15 de febrero 2001 - 00:00

Izquierdismo del Frepaso más Alfonsín quieren gravitación mayor en el gobierno de De la Rúa

La embestida contra Pedro Pou y la presión para que el gobierno se abstenga en la censura a la política de derechos humanos de Cuba pusieron a los partidos de la Alianza en un estado de asamblea que volvió a afectar la conducción presidencial, con gran riesgo para el país. Tres ministros (Colombo, Rodríguez Giavarini y López Murphy) reaccionaron duramente ante el desafío de Alfonsín y Carlos Alvarez. Reclamaron de De la Rúa una señal clara de la autonomía del gobierno frente a los comités partidarios. Desde Olivos se alentó a Pou a mantenerse en su puesto (L. Murphy, además, adelantó su negativa a sucederlo) y se le garantizó a la Cancillería que las votaciones en la ONU seguirán siendo atribución de la Presidencia. Durante la tarde de ayer la cúpula de la Alianza emitió un comunicado que trató de sofocar la crisis: no se insistió con el alejamiento de Pou -aunque Alfonsín hablara de "echarlo por defender la dolarización"- ni con la abstención respecto de Cuba.

Fernando de la Rúa comía anoche, más tranquilo, con Chrystian Colombo, Adalberto Rodríguez Giavarini y José Luis Machinea. Si mejoró su ánimo fue por el resultado de la reunión que mantuvieron a la tarde tres de sus ministros (Colombo, Federico Storani, José Luis Machinea) con dirigentes y legisladores de la Alianza (Raúl Alfonsín, Carlos Alvarez, Darío Alessandro, Hermes Binner).

Al cabo del encuentro de ese denominado Grupo de Trabajo, se emitió un comunicado (ver aparte) en el que desaparecen, en medio de un mar de aclaraciones -la mayoría bastante obvia-, los dos reclamos principales con que los partidos de la Alianza venían presionando al gobierno, a saber: la renuncia del presidente del Banco Central, Pedro Pou, y la abstención en la votación referida a los derechos humanos en Cuba que se realizará en la comisión respectiva de la ONU, en abril.

La omisión de estas pretensiones contribuyó a aliviar las tensiones que se acumularon en el seno del oficialismo durante las últimas 48 horas. Si los conflictos no se disiparon, por lo menos quedaron ocultos tras la cortina pasablemente cínica de aquel comunicado.

Crujidos

Si la conquista de ese texto pacificador serenó a De la Rúa fue porque ya había comenzado a oír crujidos graves en su propio gabinete. Chrystian Colombo, Adalberto Rodríguez Giavarini y José Luis Machinea mantuvieron una prolongada reunión el martes por la noche, en la que expusieron ante el Presidente su insatisfacción con la manera en que el gobierno se estaba manejando en medio del conflicto. Dos de ellos cambiaron ideas en privado y hasta se plantearon la hipótesis de renunciar a sus cargos si De la Rúa no les daba una señal clara de respaldo frente a lo que se presentaba ya como un estado de asamblea capaz de desbordar al gobierno. Ricardo López Murphy caviló en los mismos términos, por su lado. A todos los indignó, además de los pedidos de renuncia de Pou, la exigencia pública de Alvarez y Alfonsín para que el país se abstenga de votar sobre la situación cubana en la ONU y la sumisión que legisladores de la Alianza (como Alessandro u Horacio Pernasetti) exhibieron frente a la diputada Elisa Carrió, que había insultado a Colombo y Machinea (lo que Alfonsín calificó de «injuria» de la legisladora).

«No voy a resignar una coma de las atribuciones que me concede la Constitución» aseguró el Presidente en Olivos delante de sus ministros, respecto del voto contra el régimen cubano. En el plano argumental, Giavarini dijo una vez más esa noche que, antes que defender a Fidel Castro, los dirigentes de la Alianza deberían pedirle explicaciones por sus juicios desdorosos hacia la Argentina. Pero si se quiere comprender la conducta de la Cancillería -y del resto del gobierno-no se debería desconectar ese razonamiento de las señales de Washington para que el país vote sobre la cuestión cubana junto a los Estados Unidos: en Olivos se comentó la visita que realizará Donald Evans (secretario de Comercio y principal amigo de George W. Bush) a Buenos Aires el 5 y 6 de abril, antes de que se expida la Comisión de las Naciones Unidas.

