Londres ofrece de nuevo repuestos a la Marina

Política

La polémica revelación histórica de la Guerra de las Malvinas publicada por Gran Bretaña sigue sorprendiendo a la Cancillería, que tiene en estudio un ejemplar. Ahora se conoce que el Ministerio de Defensa inglés evaluó vender un portaaviones y aeronaves Harrier meses antes de la recuperación de las islas. También estuvo en consideración el ofrecimiento de tanques y de bombarderos Vulcan. Lo más cercano a la realidad es que esas negociaciones fueron parte de las intrigas de inteligencia de ambos bandos para conocer las intenciones del otro. Quizá uno de los efectos políticos del libro histórico impulsado por el premier Tony Blair sea la sorpresiva información que recibió el almirante Jorge Godoy, quien asistió a los festejos del 200 aniversario de la batalla de Trafalgar. Voceros de la empresa Rolls Royce le comunicaron el levantamiento de la interdicción para adquirir repuestos para los buques de la Armada. Gran Bretaña tenía vedada la venta de material bélico o componentes de equipos militares a la Argentina como consecuencia de la Guerra de Malvinas. Un almirante en retiro confirmó que la Royal Navy tanteó a los mandos navales a fines de setiembre de 1981 sobre el interés en la adquisición del portaaviones HMS Hermes (la Fuerza Aérea sostuvo que fue averiado en el conflicto, pero Gran Bretaña nunca lo reconoció) en reemplazo del viejo ARA 25 de Mayo, que participó de la guerra y luego fue vendido como chatarra durante la gestión del fallecido almirante Carlos Marrón. Las conversaciones tuvieron lugar en el edificio Libertad, sede del comando de la Marina, que en ese entonces ejercía el almirante Jorge Isaac Anaya. Lawrence Freedman, autor del libro: «Official History of the Falklands Campaign», impulsado por el gobierno de Tony Blair, sostiene que la obra no persigue un juicio definitivo de si la guerra fue correcta o no. «Es la gente la que deberá sacar sus propias conclusiones», dice el investigador.

• Dualidad

Y en efecto, la primera que surge de esas revelaciones es la dualidad del manejo político interno británico. Una parte de la administración, el Foreign Office, respaldado por informaciones de inteligencia, ponía reparos al rearme argentino, temeroso de una invasión. Mientras que el departamento Ventas del Ministerio de Defensa del Reino Unido impulsaba las negociaciones.

Fuentes navales confirmaron que el discreto mensajero encargado de entusiasmar a los marinos criollos fue el capitán de navío inglés Julian James Mitchel
, agregado naval británico a la Embajada de Londres en Buenos Aires. Mitchel llegó al país en febrero de 1981 y, como todos los agregados navales del Reino Unido, tenía en el index de sus funciones detectar señales de apresto militar. Nada mejor que cebar a la presa para observar su reacción antes de darle caza. De las consultas se pasó a la acción: el entonces contraalmirante Walter Allara, destinado en Londres como agregado naval y jefe de la comisión de compras de material bélico en Europa, recibió la orden de visitar bases navales británicas. La sugerencia de Mitchel apuntaba a los aviones de despegue vertical Sea Harrier, pues con ellos vendría luego la compra de un portaaviones para su operación. Ahí entraría el Hermes o inclusive el Invencible. Los Harrier y ambos portaaviones fueron los pilares de la Task Force que envió Margaret Thatcher tras la invasión argentina. En apariencia, los marinos habían mordido el anzuelo. Lo que los británicos no sabían con certeza era que Allara, un hombre de la inteligencia naval, también hacía su juego con varios colaboradores. El periplo por bases inglesas rindió sus frutos: observaron el estado de los buques, el adiestramiento, la capacidad de las armas, el número de aeronaves, etc. Datos útiles para la planificación de la campaña militar que ya estaba en marcha. Algo que nunca se reveló es que la inteligencia naval, conducida por el almirante Morris Girling, de neta ascendencia sajona, había concluido que los británicos responderían a la ocupación con todo su potencial bélico.

La idea de vender armamento a la Argentina era una práctica común, sólo que en esa oportunidad había alertas de los servicios de inteligencia. La historia oficial de
Lawrence dice que mientras se llevaban a cabo las conversaciones por la venta de armas, el Comité Conjunto de Inteligencia británico había producido un asesoramiento acerca del peligro de acciones argentinas que detalla: interdicción o arresto de buques británicos, ocupación militar de islas inhabitadas, arresto de personal del Servicio Antártico inglés en Georgias, escalada militar de baja intensidad y operación a gran escala de invasión. preo

Cuando la planificación militar argentina finalizó sobre fines de 1981, tanto
Mitchel como el contraalmirante Allara retornaron a sus respectivos países, y el titular de la Marina, Anaya, designó al recién llegado Allara comandante de la Flota de Mar que condujo las operaciones navales en la guerra.

El Reino Unido ha sido un proveedor habitual de la Armada, dos destructores que aún están en servicio: Hércules y Santísima Trinidad, sin contar los helicópteros de ataque y antisubmarinos. Eso sí, desde la finalización del conflicto, el Foreign Office resolvió bloquear la transferencia de repuestos. El secretario de Asuntos Militares, Jaime Garreta, insistió en levantar la interdicción ante delegados del Ministerio de Defensa inglés en la última ronda de contacto para aumentar la confianza mutua que se llevó a cabo en el Edificio Libertador hace ya dos semanas.

Dejá tu comentario