9 de enero 2004 - 00:00

KO de Kirchner, una "boutade" boliviana

Suele repetirse la historia del mandatario boliviano, nacionalista y desafiante, que un día enojado con el embajador de la Corona británica lo mandó a atar a un burro y lo hizo desfilar por la plaza principal, mientras el gentío lo abucheaba y, de tanto en tanto, lo aporreaba. Eran tiempos de la indestructible reina Victoria quien, al enterarse, ordenó organizar tropas y atacar Bolivia.

Consejeros sensatos le advirtieron de lo estúpido que significaba ocupar un país menor, atrasado, que no valía la pena gastar esfuerzos en esa tarea pues ni siquiera tenía mar. Aceptó a regañadientes la orgullosa dama y, como represalia, determinó simbólicamente que Bolivia fuera borrada de todos los mapas de la Corona.

Hay quienes, temerosos, han querido comparar ese exabrupto con la última boutade de Néstor Kirchner a propósito de G. Bush («le gano por knock out»). Son, claro, episodios diferentes en gravedad aunque más de alguno imagina un desenlace semejante: el comienzo de la Argentina ignorada, apartada del mundo, como en gran medida ha vivido Bolivia, y no sólo debido a que un atrevido presidente en determinado momento se le ocurrió zaherir y burlarse de una de las más grandes potencias.

• Certezas

Se puede vivir con lo nuestro, sin duda, pero también es cierto que hay una vida más prospera y desarrollada a la cual aspira la gente razonable. Uno, como ciudadano, puede hacer lo que quiere siempre que respete ciertas normas. Los hombres de Estado, en cambio, hacen lo que la sociedad necesita, lo que su país requiere como progreso.

No es una distinción minúscula, marca lo que es una carga o la vocación de servicio frente a las multitudes que descargan en otros sus responsabilidades. Por no haber tenido infancia, como algún personaje de Divito, o por narcisismo protagónico, la Argentina ha padecido una disrritmia cardíaca que la ubicó cíclicamente ante el colapso.

Y, en rigor, lo que más debe preocupar no son las respuestas que se le dan a Washington sino la certeza de que Néstor Kirchner le preguntó hace poco a Eduardo Duhalde, como si no supiera las consecuencias, «¿qué te parece si vamos a un segundo default con los organismos internacionales?».

Ya Perón, guía luminoso de Kirchner, tuvo sus escarceos con los Estados Unidos. Hasta fue presidente por haberse servido de Braden como enemigo. Pero, quizás, algo nuevo aprendió y pactó con los contratos petroleros de la California. ¿Sabiduría o humillación?

Uno no conoce la lectura que el santacruceño ha realizado de ese episodio, tampoco sabe «aunque él debe realizar en el gabinete un concurso para encontrar a su ministro más apreciado» la opinión presidencial sobre las bromas que antaño el general le propinaba a uno de sus servidores más fieles, por decirlo de alguna manera.

Decían que le entusiasmaba al gobernador de Buenos Aires, Vicente Aloé, con la guerra contra EE.UU. hasta preguntarle, luego, con esa simpatía cazurra característica: «Bueno, pero ¿qué hacemos si ganamos?».

• Demagogia propia

No se trata hoy de una guerra, tal vez de una dura negociación. Ingenuo sería pensar que sólo se trata de dinero. Los reproches que llegan del Norte indican 60 días de conflicto por lo menos: el pago al FMI, la renegociación de la deuda con los acreedores privados, la situación de Bolivia (afirma que Evo Morales, al descubrir que no podrá llegar a la Presidencia por la vía electoral, hacia marzo iniciará un plan de desestabilización con posibles derivaciones en Perú y en el norte argentino), y la cuestión cubana.

Al gobierno republicano, al parecer, no le molesta el amor de la Casa Rosada por Fidel Castro ni los poemas que el canciller Rafael Bielsa le relata al jefe cubano en sus ratos de abulia, sino la falta de piedad o comprensión del gobierno argentino por sectores de la isla que también son cubanos (y a los que Bielsa no recibió). Es que Bush, como Kirchner con piqueteros y Luis D'Elía, no deja sus principios en las escalinatas de la Casa Blanca con Castro y, además, tiene su propia demagogia para hablarles a los hispanos parlantes, ya primera minoría electoral y con una creciente influencia en todos los distritos para su futura reelección (es notable como la mayoría de los canales de TV norteamericana compiten esta año en la inclusión de programas dirigidos a estas poblaciones).

Desde que viajó a Washington la última vez el clima allí se ha vuelto más frío. No sólo es un fenómeno estacional. También se ha extinguido la gracia concedida a un gobierno democrático al que se deseaba conocer, se hacen fuertes otros intereses (inversores indignados, hispanos como Noriega o el que hoy es embajador en Buenos Aires) y, sobre todo, se han despejado las nubes de inquietud que pesaban sobre Brasil.

La realidad es que ahora la Argentina, si va o no a un default o a otro conflicto de envergadura, su incidencia es casi nula en la región. Casi no tendría importancia, como no valía la pena invadir Bolivia para los ingleses, a pesar del desagradable trato que le brindaban a su embajador en el siglo XIX.

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