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Antes y después de que se fracture la barrera cacerolera hubo corridas, trompadas, botellazos al aire, algunos ensangrentados y un duelo, cara a cara, de coros. Sólo los unía el ritmo: mágicamente sincronizados, los bombos kirchneristas seguían el tempo de las cacerolas.
«¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de los K!», gritaban, paradójicamente uniformadas de rojo, un grupode mujeres: seguían las indicaciones de Juan Carlos Morán, radical, que asumió en diciembre como diputado nacional por la Coalición Cívica de Elisa Carrió.
A metros del arista, enfrente, estaba Juan Cabandié: nacido en cautiverio, actual diputado porteño por el FpV, es el nieto recuperado N° 77. Artífice junto a Máximo Kirchner de la agrupación La Cámpora, Cabandié estuvo en la línea de fuego.
«Ahí están los que apoyaron el golpe militar», coreó Cabandié mezclado entre los militantes K. Desplazado del forcejeo, rondaba José Ottavis, dirigente de la JP y funcionario de Oscar Parrilli, que funcionó como los «ojos» de Kirchner junior en la plaza.
«Es de manual: cada vez que un gobierno peronista toma una medida contra el campo aparecen los gorilas de siempre», bramaba, lejos del scrum, el operador de Máximo. Segundos después partió a auxiliar a un herido oficial: Andrés Larroque, el «Cuervo», otro dirigente de la JK, tajeado en la frente por una pedrada.
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«El conchetaje porteño quiso copar esta plaza histórica, pero los corrimos.» Con los caceroleros en retirada, D'Elía hizo su proclama desde la Pirámide de Mayo. Enfundado en una camisa negra tentó a sus críticos a compararlo con los «camicie nere» del fascismoitaliano. Criticado por la oposición, y hasta desautorizado por Alberto Fernández -dijo que el gobierno no estaba de acuerdo con su movilización-, sobre la medianoche, D'Elía festejó su toma de la Bastilla. «Hicimos lo que teníamos que hacer», se confesó, ya afónico con el mismo argumento ante el comisario cuando se entrega quien se «disgració».
Algo de razón tiene: su nombre, entre los caceroleros, funcionó como un espantador. «Ahí vienen los de D'Elía», dobló gritando, a la carrera, por Defensa, desde Plaza de Mayo, una mujer con un pibe en brazos. Atrás aparecieron, igual de asustadas, unas 30 personas.
D'Elía no estaba ni cerca, pero había circulado el rumor de que, a su paso, la caravana piquetera que bajaba por Avenida de Mayo perseguía a los caceroleros que se les cruzaban. El propio D'Elía, según admitió, le pegó una « trompada» a uno que lo «insultaba».
El director de editorial Perfil, Jorge Fontevecchia, fue uno de los que tuvieron que apurar el paso: había rondado la plaza durante el cacerolazo y cuando quiso remontar la avenida, se cruzó con un grupo de militantes de la FTV y el Movimiento Evita.
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- Valés 20 pesos... estás acá porque te pagan -le gruñó a un piquetero una mujer que lucía en el pecho un sticker celeste y blanco con el lema «No a las retenciones».
- Voten..., voten... ganen las elecciones; golpistas -respondía, furioso, el kirchnerista. - Patotero -se sumó un cacerolero, de unos 50 años, rubión, que calzaba una bombacha de campo.
- Vuelvan al country... refutaron, a coro, los militantes K. En puñados, dispersos, pocos caceroleros quedaban cerca de la plaza pasada la medianoche. Un grupo reducido se replegó sobre las escalinatas de la Catedral Metropolitana. Otros se perdían por Diagonal Norte. Cada tanto, había alguna corrida. Zona liberada.
Dos piqueteros, aerosol en mano, empezaron a pintar las paredes de la Catedral con consignas contra el campo, Jorge Bergoglio y Mauricio Macri. Un grupo de opositores quiso impedirlo: otra vez, empujones y golpes.
A esa hora, ya no quedaban personajes públicos. Al principio, diputados de la Coalición Cívica, se habían plegado a la protesta: además de Morán, que guiaba la resistencia contra los piqueteros, Adrián Pérez y Fernando Iglesias se habían paseado por el lugar.
Cuando pasada la 1 cayeron unas gotas de lluvia, Plaza de Mayo comenzaba a recuperar el aspecto típico de cualquier noche de mitad de semana. Pero sólo era una percepción: con la Casa Rosada blindaba, se apagaba un día feroz, jamás imaginado por Cristina de Kirchner.




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