21 de diciembre 2001 - 00:00

Puerta se enteró antes que todos

• «Si ustedes me dicen que no, ya no voy a tener nada que hacer acá.» Esta frase se la dijo Fernando de la Rúa pocos instantes después de haber hablado ayer al país a su virtual vicepresidente, Ramón Puerta. Eran las 17.00 y fue el primer adelanto de renuncia que salió de la boca del Presidente. El senador misionero estaba en el estribo del avión para viajar rumbo a Merlo, San Luis, donde lo esperaba la cumbre peronista del No.

Antes de cortar la línea, habló Puerta otra vez con Chrystian Colombo, que se despidió de él como quien se desangra. El ánimo de Puerta no era el mejor: así no asumo, deslizó mirando de rabo de ojo a un costado hacia la pantalla que se regodeaba mostrando los saqueos en Plaza de Mayo.

• Anoche, mientras escuchaba los discursos de sus colegas gobernadores en Merlo, San Luis, asumía ya tareas de gobernante. Se comunicó con Ramón Mestre, a quien reclamó, en su rol de ministro del Interior en ejercicio, por los saqueos que seguían hasta esta madrugada en algunos barrios porteños. «La jueza Servini nos paró la represión», se quejó el ministro, aludiendo a la presencia de María Servini de Cubría intentando corregir lo que consideraba excesos de la Policía en la prevención de la violencia en Plaza de Mayo.

• Apenas bajó del avión que lo trasladó a San Luis, Puerta tomó conocimiento de la renuncia de De la Rúa, que había ocurrido mientras volaba. Tomó de nuevo el teléfono y le pidió a Chrystian Colombo -un viejo amigo- que siga acompañándolo como jefe de Gabinete en estas horas de la transición. Lo rodeaba una multitud de viejos y nuevos amigos que se sumaron a la cumbre de gobernadores, a la que no le hicieron asco hombres del periodismo y el espectáculo como Antonio Carrizo y Moisés Ikonicoff.

Puerta supo desde el mediodía que el peronismo había quedado capturado por los halcones que jugaron a fondo al despido del Presidente, cuando José Luis Gioja y Humberto Roggero le rechazaron cualquier forma de cogobierno a los emisarios Horacio Pernasetti y Carlos Maestro.

Eso no lo conoció pronto De la Rúa pero igual sometió al grupo de sus íntimos a una larga amansadora en su despacho. Nicolás Gallo, Ricardo Ostuni, Héctor Rodríguez, Adalberto Rodríguez Giavarini, Colombo y Leonardo Aiello, entre otros, padecieron el monólogo deprimido del Presidente pidiendo que le permitiesen hablar al país para pedir en público lo que ya le habían negado en privado los peronistas. «Si me voy, que sea culpa de ellos», dijo solitario el Presidente en tono que preocupó a varios de los presentes por su integridad física.


• Nadie se animó a explicarle a De la Rúa que ese debate quedará para los libros de historia, que serán inmisericordes con este hombre que disipó en dos años un capital político envidiable nada más que por jugarlo todo a la supervivencia individual por encima de cualquier otro valor. Quienes mejor lo conocen no se extrañaron con este último gesto de intentar culpar de su renuncia a sus adversarios por afuera de toda lógica y buscando explotar en su beneficio la oportunidad. Su vida personal y política es un monumento al solipsismo y su gobierno se derrumba con un récord poco edificante: los funcionarios asumieron como una orden nunca salir a defender ni a sus colegas, a su gobierno o al propio presidente en funciones.

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