21 de septiembre 2001 - 00:00

Poder nuclear equivale a 1.250.000 bombas atómicas

Sólo 8 países en el mundo almacenan en la actualidad cerca de 15.000 megatones de átomos modificados (o 1.250.000 bombas como las de Hiroshima o Nagasaki), suficiente material como para acabar completamente con la raza humana.

Existen 438 centrales nucleares o depósitos de estas armas, de las cuales 110 pertenecen a Estados Unidos; y las demás, a Rusia Francia, Inglaterra, China, Pakistán, Israel y Sudáfrica.

Otros países o particulares, que no cuentan con los científicos, las sofisticadas instalaciones o, simplemente, que no tienen autorización para fabricar material atómico, compran a «traficantes de armamento nuclear» bombas de distinto poder y alcance, las que, en ciertos casos, usan en combinación con explosivos convencionales.

El contrabando, de esta manera, se convierte en una grave paradoja para quienes creyeron controlar en algún momento la actividad nuclear: no se sabe quiénes tienen en su poder instrumentos atómicos ni para qué los almacenan.

Después de los atentados perpetrados contra Estados Unidos el martes 11, la discusión de los expertos en seguridad no dejó de centrarse inmediatamente sobre las posibilidades de una guerra bacteriológica o química, o en el peor de los casos, una guerra nuclear.

El especialista de la ONU y presidente del Observatorio Internacional del Terrorismo, Roland Jacquard, indicó que es factible que el principal sospechoso de los atentados perpetrados en Estados Unidos, Osama bin Laden, tenga en sus manos armas atómicas.

En abril de 2000, los servicios de seguridad Uzbejistán descubrieron en la frontera con Kirghijistán un camión con material de fisión nuclear «dirigido, con toda seguridad, a Pakistán o a Osama bin Laden». Un traficante de armas ucraniano, Antonov Botov en código, ex oficial del Ejército Rojo, tuvo varios contactos con emisarios de Bin Laden interesados en material nuclear sofisticado.

En efecto, como explicó Juan Pablo Paz, director del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA en diálogo con
Ambito Financiero, «es ridículo pensar que un país como Afganistán pueda fabricar bombas nucleares, pero es posible que las hayan obtenido del tráfico nuclear».

En cuanto al bioterrorismo, como se reconoció desde el propio gobierno americano, un ataque de este tipo podría causar muchas más víctimas que las más de 6.000 que murieron con el derrumbe del World Trade Center, porque EE.UU. «está desprotegido» de varias plagas, entre ellas, la peste bubónica, el antrax, la tularemia, el botulismo, pero, por sobre todo, la viruela (erradicada desde 1980, y frente a la cual la población sería muy susceptible). El bioterrorismo, llamado también «la bomba nuclear de los pobres», tiene la particularidad de propagarse con rapidez a través del contacto interhumano, tan devastador como la onda expansiva que genera la detonación de material atómico.

Protección

Sin embargo, la capacidad de prevenir algunas de las enfermedades causadas por un eventual ataque bacteriológico (como las vacunas o distintas medidas de higiene y prevención) hace menos letal el poder químico frente al nuclear.

Es que la única forma que tienen los países del primer mundo de protegerse contra un ataque de esta naturaleza ocurre en el caso de que la carga atómica sea transportada en una ojiva nuclear -es decir, en una cavidad dentro de un misil-, ya que es posible detectarla vía satélite o mediante un sistema antimisil.

Lamentablemente, «una vez detonada un arma nuclear no hay forma de parar la onda expansiva; es como si se pensara que es posible detener una explosión», afirmó Paz.

La bomba termonuclear (de 12 kilotones de átomos modificados, equivalentes a 1.000 toneladas de TNT), que mató a 150.000 personas en Hiroshima, tenía una construcción muy rústica en comparación con las de última generación.

«Las primeras bombas nucleares tenían un poder desmedido», explicó Paz. Los avances científicos lograron que las fuerzas desatadas por una explosión nuclear puedan medirse y hasta combinarse con explosivos tradicionales y así abarcar targets de espectro menor.

Hoy, una bomba termonuclear es considerada como una bomba «pequeña» en comparación con las estándar, que son las de 1.000 kilotones o 1 megatón. Por caso, un moderno submarino norteamericano Trident posee un poder destructivo equivalente 25 veces a la suma de armamentos utilizados en toda la Segunda Guerra Mundial.

La onda expansiva imparable que surge de una bomba nuclear de un solo megatón destruiría a todo ser humano que se encontrase al aire libre en un radio de 15 kilómetros a la redonda. Una bomba de 20 megatones no dejaría más que escombros a 20 kilómetros, produciría una intensa luz durante 20 segundos, un cráter de 183 metros de profundidad; todo se fundiría de radiactividad, y causaría quemaduras de segundo grado a personas a 50 kilómetros de distancia.

Suponiendo ahora que todos los países que legalmente e ilegalmente tienen armas nucleares decidieran detonar los 15.000 megatones de átomos modificados como respuesta a distintos ataques sucesivos, la radiactividad liberada penetraría en todos los seres vivos y en el medio ambiente, provocando muertes masivas o mutaciones; la atmósfera se afectaría durante años ocultando al sol y habría una lluvia radiactiva constante, entre otros fatales fenómenos.

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