28 de octubre 2002 - 00:00

No hay democracia sin participación

El justicialismo muestra un historial político sin precedentes de absoluto respeto por las manifestaciones de la voluntad popular. Su acceso al poder ha sido precedido siempre de ejemplos claros de esta expresión en su respaldo.

En 1946, el general Juan Perón se impone a una alianza que cubría un arco ideológico que abarcaba desde el comunismo hasta la extrema derecha.

En 1952, es reelecto por un nuevo período. En 1955, un golpe militar lo desaloja del gobierno, proscribiendo al justicialismo durante 18 años.

En 1973, Perón recupera el gobierno con más de 60% de los votos. En 1976, otro golpe de Estado vuelve a interrumpir la vida institucional del país.

En 1988, mediante elecciones internas directas -tomando a todo el país como distrito único-, me puse al frente del conjunto del peronismo.

En 1989, me hice cargo del gobierno, en medio de una situación de extrema emergencia. Y en 1995, fue reelecto por un segundo período, ampliando y perfeccionando la participación popular en los destinos del país.

Como vemos, el justicialismo siempre accedió al gobierno por medio de los votos y fue desalojado del mismo por vía de la fuerza.

En continuidad con estos ejemplos de plena participación, el 15 de diciembre próximo, más de tres millones y medio de afiliados justicialistas deben elegir su candidato para las elecciones presidenciales de marzo próximo. Un hecho trascendental en la vida política e institucional del peronismo y de la democracia.

Paradójicamente, quienes han solicitado reiteradamente que esto se produzca y han, además, expresado en varias oportunidades su convicción de que «la gente quiere votar» recurren una vez más a la Justicia para entrabar el proceso electoral. Como vemos, la vocación por esquivar la voluntad popular no es nueva. Pero, sinceramente, sorprende ver a eventuales candidatos surgidos de nuestras filas desconocer la naturaleza misma del justicialismo. Sorprende que dirigentes justicialistas, teniendo unos la posibilidad de competir y otros la responsabilidad de asegurar una amplia y libre participación, renuncien a hacerlo y se refugien en argucias de dudosa legalidad.

¿Por qué se intenta nuevamente bloquear el camino de la participación popular mediante artificios judiciales? Lamentablemente, esta vocación por proscribir a los justicialistas de la elección de su candidato a presidente sólo puede ser emparentada con la actitud de quienes piden que «se vayan todos», tratando, como en otras etapas de nuestra historia, de contribuir al vaciamiento de las instituciones democráticas, base para promover gobiernos ilegítimos, que como oportunamente vimos sumergieron a la Argentina en un caos y en un desorden que puso en peligro nuestro mismo destino nacional.

También hoy vivimos una situación de excepción y emergencia. Por ello, no es momento de poner nuestras instituciones al servicio de maniobras proscriptivas ni, mucho menos, al servicio del rencor, pues estoy convencido de que la Argentina sólo saldrá de esta crisis con un liderazgo que surja de la plena y clara participación popular.

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