¿Habrá llegado la hora de un cambio de Alianza? Es decir, de los miembros que constituyen la Alianza oficialista. ¿O acaso tiene sentido hablar de comunión entre UCR y Frepaso cuando ambos apuestan a proyectos distintos, mientras la realidad indica que disponen hoy de más espíritu asociativo el radicalismo gobernante y el peronismo opositor? Quizás porque unos se interesan en administrar y al todavía bisoño Frepaso le cuesta aceptar esa responsabilidad, como lo demostró la deserción de Carlos Chacho Alvarez.
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Radicales y justicialistas dirimen el control social (que supone dividendos políticos en el futuro), pero se entienden en lo económico.
Coinciden ante la eventualidad de una bancarrota, por primera vez aceptan congelar el déficit a futuro, pero discuten sobre el manejo de fondos de asistencia para reclutar votos el año próximo. No les gusta caminar sobre el abismo, por un lado, y quieren ventajas electorales, por el otro.
Una forma de mantener el empleo, condición inevitable de la política. La troupe frepasista, en cambio, supone que puede «vivir con lo nuestro» remedando la vieja consigna de los setenta, enfrentar a los mercados y a los bancos (el mal de la humanidad, para ellos), sin detenerse siquiera a imaginar lo que ocurriría en el país si a éste no le prestan más dinero. Prefieren suponer que el drama del default es una extorsión de la banca internacional (o local) para conseguir tasas de usura, una porfía entre gobierno y entidades financieras, ni sospechan el aluvión de quiebras o el ascenso brutal del desempleo si se corta el crédito (ni se han detenido a reparar que no sobrevive ninguna empresa privada con tasas de 25% como pagaron algunas de primer nivel la última semana). Hasta hay algunos que, tan imbuidos del espíritu de '70, consideran una gracia heroica lanzarse al abismo. De ahí que en las últimas horas fueran más precisas y realistas las condiciones que imponía el PJ -en las reuniones secretas, no en las declaraciones públicas-que las exigidas por el Frepaso como si este partido no perteneciera al actual gobierno. Se configuran como oposición reclamando partidas sociales sin explicar de dónde provendrían o cómo se financian. Aun así, reflexionaron y con prudente silencio -se demostró en la reunión de ayer en Olivos-salieron a avalar lo que decida Fernando de la Rúa. Triunfó el sector ubicado en cargos públicos y que no desea renunciar, también el que teme la explosión interna del partido, ya que Aníbal Ibarra no comparte las ideas de secesión, menos las revolucionarias del siglo pasado y se debate a cada hora para no ser tentado por las mieles del radicalismo.
O sea que el Frepaso vive la paradoja obligada de apartarse de la gestión por una cuestión de principios o seguir, como seguramente aconsejó Alvarez con la nariz tapada y desde el exilio palermitano, las instrucciones sugeridas por el Fondo en materia de gasto y que los bancos exigen para continuar suministrando créditos. Problemas de conciencia aparte, se dirá que se privilegia la «gobernabilidad», acompañando la ruta de los gobernadores peronistas ya encuadrados. Un destino que jamás soñaron: ser comparsas de Menem, Ruckauf, De la Sota y Reutemann.
Aun así, resignados y vaciados, los del Frepaso contemplan que su propia Alianza con el radicalismo sólo sirvió para ganar en los últimos comicios, pero que esa sociedad ha sido bastante inútil a la hora de gobernar. Para ese tipo de contingencia superior, la alianza que funciona es la otra, la que se consagra entre peronistas y radicales.
Finalmente, son esos dos partidos los que se necesitan para las grandes instancias, los que sobre el poder -además de conseguirlo en las urnas-entienden cómo mantenerlo (como el rápido acuerdo económico que ya pactaron) y tal vez incrementarlo (la discusión por el reparto de los fondos sociales). Unos, entonces, como Alvarez, saben cómo llegar. Otros, en cambio, como De la Rúa o los gobernadores del PJ, saben más sobre el modo de quedarse
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