Fortalecimiento

Mientras se analizaba esta encrucijada sonó el teléfono en la reunión de Olivos. Era Pou, quien quiso comunicarle a De la Rúa que «de esta manera no me voy». Se refería a la comisión que, a pedido de Alfonsín -a su vez inspirado en la imperativa Elisa Carrió-, le acababa de crear Mario Losada para investigar(lo) en relación con las denuncias sobre casos de lavado de dinero. El titular del Central se había fortalecido para ese momento, la noche del martes, por dos razones: los funcionarios reunidos en Olivos le habían expresado su interés para que se mantenga en el puesto; además, comenzaba a desvanecerse la candidatura de su eventual sucesor López Murphy.

En su embestida contra Pou, Alfonsín y Alvarez venían sugiriendo al ministro de Defensa como reemplazante ideal (anoche el ex presidente casi lo postuló en un programa de TV amigo). Pero López Murphy advirtió a sus amigos y a los ministros que comieron con De la Rúa que no aceptaría la presidencia del Central. Su principal temor es lógico: teme que su ingreso a la entidad se produzca en un clima de tal dispersión política que, al poco tiempo de ejercer su cargo, se desate una crisis poco agradable para él.

Por si tenía dudas, uno de sus colegas le recordó: «En un tembladeral como el que podemos enfrentar tendrás que tomar medidas complicadas, tal vez el cierre de algún banco; mirá cómo está Pou, procesado y con casi 30 causas judiciales abiertas». El titular de Defensa coincidió de inmediato.

Sin embargo, la prescindencia de López Murphy no le quitó énfasis a Alfonsín para seguir en su campaña contra Pou. «Hay que echarlo a patadas por mala conducta, por incumplimiento de los deberes de funcionario público, por defender la dolarización», gritó iracundo -uno de sus mejores papelesdelante de los demás capitostes de la Alianza ayer por la tarde, en la reunión que se realizó en la Jefatura de Gabinete. Estaba inquieto: Alvarez comenzó a exhibir una prudencia poco solidaria y Storani, decididamente, lo dejó solo y se alineó con los demás ministros, Colombo y Machinea.

Compromisos

Estos dos expusieron con claridad la situación actual del gobierno. «Salimos de una renuncia como la del vicepresidente, pasamos por el blindaje y ahora vamos a sacar al presidente del Banco Central por el ataque de un grupo de diputados», se quejó Colombo. Para él, como para Machinea -quedó claro en la reunión de ayer-, evitar el escándalo en torno a la política monetaria y, en menor medida, confluir con los Estados Unidos en la votación sobre Cuba son dos cláusulas no escritas de los compromisos asumidos por el blindaje. Fueron eficientes en la tarea de asustar a «don Raúl» y a Chacho (quien no quiere cargar con la responsabilidad de ninguna otra crisis): hablaron de aumento del riesgo-país, avance sectorial sobre el gobierno, demora en la reactivación, crisis fiscal, fin del blindaje y cuanta plaga se pueda imaginar.

Didácticos

Al mismo tiempo que recitaban el infierno del Dante frente a los atemorizados ojos de Alfonsín, Colombo y Machinea se pusieron didácticos: explicaron en qué consiste el lavado de dinero, la dimensión que puede tener en la Argentina -mucho menor que los 9.000 millones de dólares de los que se habla en estos días-y su diferencia con la evasión.

Como «a cada día le basta con su afán», para el gobierno el de ayer trajo su trofeo. Modesto, claro. Alfonsín y Alvarez admitieron que en el comunicado conjunto se expusieran los méritos del gobierno en la lucha contra el lavado, la necesidad de investigar lo ocurrido en el sistema financiero respecto de ese delito y la conveniencia de no llevar la polémica a la discusión de políticas monetarias o a la expulsión infundada de las autoridades.

Quedaba un capítulo conflictivo: Cuba. Alfonsín y Alvarez fueron informados sobre la conducta inflexible de De la Rúa y Giavarini en la defensa de sus atribuciones. El jefe radical, por su parte, tenía ya un informe detallado sobre el ánimo del gobierno, de boca de Raúl Alconada Sempé. Este dirigente, experto en relaciones internacionales, mantuvo ayer una larga charla con Darío Lopérfido, acusado por Alfonsín (seguramente de manera exagerada) de haber originado el conflicto con Castro.

Para que también se distendiera este frente, el grupo decidió «dormir» la polémica cubana pidiéndole a Giavarini informe con los antecedentes del problema.

Nadie podrá reprocharles mala voluntad: Alfonsín y Alvarez se expusieron, de esa manera, a que alguien les endilgue haber promovido la abstención sin estar bien enterados sobre lo que se estará votando.

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