perjudican cuando su boleta no está atada a la de posiciones locales. La ambición de candidatos a concejal, intendente, gobernador, legisladores de distinta categoría produce una movilización en la base de la política que termina beneficiando a quienes buscan la jerarquía superior. Esta dependencia de quien se postula a la Presidencia respecto de los demás candidatos de la elección se hace más aguda en partidos como Alternativa para una República de Iguales (ARI), que carecen de una estructura propia, sobre todo en el interior del país.

Como el Frepaso en su momento, el ARI es una combinación de un liderazgo muy llamativo en la cima y un aluvión de militantes con poca estructuración en la base. Si se traduce esta fisonomía al lenguaje, ciertamente despectivo, de los partidos tradicionales, se trata de un compuesto de «una estrella arriba y un mar de 'buscas' abajo». Con la palabra «busca» se quiere denotar a personajes que, después de experiencias múltiples y frustrantes en otras estructuras políticas (por abundancia de idealismo o falta de capacidad), aspiran a un cargo o a ciudadanos que se asoman por primera vez, ilusionados, a la vida pública. En términos generales, el sostén del candidato a presidente en estos casos no es una maquinaria electoral organizada, sino una ola de ambiciones personales que, buscando el cargo para sí mismas, terminan actuando en beneficio del líder (sean Carrió ahora o Chacho Alvarez y Graciela Fernández Meijide en el pasado).



¿Hasta dónde llegará esta dificultad?, ¿cuánto afectará el optimismo de los candidatos? Es imposible saberlo ahora. Pero es evidente que una elección aislada de presidente y vice desmejora mucho las candidaturas más novedosas y concentra el poder electoral en el PJ, mejorando relativamente las posibilidades de la UCR. Con esta lógica puede interpretarse la profecía que lanzó Duhalde ayer en la reunión de gabinete: «El ballottage será entre dos peronistas». Dar por descontado que Carrió no saldrá segunda en la primera vuelta. ¿También supone que no competirá, que se sumará a la abstención por falta de maquinaria electoral? Sería curiosísimo. Porque también se duda de la perseverancia de José Manuel de la Sota en su carrera: se sabe que a mediados de agosto «medirá» si tiene sentido continuarla (acaso termine «bajándose» y echándole la culpa por ello al gobierno nacional, tan a mano para imputarle cualquier fracaso). Si las cosas tomaran ese curso, Menem no tendría necesidad de luchar por el poder. Caería en sus manos casi sin esfuerzo, gracias a que las barreras cayeron solas. Es lo peor que le podría pasar a un gobernante en un país en el que el futuro gobierno requerirá una legitimidad tan excepcional como la crisis a la que deberá hacer frente.

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