Es algo así como terminar con la obesidad prohibiendo la comida. O los embarazos no deseados proscribiendo el sexo. Enfrentado a un severo déficit energético, el régimen cubano dio ayer una notable muestra de despotismo iletrado al anunciar que resolverá el problema... suspendiendo la importación de lamparitas.
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«A los efectos de contribuir a la política de ahorro de electricidad que se desarrolla en nuestro país, se ha considerado procedente cancelar la importación» de esos productos, señaló ayer una resolución del Ministerio de Comercio Exterior reproducida por la agencia noticiosa «EFE».
Anteriormente, para ahorrar combustible, el Estado había repartido ollas de presión entre la población, un operativo que incluyó la aparición del propio Fidel Castro en televisión enseñando a cocinar con ellas y advirtiendo contra el riesgo de pérdida de nutrientes que provocan las cocciones prolongadas.
La guerra del régimen castrista contra las lamparitas incandescentes y su reemplazo por las de bajo consumo ya había sido anunciada por el propio comandante en abril. Pero ni el combustible subsidiado que envía a la isla su amigo Hugo Chávez pudo frenar los apagones. Llegó la hora, entonces, de pasar a la acción. A grandes problemas, grandes ideas.
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