Algunos que lo frecuentan dicen que está «consternado». Esa es la explicación de los amigos. Quienes vieron ayer a Raúl Alfonsín hablando en el Senado utilizaban otra expresión, más bien «desorientado», por servirse de una sutilidad y no incurrir en calificativos más penosos. Tan falto de rumbo parecía que hasta auspiciaba -cuestión que él no hizo desde el gobierno, aunque sí coqueteó con esa posibilidad- que Eduardo Duhalde repudiara al Fondo Monetario Internacional. Y el Presidente, quien alguna vez se enamoró de esas utopías, ya entendió que si quiere pertenecer a determinado club hay que pagar la cuota mensual. De ahí que anoche, en el Senado, se selló la ruptura entre Alfonsín y Duhalde, sociedad que le produjo un daño gigantesco al país y provenía del entramado distrital bonaerense. Fin de la cohabitación, si es que alguna vez este concepto figuró en la cabeza de los dos dirigentes.
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El Ejecutivo ya busca otros aliados, inclusive entre los radicales, pero Alfonsín es quien más parece a la deriva. No sólo porque tal vez tenga que enfrentar que sus fieles deban desalojar cargos públicos -que el mismo ex presidente reclamó para sí, en una actitud que hasta les sonaba bochornosa a los duhaldistas, gente que no se sonroja con nada-, sino debido a que la UCR no encuentra ubicación en el plano político. Se le va Duhalde hacia el centro (a la derecha, porque en el lenguaje de Alfonsín acordar con el FMI es distintivo subdesarrollado de esa inclinación) y ha perdido protagonismo en otra franja alternativa, ya copada por el huracán Elisa Carrió (porque se come todo), o Luis Zamora, o expresiones sociales como las de los piqueteros.
Hombre que, cada tanto, también lee encuestas, Alfonsín no encuentra un lugar: advierte que su corazón se mantiene solitario en la izquierda y no lo podrá cambiar, mientras la gente en su inmensa mayoría manifiesta sus prioridades por la desocupación, la inflación y la falta de seguridad, objetivos de un pensamiento de centro. Sin eco en cierta fracción -y además desprecio porque no consideran que su presencia ayude-, y alejado del criterio mayoritario de las preocupaciones, es claro que Alfonsín y sus adláteres bonaerenses llevaron a su partido a un punto de inmovilidad histórica, a la peor situación imaginada. De ahí su «consternación» para los íntimos, su «desorientación» para los ajenos. Se ha paralizado, tal vez para siempre, y esa contingencia quizá deba agradecerla el país.
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