Hay un detalle singular en el decreto presidencial que autoriza el viaje de Cristina de Kirchner con dos asistentes y viáticos para hoteles de dos mil dólares. Es que califica a la señora como «primera dama», título que ella antes aborrecía con razón: es una rareza de status, no existe legalmente y viene a ser como un invento periodístico, tipo «primer trabajador», «abanderada de los humildes» o «novia de América». Se olvidaron, quizás, que la viajera es senadora de la Nación. Otros olvidos o improvisaciones pertenecen sólo a «Eriquito», el embajador, poco ducho -al menos frente a antecesores como Archibaldo Lanús o Carlos Ortiz de Rozas- y con incompetencias que obligaron al viaje anticipado del propio canciller para que el estacionamiento parisino de la esposa presidencial no resultara visto, por la oposición, como la simple entrega de un boleto para ver el equipo de Basile.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario