10 de noviembre 2005 - 00:00

Proxenetismo político: Borocotó se volvió "K"

El pase del año. Kirchner y Alberto Fernández recibieron al diputado nacional electo porel macrismo, Eduardo Lorenzo Borocotó, quien ahora militará en el oficialismo. Lo acompañósu hijo.
El pase del año. Kirchner y Alberto Fernández recibieron al diputado nacional electo por el macrismo, Eduardo Lorenzo Borocotó, quien ahora militará en el oficialismo. Lo acompañó su hijo.
Sería una delicia ciudadana poder escuchar la opinión crítica de la senadora Cristina de Kirchner sobre el pase del año, el salto repentino y sospechoso de Borocotó al oficialismo. Pero, claro, sobre ese tema no puede hablar: implica el corazón de su marido, un operativo de tentación -por lo menos- tan poco escrupuloso que ni siquiera lo oculta el silencio.

Parte de la vida política, de la nueva y de la vieja, proxenetismo del siglo XXI, tan capciosa como la Banelco de la ley laboral u otros antecedentes poco recomendables, la necesidad de conseguir votos para salvar a un socio tambaleante al frente de la Ciudad como Aníbal Ibarra.

Esta compra, futbolísticamente hablando, de Eduardo Lorenzo Borocotó por parte de un millonario club santacruceño, con premio en la Cámara de Diputados y un conchabo para su propio hijo en un ministerio, no podía sorprender. Debido, por un lado, a la naturaleza del médico legislador que hace unos meses jugueteaba entre convertirse en tentáculo bonaerense de Eduardo Duhalde (a quien solía atenderlo profesionalmente, más que su ex amigo José Pampuro) o, como finalmente ocurrió, en tercer asistente de Mauricio Macri en la lista de diputados. Hombre volátil, versátil, para decirlo de algún modo, quien con más pena que gloria hoy parece enterrar unos cuantos años de cierto prestigio político.

Por otro lado era esperable el operativo canje: a Macri, este gobierno puede ufanarse de arrebatarle laderos con una paciencia y facilidad asombrosas. Ya en 2003 se lo llevó a Jorge Argüello, el primer pichón de Borocotó, quien había sido cabeza de lista con el ingeniero boquense. Un año más tarde, como no le alcanzaba con esa deserción, capturaban a otro referente precioso de Macri: su jefe de campaña, quizás su mayor asesor político entonces, Pablo Schiavi. Lo que revela un talento especial del líder de PRO para dejar escapar personajes afines e íntimos, casi un síndrome a esta altura, y al mismo tiempo la desprejuiciada cosechadora oficialista para recoger cuanta veleta anda suelta en el aire partidista. Más allá de las efectividades conducentes, como diría Yrigoyen, que suelen acompañar todos estos operativos.

• Descomposición

Hay quienes observarán, en el pase del médico comentarista, otros factores de unión. ¿Acaso Borocotó como Argüello no fueron restos arqueológicos del armado de Domingo Cavallo en la Capital, hoy desintegrado, discípulos entonces del escudero del ex ministro, el hoy jefe de Gabinete, Alberto Fernández? Los cuatro, de un modo u otro, también respondían a la estructura de Eduardo Duhalde, y lo que hoy debe anotarse en el registro de incorporaciones oficialistas responde más a la descomposición final del aparato bonaerense en el distrito porteño que a la captación intelectual de Néstor Kirchner. Aunque, claro, el irrespirable mundo de reparto de subsidios y cajas que imperó en la etapa previa a últimas elecciones parece que conserva todavía su vigencia con un único fin: conseguir dóciles adherentes para una misma causa.

La ubicuidad de Borocotó es de protocolo (para no alejarse del léxico medicinal): se subió a la política con Cavallo en la elección de 2000, cuando ganó su primera banca como legislador porteño en la lista que encabezó el actual jefe de Gabinete y que integraron, entre otros, la actriz Elena Cruz. Venía entonces de una breve aparición como precandidato a vicegobernador de Luis Patti en la provincia de Buenos Aires, al que abandonó por orden -y otras seducciones- de Eduardo Duhalde, quien le incluyó luego en el proyecto Cavallo-Béliz-Fernández.

Fue quinto legislador de esa lista, perdidosa contra la lista aliancista que encabezó Enrique Olivera hace 5 años, para renovar en 2003 colgado de Santiago de Estrada en la formación de Macri, vencedor de las legislativas de ese año y de la primera vuelta para jefe de gobierno. En esa ocasión, también aceptó los consejos de Duhalde -quien le había recomendado lo mismo al luego migrante trasvasado de Argüello-, a quien se supone ahora no consultó. Sí habló, claro, con Alberto Fernández, presunto aspirador de Borocotó para impedir mañana que lo destruyan en la Legislatura a Ibarra, un protegido del jefe de Gabinete. En verdad, ese diálogo había empezado antes, cuando Borocotó casi se anota en el kirchnerismo por su buena performance en las encuestas, proyecto que se frustró cuando descubrieron una columna que el legislador comprado, vendido o trasladado voluntariamente había escrito en este diario en 1998: en esa nota, Borocotó reflotaba teorías lombrosianas sobre los delincuentes y, por supuesto, esa reflexión no encajaba con el garantismo que exhibían los kirchneristas.

Los que quieren a Borocotó aseguran que el médico ya masticaba esta decisión desde antes de las elecciones, sobre todo porque el entorno de Macri lo desairaba en los actos y le negaba protagonismo.

Hasta por razones de edad justifican su salto basado en cierto resentimiento (de esas desventuras bien podría dar datos el sindicalista diputado de Macri, Daniel Amoroso, uno de sus confidentes). Quienes rodean al jefe de PRO, en cambio, se quejaban de que Borocotó poco aportaba, salvo la vocación mediática de salir en todas las fotografías. Tensa relación entonces, aunque ambos estuvieron en la campaña, hicieron promesas y propuestas a la gente. Una defraudación más, al menos para quienes lo votaron, a pesar de que él -como dijo en el último programa de Mariano Grondona- sostuvo que Macri lo había convocado a su lista sin preguntarle el pensamiento. En rigor, lo que hoy cree el desairado Macri es que debía haberle preguntado por su conducta. Tarde, como con Argüello, como con Schiavi.

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