26 de febrero 2002 - 00:00

"Hay que convencer a Duhalde para no ser Cuba o Venezuela"

El ministro de Economía dedicó un largo almuerzo ayer en su despacho con los caciques legislativos del peronismo a lanzar lo que cree es su última batalla: convencer al propio Eduardo Duhalde de sacar al gobierno de la incertidumbre entre el modelo capitalista o el aislamiento internacional.

«Tienen que ayudarme a convencerlo a este hombre de que se tiene que dejar de hablar mal del sistema financiero, de las empresas privatizadas o no, porque la Argentina no tiene las fuerzas para ser independiente. Del otro modo vamos a ser Cuba o Venezuela», dijo Jorge Remes Lenicov a un sorprendido lote de invitados a su almuerzo (Humberto Roggero, Jorge Matzkin, Eduardo Camaño, Oscar Lamberto, Juan Carlos Maqueda, quienes escuchaban boquiabiertos pero sin desconocer lo que Remes decía.

Si esto sigue así, insistió, el país no tiene cómo sentarse para hablar con un FMI que, dijo, «está cada vez más tomado por la derecha republicana de los EE.UU. Es decir, muy crítico de la Argentina». Si alguno no estaba enterado, el ministro lo anotició.

Extrañó el tono del lamento, pues todos los presentes saben que Remes es hombre del riñón duhaldista y debería, como Camaño o Jorge Todesca (también presente en el almuerzo de ayer en Economía) contar con algún recurso para entenderse con su jefe. Acaso él, que siempre estuvo a su lado, no tiene un psicó-logo. ¿Qué podrían decir, en cambio, Roggero, Maqueda o Matzkin, que responden a proyectos contradictorios con los del imperio bonaerense?

El preámbulo del ministro les hizo entender a los invitados que el pretexto de la invitación -presupuesto, coparticipación- era sólo eso, un pretexto. «Se nos complican todos los frentes cada día, los empresarios, los bancos, los gobernadores, y este hombre que no ayuda», se derrumbó Remes. Ese hombre es, claro, Duhalde. Parecía un autor de su propio réquiem.

«Para colmo», se quejó Remes, «hay empresarios grandes y banqueros que quieren verlo al Presidente y no los recibe. El dice que prefiere manejarse con gente de la provincia de Buenos Aires y con las PyMEs». Uno de los legisladores recordó: «Cada vez que hablamos con él nos dice que nunca entendió de economía y que no va a empezar a entender ahora. Que le traigan soluciones nada más».

¿El o su entorno?, preguntó alguien que quiso amortiguar la crudeza de la queja. «Bueno, los que lo rodean, pero siempre es lo mismo, para disculpar a alguien se le echa la culpa a quienes lo rodean», admitió gentil Remes mirando a Maqueda, que viene de la Córdoba de los De la Sota. No le falta razón: se decía lo mismo de Perón como excusa.

Roggero quiso apartar la letanía pidiendo precisiones sobre el proyecto de presupuesto. ¿Es la condición del Fondo?, preguntó. «Del Fondo no se sabe qué quieren», siguió el ministro. «Están durísimos, trabajamos con la hipótesis de que nos van a ayudar si firmamos con gobernadores o sacamos el presupuesto. Pero eso es una idea nuestra porque no nos dan ninguna seguridad. Estamos casi ciegos».

• Quejas

Siguió una catarata de quejas viejas y nuevas sobre la conducta de los funcionarios del FMI. Remes ensayó una explicación para tanta dureza: «Se quemaron con Cavallo. En Washington me dijeron que ellos nunca esperaron que Cavallo se volviera contra los intereses de ellos. Creían que era de ellos. Y los defraudó, están enojadísimos con la Argentina».

¿Tienen razón? Remes incurrió en la única sonrisa de la jornada. «Y... siempre me reprocha Tomás Reichmann, diciendo que, cada dólar que le damos a la Argentina aparece al mes siguiente en Miami. El año pasado fueron $ 20 mil millones que vinieron al país y los propios argentinos se los llevaron afuera a la primera de cambio».

¿Qué hacemos?, bramó la mesa cuando llegaba el postre frugalísimo que sirve Remes en sus tenidas de trabajo. «Necesito ayuda. Los países tienen que decidirse. O se arregla y se pacta, que es una diferencia de matices, o se tiene la fuerza para hacer alardes de independencia, y ser Cuba o Venezuela. Para la Argentina, la opción es clara, ¿no? No queremos ni podemos ser Cuba...» Y, no... admitió la mesa.

«Entonces, ayúdenme para que el Presidente entienda esto y se deje de hablar todos los días en un tono que contradice eso, o que haga los cambios que son necesarios». ¿Cambios?, exclamaron entusiastas los comensales. «Acá hay ministros que no actúan como tales sino como lobbistas de sectores, funcionarios y gobernadores que golpean la puerta acá para seguir pidiendo», definió sin mencionar, juran a los presentes, ni a Jorge Capitanich, ni a Carlos Ruckauf ni a José de Mendiguren. Pero los legisladores ni preguntaron: esa materia ellos ya la conocen.

Del jefe de Gabinete, el ministro se queja de que funciona más como un delegado de sus mandantes del Senado (cuerpo al que sigue perteneciendo) que como un ministro. Del canciller que mandó para atrás junto al propio Duhalde la decisión que había tomado Remes con Mario Blejer de dejar librado el Banco de Galicia a su suerte en el mercado. Quizás para que siga ocupando el centro de la escena de la crisis del sistema bancario y mantenga la mirada fuera de los bancos estatales. A Mendiguren, Remes lo tiene como el ejemplo del político de manual. «Sólo saben sacar ventaja para ellos, como ciertos legisladores o, algunos gobernadores que creen que el gobierno nacional se puede caer y ellos salvarse, o los banqueros vivos que han descubierto una vocación estatista que antes no tenían».

Maqueda, para animar el speech, sacó una encuesta sobre el padrón de los políticos hecho por la esposa del nuevo embajador en la OEA, Graciela Römer (todo en familia), que dice que 87% de los políticos argentinos se definen como de centroizquierda, pero viven votando medidas de centroderecha. «Este hombre -agregó refiriéndose al inquilino de Olivos- es de los que dicen una cosa y hacen otra. Por eso les pido que me ayuden a encontrar la manera de convencerlo de que tiene que acompañar el rumbo, y rumbo hay uno solo». ¿Cómo hacerlo? Persuadirlo, refirió, de que debe bajarse del discurso populista, que deje de pedir plazas, de reclamar actos en el interior.

Ni qué decir el ánimo que dejó en los invitados este anfitrión con ánimo tan bajo y, en apariencia, predispuesto a la despedida. «Les agradezco que me hayan escuchado, pero voy a tener otras reuniones con otra gente a la que le voy a pedir lo mismo. Hay que rodearlo a Negro», remató recordando las últimas palabras de Yrigoyen antes de partir («Hay que rodearlo a Marcelo (de Alvear)». Memorioso, Roggero que es politólogo les explicó a los demás por qué había dicho don Hipólito lo que dijo.

Se concertaron luego -asustados por las críticas del ministro a su propio jefe- a decir, cuando llegasen a casa, que Remes sólo había hablado de presupuesto y de coparticipación. Hoy un juramento, reza la canción.

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