Los radicales K, reunidos ayer en Bariloche (ver nota aparte), acaso se comprometieron con Néstor Kirchner más de lo que les aconsejaba la prudencia. Están, para citar un ejemplo que ilumine el caso, como Roberto Lavagna, quien a fuerza de confesiones de Raúl Alfonsín en las noches del Club del Progreso ya es candidato a presidente, sin que siquiera se sepa cuánto quedará del radicalismo una vez que se produzca la fuga hacia el gobierno.
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En el caso de los gobernadores e intendentes de la UCR oficialista, ayer debieron tomar nota de una información que apareció, anodina, en el monopolio «Clarín». Allí el sindicalista Luis Barrionuevo hizo declaraciones en un reportaje desopilante, como todos los que suele ofrecer.
Más allá de las incalculables « perlas» que prodigó el sindicalista, el mensaje principal de su aparición fue claro: «Espero que el Presidente apoye al peronismo. Sin su apoyo es muy difícil pero si Kirchner me apoya gano en Catamarca». Es lógico que lo más llamativo de esta manifestación sea el modo en que Barrionuevo le reclama, a través de los diarios, su apoyo a Kirchner, a cuya mujer mandó a vituperar durante la campaña de 2003 en esa provincia (en la nota admite que hubo «militantes que se extralimitaron y le tiraron huevos»). Sin embargo eso sólo ilustra las relaciones entre los Kirchner y Barrionuevo. Lo que su declaración contiene de carácter general es un planteo que corresponde a los peronistas de todos los distritos en los que la Casa Rosada «concertará» con la UCR: Kirchner debe definir si está dispuesto a llevar al PJ a la derrota en esas comarcas.
El caso de Barrionuevo en Catamarca es, dentro de esta lógica, sólo un ejemplo. Tal vez el menos relevante. Después de los huevazos extralimitados, tiene poco que pedirles a los Kirchner a cuyo círculo, reconoce sinceramente en el reportaje, no pertenece (aun así, hace otra confesión contundente: el bloque de 21 diputados en el que está alineado en el Congreso acompaña las políticas del gobierno como regla general y no «después de examinar cada caso», como solían decir los ex duhaldistas cuando formaron esa bancada).
Más dramática que la del gastronómico es la situación de Miguel Pichetto, el candidato a gobernador del Frente para la Victoria-PJ en Rio Negro. Pichetto tiene derecho a reclamar el apoyo de Kirchner mucho más que Barrionuevo: es el presidente del bloque de senadores del PJ en el Congreso nacional, encargado de que se cumpla la voluntad de los Kirchner al pie de la letra. Por decirlo metafóricamente, está en las antípodas de los huevazos. Sin embargo ayer debió observar con melancolía la forma en que los radicales aliados al gobierno elegían su provincia para mostrarse por segunda vez después del lanzamiento de Vicente López.
Con más derecho que Barrionuevo, Pichetto podría decir: «Si Kirchner me apoya, gano Río Negro». ¿Por qué no pensarlo, por qué no quererlo? El planteo, razonable, vale para cada uno de los líderes del PJ de las provincias o intendencias dominadas por la UCR que negocia con la Casa Rosada. Precisamente por ser tan razonable ese reclamo del peronismo a Kirchner es que mortifica a esos radicales aliados al gobierno: ¿terminará por sacrificar el gobierno a los representantes de su propio partido, muchos de ellos encumbrados en el escalafón oficialista? La pregunta es crucial. Sólo con la respuesta en la mano se puede pensar en una «concertación» de la UCR de gobernadores e intendentes con el PJ de Kirchner. De lo contrario, las tratativas pueden convertirse en una pesadilla. Es decir, estos radicales reunidos ayer en Bariloche podrían irse del partido. Por lo tanto, deberían enfrentar a sus correligionarios que permanecen en la UCR y armarán listas con la figura de Lavagna al tope de la lista (todos los votos que obtengan saldrán de la «cartera» del gobernador o intendente K). Si, además, el PJ postula a su propio candidato oficialista, es posible que la alianza de los radicales y el gobierno sólo sirva para que gane el peronismo. Sería una humillación para el radicalismo acuerdista. Es decir, las conversaciones actuales son tan avanzadas que obligan a pensar en que Kirchner se encargará de sacrificar, ofreciéndoles a cambio vaya a saberse qué cosa, a los candidatos de su propio partido. Por eso la súplica de ayer de Barrionuevo expresa, además, el primer síntoma de presión del PJ sobre un Kirchner que, en algunos casos, estaría dispuesto a entregarlo.
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