Elisa Carrió, ya desdibujada por cada declaración, ayer aseguraba que la performance del ARI había sido epopéyica. Porque no tenemos 100 años (alusión al gobierno), no tenemos plata ni aparato, no tenemos poder ni gobierno, dijo aproximadamente. Aun así, sin esos resortes, logró ubicar un senador entre 72.
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Para ella y sus adláteres fue un éxito a festejar. No reparó, ni ella ni sus seguidores, que su magra cosecha de votos en rigor fue lograda gracias a que no tiene aparato, no tiene poder ni gobierno y, además, a que su partido es nuevo (registra, eso sí, muchos antecedentes personales controvertibles).
Pero, quizás lo más grave, es que no advirtió la Carrió que la nueva segunda fuerza del país -el no voto o el voto rechazo-obtuvo una adhesión varias veces multiplicada a la del ARI, casi una militancia mágica, espontánea, anónima, sin plata ni aparato, sin poder ni gobierno, sin historia ni antecedentes, sin nombre ni delegados y, sobre todo, sin necesidad de contar con un líder o una jefa ni tampoco con una conducción mística, arrogante y maniquea.
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