KO de Kirchner, una "boutade" boliviana
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Y, en rigor, lo que más debe preocupar no son las respuestas que se le dan a Washington sino la certeza de que Néstor Kirchner le preguntó hace poco a Eduardo Duhalde, como si no supiera las consecuencias, «¿qué te parece si vamos a un segundo default con los organismos internacionales?».
Ya Perón, guía luminoso de Kirchner, tuvo sus escarceos con los Estados Unidos. Hasta fue presidente por haberse servido de Braden como enemigo. Pero, quizás, algo nuevo aprendió y pactó con los contratos petroleros de la California. ¿Sabiduría o humillación?
Uno no conoce la lectura que el santacruceño ha realizado de ese episodio, tampoco sabe «aunque él debe realizar en el gabinete un concurso para encontrar a su ministro más apreciado» la opinión presidencial sobre las bromas que antaño el general le propinaba a uno de sus servidores más fieles, por decirlo de alguna manera.
Decían que le entusiasmaba al gobernador de Buenos Aires, Vicente Aloé, con la guerra contra EE.UU. hasta preguntarle, luego, con esa simpatía cazurra característica: «Bueno, pero ¿qué hacemos si ganamos?».
• Demagogia propia
No se trata hoy de una guerra, tal vez de una dura negociación. Ingenuo sería pensar que sólo se trata de dinero. Los reproches que llegan del Norte indican 60 días de conflicto por lo menos: el pago al FMI, la renegociación de la deuda con los acreedores privados, la situación de Bolivia (afirma que Evo Morales, al descubrir que no podrá llegar a la Presidencia por la vía electoral, hacia marzo iniciará un plan de desestabilización con posibles derivaciones en Perú y en el norte argentino), y la cuestión cubana.
Al gobierno republicano, al parecer, no le molesta el amor de la Casa Rosada por Fidel Castro ni los poemas que el canciller Rafael Bielsa le relata al jefe cubano en sus ratos de abulia, sino la falta de piedad o comprensión del gobierno argentino por sectores de la isla que también son cubanos (y a los que Bielsa no recibió). Es que Bush, como Kirchner con piqueteros y Luis D'Elía, no deja sus principios en las escalinatas de la Casa Blanca con Castro y, además, tiene su propia demagogia para hablarles a los hispanos parlantes, ya primera minoría electoral y con una creciente influencia en todos los distritos para su futura reelección (es notable como la mayoría de los canales de TV norteamericana compiten esta año en la inclusión de programas dirigidos a estas poblaciones).
Desde que viajó a Washington la última vez el clima allí se ha vuelto más frío. No sólo es un fenómeno estacional. También se ha extinguido la gracia concedida a un gobierno democrático al que se deseaba conocer, se hacen fuertes otros intereses (inversores indignados, hispanos como Noriega o el que hoy es embajador en Buenos Aires) y, sobre todo, se han despejado las nubes de inquietud que pesaban sobre Brasil.
La realidad es que ahora la Argentina, si va o no a un default o a otro conflicto de envergadura, su incidencia es casi nula en la región. Casi no tendría importancia, como no valía la pena invadir Bolivia para los ingleses, a pesar del desagradable trato que le brindaban a su embajador en el siglo XIX.




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