Gobierno intenta último pacto con PJ
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De la Rúa los escuchó como una esfinge. Se mostró tranquilo y enigmático y apenas sostuvo: «Lo voy a analizar».
A partir de esa definición y como sucedió siempre en las grandes encrucijadas, el entorno del Presidente se dividió en dos. El circuito más íntimo, que integran sus hijos, Lombardi, Darío Lopérfido, Lautaro García Batallán, etc., pretendía un acuerdo con el PJ que permitiera sacar el presupuesto para, recién después de ese gesto de buena voluntad, encarar algún tipo de apertura en los cargos de la administración.
En cambio los hombres del gabinete más ligados al partido -Colombo, Horacio Jaunarena, Gallo, Dumón, Baylac, etc.- se convencieron de que el Presidente debía actuar rápidamente expulsando a Cavallo y reorganizando su esquema de poder en consonancia con el peronismo.
Esa estrategia no fue teórica sino que se llevaron adelante varias iniciativas en ese sentido. Por un lado, se tendió un puente con Ramón Puerta para conseguir que el Senado se convierta en cámara de inicio para el tratamiento del decreto de estado de sitio. Puerta, igual que Gioja, pidió que la iniciativa tuviera el visto bueno de los gobernadores, sobre todo los de las provincias más envueltas en episodios de violencia o desborde.
• Gobernadores
Por eso, por otro lado, se realizó una ronda de conversaciones con los mandatarios del PJ. Concretamente, Colombo dialogó, entre otros, con José Manuel de la Sota, Carlos Reute-mann y Rubén Marín, que serían los principales protagonistas de una mesa de concertación de emergencia tendiente a sostener a un nuevo gabinete de crisis. Enrique Nosiglia, por su parte, entró y salió de la Casa de Gobierno para informar sobre sus reuniones con Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf, a quien la versión oficial transformó ayer en una especie de imposible Robespierre al que se le imputaban todos los hechos de violencia y hasta la decisión de declarar la provincia de Buenos Aires como «zona liberada» (una paradoja para quien llegó al poder envuelto en la bandera de la seguridad y la mano dura).
En todas estas negociaciones con el PJ la cabeza de Cavallo fue ofrecida como prenda de buena voluntad. Casi todos los ministros consideraron que retener al titular del Palacio de Hacienda podría significar la expulsión de todo el gobierno, incluido el Presidente. Pero De la Rúa no dio señal alguna en ese sentido hasta la medianoche y convocó a Cavallo varias veces a su despacho. El cordobés deambuló entre la Casa Rosada y el Ministerio de Economía en estado evidente de exasperación, mientras la mayor parte de sus colaboradores hacía apuestas sobre quién sería su sucesor (con sus martingalas no innovaban más que el resto: o volvía Daniel Marx convertido en titular de la cartera pero reportando a Chrystian Colombo, o designaban a Colombo, dejando abierta la incógnita sobre el futuro jefe de Gabinete, que es lo que en definitiva ocurrió).
Mientras tanto, De la Rúa se comunicó en tres oportunidades con Adalberto Rodríguez Giavarini, quien ayer desde Nueva York lo informó sobre sus gestiones internacionales. Concretamente, el canciller le transmitió el respaldo de la consejera nacional de Seguridad, Condoleezza Rice; del secretario de Estado, Colin Powell, y a última hora del mensaje del encargado de asuntos latinoamericanos de la cancillería norteamericana, Lino Gutiérrez: «No sólo apoyamos la institucionalidad de la Argentina sino que avalamos especialmente la continuidad del Presidente». Gutiérrez habló después de un informe detallado que le envió James Walsh, el embajador en Buenos Aires, sobre los dramáticos acontecimientos del día.
Con este cuadro de situación como referencia, De la Rúa tomó la decisión de asistir hoy a la cumbre de presidentes del Mercosur, donde espera contar con el respaldo explícito de sus colegas regionales para mantenerse en la conducción del Estado.



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