La esperable aparición de la candidata oficial simulandoafabilidad con un sector de la prensa que le reclamaba gestos y acercamientos confirma todos los prejuicios sobre el personaje: sólo acepta reportajes grabados, con interlocutores dóciles y sin repreguntas. Tan zonza ha sido la ansiedad por esta aparición que le ha costado poco a Cristina de Kirchner avanzar otra casilla. «¿Vieron? Sí, ¡doy reportajes!», repetirá hasta el final de sus días. Con eso habrá callado, de paso, reproches por algo más serio que abrirles el micrófono a los medios.
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Las apariciones de ayer no remedian las consecuencias más graves del silencio de un gobierno que ha tenido una sola política de medios: impedir el debate público de lo que hace. La primera medida que tomó Néstor Kirchner apenas asumió fue prohibirles a sus funcionarios mantener conversaciones «off the record» con periodistas. Esa orden, de imposible cumplimiento, la transmitió el secretario general Oscar Parrilli y estaba dirigida a impedir que las iniciativas del gobierno fueran mostradas y discutidas antes de que se las comunicase en decretos y resoluciones. Intervenir en ese debate es un costado del derecho a la expresión que el gobierno intentó inhibir. La necesidad misma de los funcionarios de sobrevivir al acoso periodístico, y la eficacia de los periodistas, convirtió esa orden insólita, autoritaria, en papel mojado.
Mostrar ayer a Cristina de Kirchner grabada -es decir, sin la adrenalina del vivo y en directo, con la presunción de que se eliminó todo lo inconveniente para la candidata-es dar un clip publicitario. Mostrarla ante amigos que no le repreguntan enormidades (cuando defendió los números de la economía que cocina el INDEC o las relaciones con el prestamista más caro que tiene el gobierno, Hugo Chávez) es parte de la propaganda oficial.
Improvisación
En varias oportunidades, el gobierno se vio forzado a discutir en público sus planes en pleno proceso de deliberación interna, especialmente aquellas que mostraron al gobierno en la improvisación, en el uso abusivo de sus atribuciones, en el desvío de las normas o de los fondos. Debates como los superpoderes en las leyes de presupuesto, la entrega de subsidios, la renegociación de la deuda, el pago extraordinario a grupos empresarios como Greco, los sobreprecios en contrataciones como Skanska o la renegociación de contratos como el de Aeropuertos habrían sido otra cosa si los periodistas y los funcionarios hubieran acatado esa orden de no hablar. Caso contrario, Greco habría cobrado más de u$s 200 millones sin que nadie se enterase, los sobreprecios de Skanska no estarían en la Justicia, seguiría el venezolano Antonini Wilson trayendo inversiones al país, el contrato con Aeropuertos aprobado por el Congreso habría sido ya firmado por el Presidente, el pago de subsidios y el abuso en los superpoderes no estarían en la Justicia o la ex ministra Felisa Miceli habría podido tener libre disponibilidad de los ahorros que guardaba en el toilette.
Cambio
El silencio con que han blindado su gestión fue un cambio importante en la relación de los Kirchner con los medios.
Néstor y Cristina fueron, hasta asumir la presidencia en 2003, los mejores amigos de la prensa, perseguían a movileros, animadores y cronistas para que les dieran notas, los invitaban a conocer los paisajes de su provincia, les enviaban de regalo corderitos patagónicos para fin de año, los atosigaban con pedidos de reportajes y notas. Cualquier profesional de esos años conserva en sus agendas más de una decena de teléfonos en los cuales estaba siempre disponible la pareja.
Les ha costado a los Kirchner adaptarse al mundo grande de los medios. Vienen de una provincia con prensa dominada, medios cautivos y con un rasgo cultural distinto al del resto del país (en la Patagonia fueron antes los medios audiovisuales que los medios escritos y eso marca todo un estilo de conducta de los políticos ante los medios). El político en esos distritos se forma con la idea de que las palabras dichas a la radio y a la TV se las lleva el viento y que el espectador apenas registra imágenes y actitudes. Por eso se adaptan con dificultad a la prensa escrita, que funciona bajo el régimen de la palabra escrita, según el cual escribir es reescribir y leer es releer. El político de otras comarcas está acostumbrado a conducirse ante medios en los que se escribe y se reescribe, en los cuales el público lee y relee, y frente a los cuales hay que dar cuenta de todo. Por eso, los distritos con prensa escrita resultan, en un país en crisis, una demoledora de biografías políticas. En los distritos con prensa audiovisual, es más fácil que se construyan dinastías ante la opinión pública.
Esto ha cebado esa prohibición germinal a los funcionarios a hablar y de los periodistas a preguntar. Fue un error inicial como el de la primera mentira del marido infiel. A un silencio siguió otro, a otra mentira siguió otra y se hizo, con el correr del tiempo, imposible contestar pregunta alguna.
Por eso los Kirchner no pueden dar reportajes. Son tantas las repreguntas a las que se arriesgarían que les puede costar todo lo que han logrado. Deben respuestas sobre su declaración jurada de bienes, su conducta ante la opinión pública, cómo gobernaron hasta 2003 Santa Cruz, cómo la siguieron gobernando desde esa fecha, sus relaciones con el peronismo de los 90 -Menem, Duhalde-, la construcción de autoridad junto a los barones del viejo peronismo, en qué distrito depositan el voto, por qué sometieron a la Argentina al aislamiento internacional, en qué pensaban cuando obligaron al país a tolerar otro turno de Gustavo Beliz como ministro nacional, qué suerte tuvieron los fondos de Santa Cruz en el mercado financiero en los últimos 15 años, cómo alcanzó Cristina de Kirchner su candidatura presidencial, etcétera. Son tantas las cuestiones que la sola acumulación obtura el diálogo. La demanda periodística es tan grande que es más cómodo el silencio. O usar la prensa para reportajes que tienen tanto que ver con el periodismo como el «showball» con el fútbol de la AFA.
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