Se puede declamar la adhesión a un principio, pero es necesario dar prueba de ella cuando la realidad lo impone. La fe en la libertad de expresión no puede admitir excepciones, a no ser que se quiera correr el riesgo de perderla y, junto con ella, a la propia democracia.
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La llegada de Elena Cruz a la Legislatura porteña, debido a una serie de renuncias de legisladores, genera un dilema. La causa del rechazo que la actriz provoca se debe a unas declaraciones de hace tres años en las que dijo «lamentar» la detención de Jorge Rafael Videla en la causa por apropiación de bebés de desaparecidos, lo calificó de «pobre viejito» y tachó a sus críticos como «zurdos». También se le criticó haber participado el 24 de marzo de 2001 de un acto frente a la vivienda del ex presidente de facto para conmemorar el 25° aniversario del golpe de 1976.
Más allá de que las declaraciones y actitudes públicas de Cruz merezcan reprobación, ¿cabe a los legisladores privarla del derecho de ocupar su banca, deshaciendo a punta de reglamento y antipatía ideológica una situación generada por el voto de los ciudadanos? Según los diputados de Izquierda Unida, Vilma Ripoll y Patricio Echegaray; y del ARI, Beatriz Baltroc, sí. «Permitir que asuma Elena Cruz sería como darle una banca a Vide-la», exageró Ripoll. Pero ¿pasarían Ripoll y Echegaray una prueba sobre su compromiso con la democracia, un sistema al que la izquierda criolla califica de «burgués» y que ve sólo como un momento de transición en su búsqueda de una revolución social?
• Rechazo
En 2000, el Tribunal Superior de Justicia porteño rechazó por unanimidad el intento del cavallismo antes de las elecciones de excluirla de su lista debido a que no pesaba sobre Cruz una condena firme o una inhabilitación.
El debate seguirá en la Junta de Interpretación y Reglamento de la Legislatura. El resultado será una buena prueba del compromiso de los legisladores porteños con la libertad de expresión, aun de la libertad de expresar ideas que desagradan.
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