Sorprendió ayer la facilidad con que grupos de manifestantes de variada belicosidad pudieron ingresar en dos edificios públicos y, prácticamente, a su antojo repudiaron a distintos funcionarios. Tanto en el Palacio de Tribunales como en la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, los protestantes tomaron el control de los edificios sin que las guardias montadas para impedir estos excesos pudieran evitarlo. Llamó la atención que, en el caso de la sede del Gobierno porteño, el propio titular, Aníbal Ibarra, estuviera almorzando nada menos que con el jefe de la Policía Federal cuando las huestes lideradas por el piquetero del Polo Social Luis D'Elía la tomaran para intentar reponer a un funcionario. En el caso de la Corte, es más grave porque -como si se estuviera cumpliendo una orden de no intervención- los agentes de la Policía Federal y de la Gendarmería ni siquiera reaccionaron cuando los caceroleros ya habían copado la sala de audiencias y obligaron a huir a los funcionarios nacionales encabezados por el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, y a los 7 jueces del máximo tribunal que mediaban en una audiencia de conciliación. Alarma porque estos hechos que afectan a la cúpula institucional del Estado se repiten con llamativa frecuencia al amparo del criterio del gobierno de persuadir y no reprimir cuando se violan instituciones públicas. La Justicia tampoco ayuda cuando castiga a quienes reprimen hechos como los de ayer.
Frente a la sorpresa de los funcionarios, jueces y empleados judiciales, los manifestantes avanzaron sobre la audiencia con variados epítetos que fueron subiendo de tono a medida que Los que podían razonar de alguna manera alcanzaron a explicar que
Los manifestantes descargaron luego su ira en otras instalaciones del Palacio de Justicia y completaron su cacerolazo en torno a las dependencias del Banco de la Ciudad de Buenos Aires que se encuentra en la planta baja para atender el cobro de la tasa de Justicia y otras exigencias del mecanismo judicial. En ese punto
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