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16 de julio 2007 - 00:00

Kirchneristas estudian a Cristina

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La campaña cristinista estuvo en la cresta de la ola el fin de semana. O más o menos. Lo más forzado ocurrió -cuándo no- en la Facultad de Ciencias Exactas, donde Alberto Fernández y Carlos Tomada organizaron talleres de discusión política imitando asambleas estudiantiles con el propósito de juntar gente que hiciera campaña por la primera dama.

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El sector dominante fue el de Víctor Santa María, que quiere un lugar como diputado nacional. La explicación es sencilla: la Justicia no termina de cerrarle causas del Sindicato de Porteros, y Santa María necesita tener fueros para el período que viene.

El pico de lo desopilante ocurrió cuando Alberto y Santa María organizaron un debate sobre el discurso de Cristina Kirchner en la clausura del Congreso de Filosofía de San Juan.

El producto había sido una ensalada preparada por las expertas manos de José Nun sobre la base de refritos del diario «El País» para descalificar la idea del choque de civilizaciones de Samuel Huntington y (para amigarse con los árabes) y sustentar la de José Luis Rodríguez Zapatero, en el sentido de un « diálogo de las civilizaciones».

  • Caballito de batalla

  • Es una idea a la que nadie hace caso (atentos a las explosiones y masacres diarias en las pantallas de CNN), pero Cristina igual quiere usarla de caballito de batalla en todos los discursos que prepara para el viaje a Madrid a fin de mes, al que llaman en broma «el viaje del arco iris», por el que hizo Evita en 1947 para lanzar mundialmente su figura. Aquella vez salió mal, porque Evita no fue vicepresidenta del segundo mandato de Perón.

    Cristina y Néstor estuvieron en Puerto Madero también el sábado, inaugurando el tren del parque de diversiones que hizo traer Ricardo Jaime para correr entre la estación del Norte y la del Sur, que empalma con el tren en serio que va a Castelar. Le armaron a Cristina un acto sin público, pero con exceso de TV, con casi todo el gabinete y rodeados los Kirchner de nubes de guardaespaldas que impidieron que la gente o la prensa se acercasen. Lo mismo ocurrió con el gabinete, entre quienes se cruzaban miradas furibundas Julio De Vido y Felisa Miceli -especialmente-, que no se saludaron con gesto evidente para quienquiera que quisiera ver. La línea media del kirchnerismo no fue porque estaba en la reunión de Ciencias Exactas; o más preciso sería decir que no los dejaron ir, para que el acto tuviera prolijidad -sin bombos, sin público- y mostrase a los Kirchner sonriendo y saludando a la nada desde el andén de ese tren que recuerda al de la campaña de Perón que usó para sacarse la foto el grupo Mausoleo en San Vicente.

    Mauricio Macri, que había llegado el sábado de viaje, también evitó que fuera gente de PRO al acto, ni siquiera los legisladores que habían apoyado la instalación de ese tren (aunque con otra tecnología, la alemana, que regalaba el municipio de Stuttgart). Un grupo le hizo de espía desde una ventana de la UCA, que da a Puerto Madero, en cuya biblioteca varios legisladores macristas se habían reunido a preparar uno de los tantos proyectos de ley de la transición. Desde ahí recibieron una confirmación de la orden de no ir al acto y de desmovilizar a los adherentes que creían que podría ir Macri. Este no fue porque iba a estar Telerman, que compartió el palco con los Kirchner con la mirada baja. Nadie sabe a qué agravios se expone después de lo que dijeron de él los Kirchner en la campaña.

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