29 de octubre 2007 - 00:00

Festejo setentista en hotel que alojó a Cristina

«Volveremos, volveremos/volveremos otra vez/volveremo'a ser gobierno/como en el 73.» El canto resonó en el Salón Monserrat del Hotel Inter·Continental, segundos después de que los plasmas instalados en los pasillos trajeron las primeras proyecciones de los canales de TV con la victoria de Cristina de Kirchner en primera vuelta. Siguieron «Somos la gloriosa JP», «Somos de la gloriosa/ Juventud Peronista/a pesar de los muertos, los desaparecidos/no nos han vencido». Hubo un intento de completar el repertorio con «Qué boludos, ahora el ballottage/se lo meten en el culo», pero el grupo que lo entonaba no acertó con la rima (deberían haber optado por «la-SEGUN-da vuelta/», etc.)

Se trataba de una docena de muchachones cuarentones, todos con cruces y sólo uno de ellos de traje. Se identificó como «Mariano, abogado», y le dijo a este diario que «los cantos contra la oposición son producto de una euforia momentánea. Lo importante es que todos, ricos y pobres, seamos iguales». No pudo ni quiso explicar por qué en su folclore casero obviaron lo más obvio en estas ocasiones: la marcha peronista. Es comprensible: seguramente en los setenta tampoco la entonaron.

  • Reposo

  • Ajena a estas efusividades setentistas -y otras, como los insultos del tipo «gorila» que les llovieron a María Estenssoro y a Margarita Stolbizer cuando aparecieron en los plasmas-, la candidata ganadora reposaba (apropiadamente) en la suite presidencial ubicada en el piso 18° del cinco estrellas. Hasta allí llegó con los boca de urna Alberto Fernández, que estaba en el salón vip del segundo subsuelo, aledaño al Monserrat, donde Cristina hablaría tres horas más tarde.

    Había llegado a las 18.40, tras pasar toda la tarde en Olivos, en compañía de su madre, Ofelia; su hermana médica, Giselle, y sus hijos Máximo y Florencia. Y con su esposo, claro. El único funcionario que compartió con ellos esas horas de vigilia fue el secretario general de la Presidencia, Carlos Zannini.

    A la residencia habían arribado pasadas las 14, tras un vuelo que los trajo desde Río Gallegos, donde habían votado por la mañana.

    Los Kirchner habían contratado un piso completo (el 18°) en el hotel propiedad del grupo IRSA. No había ninguno de sus ejecutivos a la vista (salvo los propios del cinco estrellas); tampoco se vio a ninguno de los numerosos empresarios que aparecieron en la lista de contribuyentes voluntarios a la campaña de la candidata oficial: todos se conformaron con mirar por televisión el resultado de su inversión.

    La negociación con el Inter·Continental la encabezó su gerente financiero, Antonio González; del otro lado se sentó Enrique Albistur, secretario de Medios del gobierno. Fuentesdel hotel aseguraron que «se pagó el servicio a precios de mercado». Si fue así, la gente de Albistur no escatimó atenciones para los más de 500 periodistas e «invitados especiales» que colmaron el Monserrat.

    Este catering era parte de la estrategia diseñada para que los hombres de prensa no tuvieran acceso a los funcionarios que ingresaban al hotel directamente por la cochera, sin mezclarse ni con el periodismo ni con la «militancia».

    Quienes eligieron eludir este corralito fueron, entre otros, Eduardo Hecker (titular de la CNV); Carlos Kunkel; y el ministro de Justicia, Alberto Iribarne, quien no se cansaba de quitarles importancia y méritos a las denuncias de fraude que por esas horas llovían desde la oposición. También un coqueto Eric Calcagno ( embajador en Francia) que se sacaba los gruesos lentes para explicar por TV las bondades del gobierno.

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