6 de junio 2001 - 00:00

Radicales miden a Carrió como ariete contra Ibarra

El domingo por la tarde, Raúl Alfonsín inició una gestión discreta para convencer a Elisa Carrió de que acepte la candidatura a senadora del oficialismo por la Capital Federal. Por otra vía y acaso con otras intenciones últimas, también Fernando de la Rúa y algunos de sus principales colaboradores comenzaron a ver a la diputada chaqueña como «un buen producto» para ofrecer a los porteños. Hasta ella misma comenzó a pensar en revisar un viejo juramento: cuando este diario publicó que podría competir con los colores del Polo Social, ella desmintió la información diciendo que no podía «ser infiel a los pobrecitos del Chaco que me pusieron en el Congreso para representarlos hasta 2003».

Entre las fantasías de De la Rúa y Alfonsín y las ambivalencias de «Lilita», la política porteña, sobre todo la de la Alianza, se agitó sobremanera. El ex presidente envió el domingo por la tarde a uno de sus más íntimos y discretos colaboradores para que sondeara a la legisladora. Al cabo del encuentro recibió este mensaje: «Para ser candidata tengo que agotar la investigación del lavado» (vulgo: de «las cajas»).

Entusiastas

En la casa del Presidente hubo más de un entusiasta. Allí la candidatura de Carrió subió sus acciones al ritmo de otra pasión: la irritación que provoca Aníbal Ibarra. Como es sabido, el jefe de Gobierno ha producido cambios en su equipo que afectaron la intimidad del delarruismo: a la sangría que ya produjo (Marilú Estevarena, Pablo Fazio, Edgardo Trivisono, etc.) se le sumaron en las últimas horas las degradaciones del director de cementerios, Jorge Humberto Costamagna, y el director de inmuebles de la Municipalidad, Pablo de Sorzi, y el reemplazo del «pertinetista» Martín Pourrain por el «guelarista» Pablo Batalla como director general del Colón.

Estas purgas y la agitación de algunas causas judiciales que apuntarían contra ex funcionarios de la Ciudad crearon en la cercanía del Presidente la sensación de que existe un ataque directo de Ibarra al delarruismo. Algunos funcionarios, como Cecilia Felgueras, echan ácido en esa herida, acaso por el despecho de haber perdido toda ingerencia en los asuntos del gobierno metropolitano (Ibarra ya no la tiene en cuenta ni para la «photo-oportunity» que periódicamente divulga en el monopolio «Clarín»).

Del magma de malos sentimientos que inspiran estas decisiones del alcalde en el delarruismo íntimo emerge, más enérgica que nunca, la figura de Carrió. En la quinta presidencial se la supone la espada ideal para castigar a Ibarra y, a la vez, reivindicar las posibilidades de la Alianza. De la Rúa y algunos de sus principales colaboradores apuestan a la antipatía que la chaqueña ha tenido siempre hacia el Frepaso ya desde los tiempos en que discutía con sus convencionales en la Constituyente de Santa Fe. Sólo Carlos Chacho Alvarez confundió este cuadro al declararla su heredera, antes de entregarse ante su misteriosa entropía. El diagrama que circula por la Casa Rosada consigna una fórmula de «Lilita» con Alfredo Bravo, capaz de reconstituir la Alianza pero en una variante anti-ibarrista. Es sabido que el intendente auspicia a Norberto La Porta y no a Bravo como representante del socialismo.

Inesperadamente, De la Rúa coincide con Alfonsín en este punto. Para el ex mandatario la participación de Carrió en la campaña porteña tendría un efecto sobre su propia carrera, bastante accidentada, en la provincia de Buenos Aires. Si la estrella de la legisladora se mantiene alta, podría reflejar su luz sobre el Gran Buenos Aires y, de ese modo, favorecer a «don Raúl». Además, el jefe radical fortalecería su hipótesis principal: la Alianza debe preservarse como coalición de centroizquierda cualquiera sea el derrotero que siga el gobierno nacional. Claro, no hay que esperar que Alfonsín acompañe alguna iniciativa agresiva hacia Ibarra. El se considera socio del alcalde en sus últimos movimientos o, por lo menos, no se siente su víctima desde que el frepasista le entregó el manejo de la salud porteña a Aldo Neri.

Estas estrategias todavía deben pasar una prueba de fuego. Se trata, nada menos, de que Carrió decida ser candidata radical. Sus íntimos aseguran que no lo hará y dicen más: que ella ya se lo hizo conocer a algunos dirigentes cercanos al gobierno. Esta disidencia de la diputada con la estructura partidaria opera constantemente en su conducta pero se puede volver decisiva si, como todo indica, Alfonsín impulsa al gobernador Angel Rozas como su sucesor en la jefatura del Comité Nacional. «Yo no puedo representar a un partido presidido por Rozas con quien tengo diferencias personales», le atribuyen haber dicho a la codiciada legisladora. Esta perspectiva complica al ex mandatario y también al gobierno. Obviamente, si Carrió concurre a las urnas por afuera del redil sólo hará daño: la Alianza clásica radical-frepasista corre el riesgo de perder las elecciones. El otro límite que tiene toda la estrategia es, finalmente, la lógica incertidumbre que gobierna a la propia legisladora. Por un lado, sabe que cambiar de distrito para ganar una elección no es el movimiento que más le conviene (teme, con razón, que la comparen con aquel Erman González de 1993, transferido desde La Rioja, aunque exitoso). Pero, además, duda pensando si será este su año, cuando las dichosas cajas ofrecen hasta ahora tan poco. Tampoco se le escapa a Carrió el costo que puede significar para su carrera acompañar al gobierno de De la Rúa. Cuando también enfrentarlo puede merecer un castigo para más adelante. Demasiados inconvenientes para quien, después de todo, piensa esta elección como mera escala hacia las presidenciales de 2003.

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