11 de abril 2006 - 00:00

Pesaj-Pascua: excusa para foto Telerman-Bergoglio

Jorge Bergoglio, cardenal primado de la Argentina; y Jorge Telerman, jefe del Gobiernoporteño, ayer en el tete a tete que mantuvieron ayer a solas en la sede del Gobierno de laCiudad de Buenos Aires.
Jorge Bergoglio, cardenal primado de la Argentina; y Jorge Telerman, jefe del Gobierno porteño, ayer en el tete a tete que mantuvieron ayer a solas en la sede del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Que el arzobispo de la Ciudad concurra a visitar al jefe de Gobierno no debería llamar demasiado la atención. Claro, si no fuera porque ese desplazamiento de apenas 20 metros desde la Curia metropolitana hasta el Palacio Municipal hace años, muchos, que no se realiza. Además de otros factores que vuelven tan peculiar la reunión de ayer entre el «intendente» (así le gusta que lo llamen) Jorge Telerman y el cardenal Jorge Bergoglio. Por ejemplo, la inminencia del Pesaj y de la Pascua cristiana, celebraciones que no resultan indiferentes para un purpurado ecuménico como Bergoglio y tampoco para un religioso ferviente como el alcalde.

¿Habrá que hurgar en otros motivos que justifiquen más aún el encuentro de ayer? Tal vez sí: el prelado puede haber sentido en Telerman una calidez que no le prodigan tan abiertamente en otras sedes. A él y a su anfitrión: ¿o no son ambos víctimas del mismo desdén? Por otra parte, aunque para el nuevo jefe de Gobierno porteño el acceso al poder fue el desenlace no querido de una tragedia, el cardenal ayudó mucho a provocar ese ascenso. En su momento, cuando los familiares de las víctimas de Cromañón lo visitaron para quejarse de lo que consideraban cierta insensibilidad de Aníbal Ibarra, Bergoglio prometió una señal pública en su favor. Envió la más clara que podía emitir un jesuita: «Estamos en una ciudad que no llora», indicó en una homilía. Sus intérpretes, en las crónicas, señalaron al antecesor de Telerman: Ibarra, tocado.

Ayer seguramente no se habló de estos avatares. Tampoco de la trama de poder que se ha tejido en la Argentina en los últimos años y de la que ambos contertulios se sienten pasablemente marginados. Al menos es lo que se divulgó de la entrevista desde los despachos de ambos interlocutores. Habrá que creer. Hombres tan píos no mienten ni ocultan. Por lo tanto, el encuentro sirvió sólo para un saludo, los deseos de una gestión que satisfaga el bien común por parte de Bergoglio, comentarios sobre la situación social (Telerman viene de ocupar la cartera específica) y alguna otra preocupación trascendente. ¿Se habrá sincerado el cardenal y habrá revelado que el canal que venía utilizando Telerman para llegar hasta él no era el más adecuado? ¿Habrá escrito el alcalde el nombre del padre Juan Torrella, vicario educativo de la arquidiócesis, para mantener un vínculo más seguro y transparente? Seguramente no hizo falta: los mensajes que salían desde la Curia en ese sentido ya habían llegado antes de la entrevista.

Para el código de la vida pública actual y, sobre todo, para las leyes de la casa, Telerman consiguió lo máximo que podría esperar de Bergoglio: la foto. Fue sobria, apenas una imagen, ambos de negro (el blanco ya fue dedicado a Beatriz de Holanda), tomando un café. Si se promedian las propensiones exhibicionistas del dueño de casa con las fobias del cardenal, es más de lo que cabía esperar.

  • Bálsamo

  • En el trajín de la instalación en el poder, aquejado todavía por los resabios de una enfermedad -seguramente psicosomática para alguien que circula por Villa Freud, como confesó el propio alcalde-, harto de poner la otra mejilla frente al desdén presidencial, debe haber sido un bálsamo la visita de Bergoglio aún para alguien que no profesa la religión católica (Telerman es, para el cardenal, un hermano mayor en la fe, por decirlo con palabras de Juan Pablo II). Por eso pasa a un segundo plano ahora el cortocircuito que se desató con Santiago de Estrada, una especie de obispo laico que preside la Legislatura. Cuestiones menores para gente acostumbrada a mirar la realidad «sub specie eternitatis»: un cargo para Estrada en la administración de la relación con los jubilados. Nadie sabe si Telerman se olvidó de lo prometido o si revaluó las jerarquías de los pretendientes. Lo cierto es que el lugar para Estrada terminó ocupándolo un hombre de Enrique «Coti» Nosiglia, quien no será obispo pero sí jesuita.

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