23 de diciembre 2002 - 00:00

Papá Duhalde

Escuchar a Eduardo Duhalde, asistir a sus anécdotas y parábolas, resulta a veces una experiencia comparable a ver una vieja película de Luis Sandrini en el canal Volver. Un poco por la melancolía de barrio, otro poco por el remate moralizante de todos los relatos. Ayer les tocó a los comensales de Olivos. El Presidente juró otra vez que se irá el 25 de mayo y adujo cuestiones de amor filial para mantener su promesa. «Eramos jóvenes y papá había comprometido la venta de nuestra casa. Pero desde que se convino la operación hasta la firma hubo un par de días en los que el valor cayó estrepitosamente por una devaluación. Nosotros, los hermanos, hablamos con el señor de la inmobiliaria para decirle que desistiríamos de la venta y él, en principio, aceptó. Hasta que se enteró mi papá. Nos dijo de todo y después fue a la inmobiliaria para decir que vendería la casa en el precio acordado. Fue una lección sobre el valor de la palabra.» Casi se emociona el Presidente con el recuerdo, tan caro a él no sólo por la evocación de papá Duhalde sino, también, porque pinta desde temprano su vocación por el oficio de martillero, que ejerció hasta llegar a la Rosada. Sus seguidores quedaron emocionados, como explicó Raúl Alvarez Echagüe: «Conocíamos a la Nona y ahora apareció el Nono».

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