27 de marzo 2006 - 00:00

Gobierno e izquierda pagan el final feroz en la Plaza

Estela de Carlotto
Estela de Carlotto
Los incidentes que enturbiaron el acto de repudio por los 30 del golpe de 1976 fueron la coronación de una disputa, feroz y silenciosa, condimentada por la impericia del gobierno, el descuido de los organismos de derechos humanos y la persistencia del ultraizquierda en manipular cualquier acto que pueda aprovechar en su favor.

La tarde del jueves en la Casa Rosada se encendieron todas las alarmas: luego de desactivar -de mala gana- la movilización oficialista (que se preparaba para el viernes a las 15, pero luego se suspendió por temor a desmanes), Néstor Kirchner se topó con la certeza de que la marcha del viernes sería masiva y, sobre todo, hipercrítica de su gobierno.

Pero era imposible revertirlo. El ajedrez interno en el Encuentro-Memoria, Verdad y Justicia - donde desde hace largo tiempo se venían programando los actos por los 30 años del golpehabía sido definitivamente ganado «por los ultras», según el lamento oficial.

La osadía de los militantes más extremos, el dejar hacer de algunos organismos de DD.HH. -como el SERPAJ de Adolfo Pérez Esquivel- y el descuido de otros -como Abuelas de Estela de Carlotto- conformaron un cóctel que se tradujo en el caos de la movilización del viernes.

Prevenido, esa mañana, desde el Colegio Militar, Kirchner reclamó que ningún sector intente «adueñarse» de la movilización del 24 de marzo. Por ese motivo, al acto en El Palomar fueron invitados hasta los opositores más reacios al gobierno.

A esa hora, la coordinadora de Memoria, Justicia y Verdad, Adriana Calvo (de la asociación ex Detenidos-Desaparecidos), encaró una última gestión ante Carlotto para que Abuelas firmara el texto que horas después se leería en la Plaza. Fue, apenas, un gesto.

• Planteo

La dirigente de Abuelas -que no participó de las negociaciones previas- levantaba el planteo de su organización y otros sellos para que sólo se leyera la Carta Abierta a las Juntas Militares, escrita por Rodolfo Walsh y difundida el 24 de marzo de 1977, un año después del golpe.

Esa opción, con matices, defendían la APDH, HIJOS (Capital),Familiares de Desaparecidosy Detenidos, Madres Línea-Fundadora de
Nora Cortiñas-, el partido Encuentro por la Democracia de Martín Sabbatella y hasta el SERPAJ de Pérez Esquivel, que convocaron a la marcha, pero no firmaron el documento.

Lo del premio Nobel de la Paz merece observarse. Al principio, cuando comenzó a armarse tres meses atrás la marcha, hasta prestó su casa de la calle México para que se reúnan los organizadores. Fue, además, uno de los promotores de montar un acto « independiente» al gobierno.

La lapicera cambió de manos:
Adriana Calvo quedó como nexo, secundada por Diana Kordon, psicóloga que asesoró a Hebe de Bonafini y se vincula al Partido Comunista Revolucionario (PCR), brazo de la piquetera Corriente, Clasista y Combativa (CCC) de Juan Carlos Alderete.

Fue la vía de entrada, entonces, para que el eje temático de la exposición del viernes enfocara sin eufemismos contra el gobierno, imputándole manosear la cuestión de los indultos y hasta ser el gobierno constitucional desde 1983 con mayor cantidad de presos políticos.

Pero hasta
Pérez Esquivel, promotor de una línea crítica contra Kirchner -plantea «proteger los derechos humanos de hoy», postura compartida por la mayoría- decidió dar un paso al costado cuando la ola hipercrítica se apoderó del discurso.

Lo mismo hizo la CTA, tras una pulseada entre el ala opositora al gobierno que capitanea
Víctor De Gennaro y los pro Kirchner comandados por Luis D'Elía y Edgardo Depetri, debate que recrudecerá esta semana durante el Congreso nacional de la central.

Ni la CTA ni
Pérez Esquivel firmaron el texto que, con repertorio del manual del ultraizquierda criollo, luego naufragaba hasta reclamar la libertad de «cinco patriotas cubanos» detenidos en EE.UU., denunciar el uso de fósforo blanco en Faluya, Irak, y exaltar la «heroica resistencia del pueblo iraquí».

Esos extremos inoportunos fueron los que terminaron por espantar a los críticos moderados -Pérez Esquivel, Cortiñas, etc.- y dejaron en poder de los «duros» del Partido Obrero y el MST, entre otros partidos de izquierda, el manejo operativo de la marcha.

Poco contribuyó una amenazadeslizada por voceros del gobierno de mandar a desarmar escenario y equipo de sonido pagados para la vigilia de
Bonafini del jueves y que el viernes se usarían para la lectura de la Carta Abierta y el «documento político» tras la marcha.

«No se olviden de hacer el aporte
(económico). Es muy probable que debamos alquilar palco y sonido», circuló la noche del viernes luego de que trascendió en el teatro Bambalinas -donde se reunían los organizadores- el mensaje que la Casa Rosada envió vía intermediarios.

Embretado en su propia interna, el kirchnerismo no supo reaccionar. El dúo
Jorge Ceballos y Humberto Tummini, de Barrios de Pie y Patria Libre, quiso ocupar el frente del escenario con el propósito -no alcanzado- de defender al gobierno en una plaza hostil. Lo demás lo mostró la TV.

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