1 de junio 2006 - 00:00

¿Radicales K escaparon de otro pacto de Olivos?

Federico Storani -un experto en supervivencia política al que se le conocen pocos triunfos- se agarró ayer de la tea de Roberto Lavagna como el mejor candidato a presidente que puede presentar el año que viene la Unión Cívica Radical. «Es el que mejor cuadra, es el candidato ideal», se derramó ayer por radio «América». Contertulio de Raúl Alfonsín, principal promotor de ese ticket entre los radicales, buscó tomar distancia de sus correligionarios provinciales -intendentes, gobernadores- que albergan ya en los pasillos de la Casa de Gobierno, felices de haberse adelantado a cualquier acuerdo similar que podrían cerrar los caciques nacionales del partido.

Gustavo Posse, el más rápido de estos radicales en tránsito, explicó bien esa táctica del grupo de radicales K que renuevan, sesenta años después, la misma postura que la UCR-Junta Renovadora, cuando pactó con Juan Perón y le puso el vicepresidente de sus dos mandatos, Jazmín Hortensio Quijano, que murió en el sillón del Senado con honores de radicaloficialista en-un-gobierno peronista. (Lo habían reelegido en 1952 pero no llegó a iniciar el segundo mandato.) «La dirigencia del radicalismo -dijo ayer a una radio- hubiese podido hacer una negociación directa con Kirchner; esto sería un pacto que hubiese obtenido aprobación en la Convención, y todos tendríamos que estar de acuerdo.» Dijo que eso ocurrió en el Pacto de Olivos entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín, que se cerró a solas y en secreto en 1993 y recién lo discutió el partido cuando se hizo público. Es cierto, la dirigencia media de la UCR, antes de aquel pacto, tanteaba algún acercamiento al gobierno Menem al sentirse quebrados por las presiones del oficialismo en favor de la reelección presidencial.

En las horas previas al Pacto de Olivos y poco después de las elecciones legislativas del 3 de octubre de aquel año, sectores del storanismo conversaban con el oficialismo sobre algún acuerdo. El gobernador Horacio Massaccesi había lanzado un plebiscito en Río Negro preguntando sobre la reelección presidencial. Raúl Baglini, jefe del bloque de diputados, se confesaba ante Alfonsín -que manejaba el partido desde su casa por intermedio de Mario Losada impotente de refrenar los deseos acuerdistas de sus legisladores. Los había encerrado en el Congreso atados al mástil de Ulises para no dispararse hacia los cenáculos menemistas que ofrecían todo por la reelección.

Alfonsín llevó a todos los caciques de la UCR a la reunión más importante de aquellos años y aún espera un cronista puntual. Fue la noche del 13 de octubre en una quinta de Ranelagh y asistieron las estrellas del partido. Alfonsín escuchó un lagrimoso diagnóstico del resultado electoral, las metáforas acuerdistas de Storani, el silencio de Fernando de la Rúa y las quejas de Baglini sobre las dificultades de sostener entre los diputados las banderas antirreelección.

  • Condicionamiento

  • Alfonsín remató la noche con un discurso que nadie nunca olvidó: bramó contra la reelección y cerró todos los atajos posibles hacia esa concesión hacia el menemismo a quien ya le atribuía instaurar en el país -decía- la corrupción y el modelo neoliberal. Sobre el final, ahuecando la voz, habló con entrelíneas: «No a la reelección, no a reformar la Constitución. Salvo... salvo... que admitieran un tercer senador, la elección del intendente de Capital, el ballottage, el Consejo de la Magistratura, etc. Pero como nunca van a aceptar esto, no a cualquier pacto, y el que pacta es un traidor».

    El 4 de noviembre de ese año, Menem se reunió con Alfonsín y acordaron la reforma constitucional. Los sectores que más habían promovido algún acercamiento con el menemismo -especialmente Storani y algunos satélites como Leopoldo Moreau- rechazaron la movida, se dijeron traicionados por Alfonsín en los mismos términos como hoy un Posse que se creería defraudado si de nuevo Alfonsín recibiera un llamado de Kirchner para sentarse a hablar del futuro común.

    A los íntimos, Alfonsín les admitió que sabía de los movimientos del sector acuerdista y que él se les adelantó con la reunión que promovió en la casa de Dante Caputo y cuyos detalles reveló como primicia este diario pocas horas después. En público dijo que él en el discurso de Ranelagh les había avisado que iba a acordar y les había dicho a sus correligionarios cuáles eran las condiciones del acuerdo. «Es que no se dieron cuenta de lo que yo estaba hablando; estaban pensando en otra cosa», rió en alguna sobremesa al contar aquella epopeya.

    Este episodio y sus antecedentes quedaron marcados a fuego en la piel de los radicales. Cuando ahora Posse dice que la transparencia es ir a hablar con el gobierno de Kirchner y convenir una coalición política hacia futuro y no confiar el destino del partido a un acuerdo de cúpulas, se está cubriendo de lo que cree podrían estar haciendo en favor de un acuerdo similar en la conducción nacional del partido.

    ¿Quién asegura que Lavagna, promovido por Alfonsín y ahora por Storani como candidato de los radicales, vaya a serlo por la oposición? Es dudoso que Lavagna inicie a su edad y en su condición -un funcionario retirado- una carrera política. Es más dudoso aún que lo haga oponiéndose al gobierno del cual formó parte desde su inicio y del cual se fue con leyenda de eficaz.

    ¿Y si estos movimiento alfonsinistas pro Lavagna terminan abriendo una nueva ventanilla de la coalición del kirchnerismo con los radicales, ahora de la mano de Lavagna? Posse y los suyos han querido picar en punta, evitar la traición de las cúpulas de 1993, dejarlas con las sobras de un acuerdo que les ayuda a gobernar con un gobierno que pisa todas las cajas y reparte con las cartas marcadas.

    Esta prevención la tiene dentro del partido el jefe formal, Roberto Iglesias, que además está enfrentado a muerte con su sucesor en la gobernación de Mendoza, Julio Cobos. Ayer reclamó en público que estos radicales K se vayan del partido. Lo mortifica a Cobos porque éste necesita buenas relaciones con el gobierno nacional, pero destaca cómo lo desaira el Presidente cuando le demora firmas de acuerdos en castigo por el voto negativo de la UCR a la reforma del Consejo de la Magistratura. Del mismo modo, las dos peregrinaciones de Cobos al despacho presidencial en la última semana fueron para explicar por qué uno de los diputados radicales que deberían responderle no votó por la expulsión de Luis Patti del Congreso.

    De afuera del partido, Ricardo López Murphy ve más claro esta pulseada y dice no caberle duda alguna de que Lavagna es, hasta nuevo aviso, un hombre del oficialismo.

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