5 de noviembre 2007 - 00:00

¿Fin al pacto de Olivos con nueva reforma?

Cristina de Kirchner
Cristina de Kirchner
VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».


De lejos lo más importante de los panoramas políticos de ayer lo aportó, en materia de información, este columnista, que a veces juega como asesor del gobierno y otras como vocero. Adelantó que uno de los proyectos que impulsará Cristina de Kirchner cuando asuma es una reforma constitucional con tres temas: volver a la elección presidencial indirecta mediante el Colegio Electoral, eliminar el tercer senador y que lo vuelvan a elegir las legislaturas provinciales y reformular la figura del jefe de Gabinete.

Si hay que creer ese anuncio (no habría por qué no hacerlo) la ambición de los Kirchner no reconoce límite. Más que nada porque cualquier reforma que ellos impulsen habría que entenderla a la luz de cómo han gobernado. Por ejemplo, sería lógico que impusieran la sanción ficta de leyes a partir de decretos de necesidad y urgencia (o sea que se conviertan en leyes sin necesidad de ratificación y sólo por el paso del tiempo), eliminasen el Consejo de la Magistratura para devolver al Poder Ejecutivo la potestad de manejar la designación y destitución de jueces, borrar la obligación, incumplida como tantas, de sancionar una ley de coparticipación, quitarles a las provincias la propiedad de los hidrocarburos o imponer la reelección indefinida del Presidente. Cuando hace más de un año se le atribuyó a Néstor Kirchner la idea de volver al mandato de seis años sin reelección (noticia que dio el diario «Clarín» a través de un enviado a los EE.UU. que cubría un viaje presidencial), el gobierno se ocupó de desmentirlo con el mayor énfasis.

Una reforma como la que describe ese anuncio periodístico borraría definitivamente el capítulo político del Pacto de Olivos que acordaron en 1993 peronismo y radicalismo, en el cual el partido de Raúl Alfonsín impuso todas esas novedades que el peronismo ha ido eliminando o lavando en las reglamentaciones.

No se ha sancionado ninguna ley de coparticipación porque, ha dicho Kirchner, era una imposición del FMI, organismo que no regla más la economía del país. La reglamentación del Consejo de la Magistratura que se puso en funcionamiento el año pasado le quita competencias a la oposición y deposita todas las decisiones en el oficialismo. De paso, el gobierno no autoriza nuevas designaciones de jueces, cubre vacantes con subrogantes sin independencia porque están a tiro de decreto y alienta que los fiscales, que dependen del Ejecutivo a través de la Procuración de la Nación, sean los actores principales del proceso de las causas.

Tampoco el jefe de Gabinete, como ocurre desde 1994, ha alcanzado el verdadero rol de responsable de la administración y es un cargo a la medida de quien lo ejerce. No informa al Congreso sino cuando le conviene (desde Eduardo Bauzá a Alberto Fernández) y es más un tenedor de libros que un ministro.

En materia de hidrocarburos, el gobierno ha alentado la llamada «ley chica» que demora una ley que reglamente el pase de los recursos a las provincias cuando cesen las concesiones de la era Menem. El verdadero pensamiento de Kirchner es que ése fue otro error de la reforma del 94 que él mismo apoyó y votó y que la Nación debería conservar potestades que la reforma de 1994 le quita. Por eso ha alentado las extensiones de concesiones al grupo Pan American en Chubut y Santa Cruz, que cree es mejor a que pasen a las provincias cuando venzan.

Volver al Colegio Electoral es una manera de buscar la adhesión de las provincias, pero no cambia mucho el resultado. Siempre las elecciones las decidieron los grandes distritos; la reforma con elección directa sinceró esa realidad histórica pero le dio fin a dinastías provinciales que existían sólo por su presencia en el Colegio Electoral. El raro ballottage que rige hoy en la Argentina está hecho a medida del peronismo y es difícil que se lo convenza de eliminarlo.

La reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia que dictó el Congreso el año pasado logra una sanción ficta de esas normas pero según un circuito que no elimina la revisión judicial. Kirchner ha aprobado más decretos que leyes ha promulgado; ¿por qué habría que creerle que él o su esposa van a resignar esa potestad?

Sobre la reelección indefinida tampoco cabrían dudas; los Kirchner la han mantenido en su provincia de Santa Cruz pese a que precipitaron su final en el resto de las provincias. El curioso trámite reelectoral que ha sido la designación de Cristina de Kirchner como sucesora muestra cualquier cosa menos que una restricción autoimpuesta a la continuidad del poder familiar.

En este cúmulo de especulaciones que levantala posibilidad de una reforma constitucional, deberán reparar los Kirchner que una vez que se abre el proceso de reforma es muy difícil acotar el menú de los cambios. Las convenciones se declaran soberanas y cambian lo que les parece, o lo que mandan los jefes de los bloques mayoritarios, que es como lograron su reelección Juan Perón en 1949 y Carlos Menem en 1994.

El resto de la columna de Verbitsky se agotaen una lectura pro gobierno de los resultados electorales, muy en el estilo bar y billares de todo lo que se ha escuchado durante la semana. Festeja la reelección de los Kirchner, minimiza el rol de Daniel Scioli, se ríe del triunfalismo de Elisa Carrió, se mofa de los candidatos del peronismo antikirchnerista y sólo lo rescata a Roberto Lavagna por su «sobriedad en el infortunio».

