Este diario adelantó en la edición del 1 de abril pasado que Alberto Iribarne sería el reemplazante de Horacio Rosatti en el Ministerio de Justicia.
Horacio Rosatti, el ministro de Justicia, renunció ayer a su cargo de manera imprevista. No porque no se supusiera que sus días estaban contados: varios íntimos del entorno de Néstor Kirchner se encargaron de inducir esa idea a través de los diarios desde que Rosatti se negó a representar al oficialismo en la lista de diputados de la provincia de Santa Fe. Sin embargo, el alejamiento entraña un par de novedades, además de abrir una interna breve pero sanguinaria por la sucesión en esa cartera.
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Una de las sorpresas que deparó el alejamiento de este abogado administrativista fue la de la oportunidad de su renuncia. Un pacto tácito estableció que Kirchner recompondría su gabinete después de las elecciones de octubre, «con los números en la mano», como él mismo comentó varias veces entre amigos. Ahora se precipitó un cambio que, por la metáfora del dominó, hace pensar en otros. ¿O Rafael Bielsa no quiere alejarse de la Cancillería, harto de que todo lo que hace como ministro se lo facturen en la campaña electoral? José Pampuro y Alicia Kirchner serían reemplazados, en cambio, después de los comicios.
La otra novedad que cobija la dimisión del ministro de Justicia se relaciona con los motivos del alejamiento. Están veladamente expuestos en el texto de la renuncia, sobre todo en el último párrafo. Allí Rosatti le dijo a Kirchner: «Deseo expresarle mi reconocimiento por la autonomía de criterio con la que he podido desarrollar tanto el cargo de ministro cuanto el de procurador del Tesoro de la Nación, permitiéndome en este caso elaborar una línea de defensa ante los tribunales arbitrales internacionales que privilegió el interés nacional y la jurisdicción de nuestros tribunales y que espero continúe en el futuro».
Este párrafo vale más que la referencia a «razones personales» que aparece en el párrafo anterior. Rosatti no lo dice, pero es un dato conocido que el gobierno está a punto de contratar a un estudio jurídico con sede en Chicago para ejercer la defensa del Estado delante del CIADI (ver vinculada). ¿Tendrá que ver con esta contratación el alejamiento del ministro?
Sea como fuere, ayer la novedad desconcertó a los principales funcionarios del gobierno. Aún a los más informados sobre el área de Rosatti, como el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien debió admitir durante una conferencia de prensa que ignoraba las motivaciones del alejamiento. No sufrió el desaire el jefe inmediato de Rosatti: consiguió ubicar a Alberto Iribarne, su ficha más preciada, en el cargo. Tampoco Carlos Zannini, el secretario de Legal y Técnica quien controla desde un rincón los movimientos judiciales tenía noticias del caso.
La sustitución de Rosatti desató las pasiones de varios integrantes del oficialismo. Kirchner decidió abortarlas rápidamentedesignando a Iribarne. Queda una lección en el aire: renunciar a una candidatura, en estos días, es renunciar al gobierno. Rosatti lo entendió así: había aducido razones personales para no ir al sacrificio de la campaña en Santa Fe, una provincia donde el oficialismo está quebrado y en la que el desafiante Hermes Binner cuenta con la simpatía de la Casa Rosada, lo que constituye un riesgo para cualquier candidato oficialista (así lo entendió también María Eugenia Bielsa, la vicegobernadora, quien se negó a representar a Kirchner en su distrito). Si las razones personales fueron tan gravitantes en el rechazo de la candidatura, el mismo peso deberían tener en el desempeño del ministerio. Rosatti lo entendió así. Si no podía elegir su destino, por lo menos escogió la oportunidad, que en política no es poco.
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