19 de mayo 2005 - 00:00

Habrá otra vez dos CGT

Juan Manuel Palacios, Hugo Moyano, José Luis Lingieri y el grecorromano Oscar Mangone agasajaron ayer a Kirchner por la alianza renovada con la presidencia de la Nación.
Juan Manuel Palacios, Hugo Moyano, José Luis Lingieri y el grecorromano Oscar Mangone agasajaron ayer a Kirchner por la alianza renovada con la presidencia de la Nación.
Quien haya asistido ayer, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, a la ceremonia de presentación del plan de estímulo a la exploración de hidrocarburos, tuvo un adelanto escenográfico de cómo terminará la discusión sindical por la nueva conducción de la CGT. En el ala izquierda, Oscar Lescano acompañaba, todo un galán, a Susana Rueda.

Representaron a los «gordos». A la derecha, Hugo Moyano, José Luis Lingieri, Oscar Mangone y Juan Manuel Palacios saludaban con la mano -discretos, sin levantar el brazo-a su «santo patrono», Julio De Vido. El anfitrión de todos, Néstor Kirchner, saludó a los dos sectores, ecuménico. La disposición se parece mucho al desenlace: en junio habrá, otra vez, dos centrales obreras compitiendo por el favor oficial.

Para que todo tenga el suspenso de los clásicos melodramas sindicales habrá que esperar la sucesión de algunos capítulos. Primero, se discutirá la integración de la comitiva que irá a la Asamblea anual de la OIT en Ginebra. Después, el sector de los «gordos», representados por Lescano, Armando Cavalieri y Carlos West Ocampo pedirá que se mantenga la unidad de la CGT pero pondrá para ello una condición insoportable: la renuncia de Moyano a conducir a la entidad como único jefe, como estaba previsto cuando se configuró el triunvirato que encabeza hoy al gremialismo tradicional. Habrá escaramuzas, tal vez la aparición momentánea de una figura de transacción, hasta que se consume la ruptura.

En pequeña escala y con códigos cifrados, este futuro ya ocurrió. El martes pasado, en la sede de UPCN, el dueño de casa Andrés Rodríguez, Gerardo Martínez (Construcción), José Luis Lingieri (Obras Sanitarias) y Vicente Mastroccola (Plásticos) escucharon el alegato de Lescano, Cavalieri y West en contra de Moyano. Se quejaron, como adelantó este diario ayer, del último episodio autocrático del camionero: la gestión que realizó delante de Kirchner para conseguir el reemplazo de Carlos Tomada por Héctor Recalde en el Ministerio de Trabajo. Como lo descubrieron mientras solicitaba ese premio por enésima vez, ahora Moyano dice que sólo quería incorporar a Recalde en una lista de diputados nacionales.

• Pesadilla

Para Cavalieri y sus aliados no hay pesadilla más exasperante que la de imaginar al voraz camionero con el control de la cartera donde se deciden los encuadramientos sindicales. Si careciendo de ese recurso Moyano consiguió quedarse con casi todo lo que anda sobre ruedas en la economía argentina, con la lapicera hoy en poder de Tomada el régimen sindical se convertirá en un unicato definitivo.

Los tres «gordos» mayores, Lescano, Cavalieri y West, se lo explicaron a los independientes que rodean a Lingieri, el martes. Un día antes se habían congregado a planificar su estrategia en el Sindicato de Sanidad. Allí estuvieron también los telefónicos, los empleados de alimentación y las dos vertientes ferroviarias: Unión y Fraternidad. Durante ese encuentro se propusieron una jugada aparentemente inocente pero que el aspirante a mandamás de todo el gremialismo no soportará tan fácilmente. Quieren que la comitiva que viajará a Ginebra a fin de mes integre a Susana Rueda y a Rodolfo Daer. Para Moyano es como que le desinflen las diez gomas del camión. No tolera a Rueda, quien lo rigorea como a un chico, y tampoco a Daer, su antecesor en el cargo de secretario general.

El camionero sabe que no las tiene todas consigo. Por eso comenzó un discreto proselitismo interno. El martes por la noche se reunió con los sindicatos de las 62 Organizaciones en la sede del SOMU, de Omar «Caballo» Suárez. Allí ejerce un discreto liderazgo Luis Barrionuevo, junto con Gerónimo «Momo» Venegas. Habría unos 70 dirigentes en esa comida, con menú a base de pescado como corresponde al gremio de los marítimos (estos capitostes van envejeciendo en los cargos y, con los años, comienzan a cuidarse del colesterol). Moyano habló a los postres. Parecía un diplomático de carrera hablando en Naciones Unidas: predicó la concordia; dijo que había que ser medidos con los reclamos salariales y que no había que abusar de las medidas de fuerza porque dañan la imagen del sindicalismo «ante la sociedad». Se le notabanlos 70 millones de pesos que le entrega el gobierno mes a mes para que reparta en la industria del transporte a este sindicalista acostumbrado a abarrotar las ciudades de basura cada vez que enfrenta un conflicto municipal.

Alrededor de las mesas estaban Palacios, Lingieri, Saúl Ubaldini, Juan José Zanola, Reinaldo Hermoso, Rubén Pereyra, todos hombres experimentados a quienes les sorprende que Moyano demuestre tan poca inteligencia para sustentar su liderazgo: «Hay que explicarle que el discurso acuerdista hay que hacerlo delante de Kirchner no delante de los gremios», recomendó uno de los asistentes, al salir de la reunión. Aún así, la comida en lo de Suárez sirvió para que el camionero haga un recuento de las adhesiones que se le proveen desde ese sector y para que, todavía más importante, pueda controlar que desde la franja independiente que controla Barrionuevo no emerja una candidatura alternativa a la suya, pactada con Lescano y los «gordos». Nunca hay que descuidarse.

Para el gobierno la ruptura no puede ser mejor negocio político. Además de dispersar la fuerza sindical cuando comienza a volverse más inquietante la inflación -lo será más todavía cuando Kirchner deba autorizar la suba de tarifas en los servicios públicos-, el oficialismo podrá opacar con la disputa de la CGT el malestar creciente que le llega desde la CTA de Víctor De Gennaro. Por algo De Vido, que oficia como operador principal del Presidente en la escena gremial, invitó a todos a su acto de ayer pero los mantuvo convenientemente separados.

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