Es atinado su juicio sobre que esta elección tumultuosa no se puede considerar fraudulenta en favor del gobierno si Aníbal Fernández (responsable de los comicios) perdió la elección en Quilmes, y Cobos (candidato a vice del oficialismo) volcó en Mendoza. Lo que falta en este y otros análisis de las elecciones es por lo menos una mención del principal problema de la Argentina en este terreno: el voto obligatorio, la moda de los candidatos designados a dedo en oficialismo y oposición y el manejo clientelístico de grandes bolsones de voto han desenganchado el resultado de las elecciones del sistema de opinión. Por eso el público se siente defraudado, se pregunta «quién los votó»; se equivoca también el gobierno cuando justifica cualquier decisión -como proponer «otro país»- en que tiene el respaldo de la mayoría cuando la presidente electa, legal y legítimamente, sacó 44,9% de los votos, que representa 30% del padrón electoral y un porcentaje menor de la población a la que se le quieren imponer consignas que van más allá de la mera administración de los asuntos públicos a que deberá dedicar sus esfuerzos.

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


Le tocó a él el reportaje a Cristina de Kirchner, esta vez junto a su esposo, una rareza estética que le llama la atención al cronista, que mucho no debe haber sacado de la reunión con ambos porque dedica extensos párrafos a enumerar las personas que la saludaron a la presidente electa, como si fuera algo importante y más para los Kirchner que en materia de ceremonial y protocolo se ufanan de ser informales y descontracturados. Todo para rematar con que Ricardo Lagos, prologuista de la tediosa recopilación de sus discursos (sólo superados por los tres volúmenes de la obra legislativa de Eduardo Menem) «es un caballero, es adorable».

Lo importante de la columna es el rechazo que hace Cristina de Kirchner de la pretensión de España de que se firme un nuevo acuerdo en Santiago de Chile para vigilar el régimen del río Uruguay.

Lo más serio es la confirmación por boca de la presidente electa de la resignación del gobierno argentino a que la planta de Botnia en Fray Bentos es una realidad. Y un aporte personal de la senadora: tiene dudas sobre si esa papelera puede contaminar o no, algo que los ambientalistas de Gualeguaychú creen a rajatabla y le va costar a argentinos y uruguayos convencerlos de lo contrario. Dice, textualmente, la presidente electa: «Hay que esperar el fallo e ir manejando con prudencia las situaciones de tensión que hasta entonces puedan provocarse. Botnia va a empezar a funcionar, antes o después. Y habrá que comprobar si contamina o no. Si no contamina las protestas no tendrán más razón. Si contamina se deberán hacer los reclamos necesarios. Pero, mientras tanto, debemos preservar la relación en otros terrenos. No debemos hipotecarla».

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


El profesor dedica la entrega de ayer a hacer un llamado a la oposición política al gobierno, a sectores del oficialismo y los medios de comunicación a emprender una «obra colosal de contención» frente al nuevo gobierno surgido de las urnas el domingo pasado. ¿Por qué habrían de inflamarse tan importantes sectores de la ciudadanía? Porque cree el profesor que el «kichnerismo no aspira a ser un episodio sino un sistema» que se propone rotar en la presidencia a Cristina y a Néstor Kirchner por los tiempos de los tiempos.

No creerá Grondona, ni los Kirchner, que el mundo es plano y que eso pueda ocurrir por la sola voluntad del matrimonio. Por eso se hace esperar una explicación más solvente del resultado electoral y, especialmente, del llamado a las armas (pacífico, claro) que formula la columna.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


Con el mismo ánimo pastoral que el profesor Grondona, este columnista centra su análisis en una propuesta a la presidente electa: que eche del gabinete a los dos Fernández -Aníbal y Alberto- y a Julio De Vido. Si esto no fuere posible, propone que por lo menos no figure alguno de ellos. Caso contrario, se lamenta, la nueva presidente no ofrecería la imagen de un cambio. ¿Cree Morales Solá que si los Kirchner quisieran algún cambio no hubieran elegido alguna otra persona para la sucesión presidencial? Se turnan los dos parientes porque precisamente no intentan ningún cambio, más allá de que quede en el gabinete algún Fernández, o algún De Vido. Pero ¿por qué no preguntarse por los demás Kirchner del gabinete, por los cuales Morales Solá no se preocupa, como Alicia (hermana), repartidora madre de dádivas oficiales a los pobres y no tanto, en particular antes de las elecciones? O Carlos Kirchner (primo del Presidente), con lapicera para resolver el destino de fondos para obras públicas.

Simpático el brindis del columnista hacia José Pampuro, de quien dice ha hecho por primera vez en su vida, y que se conozca, una obra de bien, desplazarlo a Manuel Quindimil de la intendencia de Lanús. Nada dice de cómo lo logró eso el senador por Buenos Aires, aplicando fondos de campaña de origen oficial en una jugada de la Casa de Gobierno. Acierta, como Verbitsky, en condenar las trapacerías electorales del domingo pasado pero concluir en que no torcieron el rumbo final del resultado electoral. Una forma de no sumarse a las denuncias de Elisa Carrió por presunto fraude con destrucción o robo de boletas, uno de los expedientes más viejos de la historia electoral criolla.

En materia de especulaciones sobre el nuevo gabinete nacional, el columnista aporta la continuidad de Miguel Peirano y Jorge Taiana, vacilaciones sobre Nilda Garré, la salida de Guillermo Moreno, la tarea que le espera a Mario Blejer como asesor externo, etc., lo que se sabe.

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