En Salta, Cristina criticó pero sin nombrar al campo
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La guerra de los números, inevitable, constituyó una pulseada paralela. En Rosario, hubo menos de 250 mil personas. En Salta, el locutor oficial estimó 150 mil. Los dos cálculos están inflados, pero la multitud chacarera superó a la que vitoreó a Cristina, que no superó los 50.000.
Numerología de domingo: anoche, en gobierno, reconocían, a desgano, que la foto de Rosario fue más impactante. Por el lado de los ruralistas, en tanto, no aceptaban reducir su cifra a menos de 200 mil asistentes.
Fue el domingo más temido. Quizá el rostro cansado, zurcado por una sonrisa mecánica, de la mandataria reflejó esa preocupación. Anoche ya sonaban las quejas por la mudanza a Salta porque la distancia diezmó el poder de movilización del PJ, concentrado en el conurbano. Efecto colateral de la malquerencia de Kirchner con el cardenal Jorge Bergoglio, el traslado a la provincia que gobierna Juan Manuel Urtubey dejó, por primera vez, al kirchnerismo en inferioridad numérica. En Olivos, el ex presidente enfureció por ese panorama.
Sin éxito, la maquinaria oficial intentó mostrar pasión: montó una escenografía para que la mandataria recorra un sendero -donde cada 5 metros había una pequeña tarima a la que la hacían subir- y se preste al show de los besos y las fotos. Un especial de TV de 12 minutos. En los días previos, el patagónico empujó para que el diálogo con el campo incluya la suspensión del acto en Rosario o, al menos, un escenario poco hostil. No logró ni una cosa ni la otra. Pero evitó que el acto chacarero sea una asamblea que decida otro paro.
No fue todo: en paralelo a la derrota en masividad, el elenco oficial mostró varias fisuras, por la ausencia ostensible de cerca de una docena de gobernadores.
En Salta, el gobierno tuvo que escuchar en silencio la homilía del arzobispo local, monseñor Mario Cargnello, que enfocó su planteo en la convocatoria al diálogo. «Es un instrumento eficaz para convertir la crisis en oportunidad», dijo frente a la Presidente.
La Presidenta rezó, escuchó el Aleluya y se retiró. Luego se prestó al besamanos y demoró su aparición en público hasta que sus asistentes le avisaron que había terminado el acto de Rosario. Entonces salió al escenario, saludó y cantó el Himno con la mano en el pecho.
Emponchado en homenaje a Güemes, Urtubey fungió de anfitrión. Se embarró con una respuesta: «Nadie cobró para venir». Una encerrona.
La Presidente usó, después, el acto oficial por el 198º aniversario de la Revolución de Mayo para hacer una convocatoria light al promocionado, pero desdibujado Pacto del Bicentenario.
«Convocamos a todos los que crean que es necesario seguir construyendo este país con inclusión social, redistribución, a este país del Bicentenario, donde hay lugar para hombres y mujeres de distintas edades, trabajadores, estudiantes, empresarios», invitó.
Un rato antes, en Rosario la habían acusado de « mentirosa», de querer perjudicar al campo y le habían lanzado, como un buscapié, la amenaza de volver al paro a mitad de semana. Antes, Alberto Fernández promete recibir a la cúpula agropecuaria..
«El único requisito que se necesita, la otra condición es que, como ellos, aprendamos que antes que el sector, que antes que nuestra propia individualidad, están los intereses de la patria», respondió, suave, Cristina de Kirchner. «Esa es la generación del Bicentenario y a esa convocamos a todos», agregó.




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