26 de julio 2004 - 00:00

Etapa más seria para la Justicia

Había recibido tantas críticas, se lo veía tan mal, tan teórico. Desde el comienzo sorprendió su designación como ministro de Justicia y Seguridad. Irritaba con sus críticas violentas al gobierno de Carlos Menem, luego de haberlo integrado. Se le reprochaba ser tan casquivano y volátil en política que casi nadie lamenta que el presidente Néstor Kirchner lo haya hecho renunciar como ministro a Gustavo Béliz. No servía para el cargo, pero su alejamiento deja una duda: ¿hay un control dictatorial, tipo Gestapo, de la SIDE en este momento en la Argentina que Béliz denuncia bajo la palabra genérica "mafia"? Otra duda: ¿será cierto que desde la Casa Rosada prefieren que mueran policías desarmados, linchados por manifestantes por no tener un arma -ni siquiera en las últimas líneas defensivas o a nivel de oficiales-, y que por oponerse a eso tuvieron que irse un hombre serio y respetable como el fiscal Quantín y también Béliz, pese a que éste tenía muchos otros motivos? Porque no es conveniente para nadie el operativo montado el jueves contra piqueteros con 1.000 policías desarmados, cerrando todos los accesos por calle a la Legislatura porteña -ideado por el propio presidente Kirchner, se aclaró, "por su experiencia en Santa Cruz-ya que era un acto prenunciado con una semana de anticipación. ¿Qué sucedería ante un imprevisto donde no se puede planear tanto despliegue ni erigir tantas vallas metálicas?

Néstor Kirchner decidió eyectar del Ministerio de Justicia y Seguridad al inefable Gustavo Béliz, el sábado por la noche, a su regreso de Venezuela. En Olivos, le ordenó a Alberto Fernández que le pidiera la renuncia y le encomendó la tarea de anunciar la designación del procurador del Tesoro, Horacio Rosatti, como nuevo ministro, y el nombramiento de Alberto Iribarne como reemplazante de Norberto Quantín en la Secretaría de Seguridad.

El desplazamiento de Béliz era un final anunciado, aunque algunos medios se enteraron ayer. El recambio estuvo a punto de concretarse cuando Kirchner regresó de su viaje a China. Pero, caprichosamente, el Presidente postergó la salida del ex ministro.

El romance con Béliz terminó el día en que el entonces desconocido Juan Carlos Blumberg juntó a 200 mil personas en la Plaza los Dos Congresos en reclamo de seguridad. Blumberg le impuso agenda al gobierno y obligó a la aprobación de leyes duras que la administración Kirchner se negaba a materializar.

Se profundizó con el copamiento de la Comisaría 24ª de La Boca y los titubeos posataque a la Legislatura porteña cuando el trío Béliz-Quantín-Prados dudaron en mandar 800 policías a la calle desarmados.

El jueves pasado, cuando era evidente que Quantín no resistía en su cargo, el controvertido Béliz comenzó a preparar sus maletas y también a desplegar una estrategia de ofensiva. Por eso, el fin de semana, descargó sobre el riñón presidencial el golpe que (creyó) podría modificar la postura del gobierno de sacarse de encima a Quantín: acusó a la SIDE de no realizar las tareas de inteligencias previas al ataque a la Legislatura y se animó a deslizar que espías desocupados activaron el violento conflicto del viernes 16. Hasta habló de sectores mafiosos enquistados en la Secretaría de Inteligencia, la Policía Federal y la Justicia, con ramificaciones en el poder político que buscaban su desplazamiento. Anoche por TV reiteró esas acusaciones.

Fue evidente que los dichos de Béliz tenían como destinatarios al titular de la SIDE Héctor Izcazuriaga y a su segundo Francisco Larcher, dos hombres de máxima confianza de Kirchner. La intención fue personalizar la discusión con el propio Presidente.

El ex ministro se plantó en este terreno con la idea de que si se producía su alejamiento (como sucedió) el gobierno cargaría con el costo político de haber echado -según su particular visión-a uno de los funcionarios que más luchó contra las mafias y la corrupción en el poder político. Es el estilo de
Béliz, que no debería sorprender. Lo utilizó cuando pegó el portazo en el gobierno de Carlos Menem denunciando un «nido de víboras» y, luego, hizo lo mismo cuando rompió la alianza con Domingo Cavallo, a quien acusó de ser un «bulímico de poder».
Arranques de histeria de un ministro que durante 14 meses en el cargo no pudo resolver el grave problema de la inseguridad. Lo único que hizo fue pelearse con todos los jueces federales con un proyecto de unificación de fueros de claro tinte anticonstitucional.

Le queda ahora al ministro
Rosatti y a Iribarne (que fue secretario de Seguridad cuando Eduardo Duhalde era presidente) recomponer el descalabro que existe en ese ministerio donde todo es cero: cero en seguridad, cero proyectos, cero FBI criolla, cero Interpol.

En la gestión de
Béliz sólo hubo verborrágicas declaraciones, algunas con tufillo a falsedad. Dos casos sirven de muestra: las «famosa» cuenta en Suiza de Menem que se confirmó nunca existieron y el show montado en la toma de la comisaría de La Boca donde ignoró y se hizo desobedecer la orden de la jueza María Angélica Crotto de desalojar la unidad policial.

Junto a
Béliz y a Quantín dejarán su cargo todos los demás miembros del «equipo» que ocupaba el edificio de Sarmiento al 300. Salvo uno: el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde. Entre los que se van están el ex subsecretario de Seguridad José María Campagnoli, (que como Quantín deberán regresar a sus respectivas fiscalías) el cuñado de Béliz, Francisco Meritello y el encargado de la inspección de personas jurídicas, el abogado Eduardo Nissia, a quien se lo vincula profesionalmente con los intereses del monopolio «Clarín».

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