6 de agosto 2008 - 00:00

Restricción externa es sólo imaginación

Nuestro primer instinto fue hacia la libertad. Tan pesada seran las cadenas que nos sometían, no sólo en lo político sino también y, especialmente, en lo económico. Con énfasis y reiteración lo proclamamos en el Himno Nacional desde niños como el grito sagrado que todos los mortales deben oír; juramos incluso morir por ella con gloria, si fuera necesario.

Alberdi en las Bases y en el Sistema Económico y Rentístico realiza un extenso y sesudo análisis sobre la cuestión y demuestra las ventajas de abandonar el sistema monopólico, regalista y concesional que rigiera durante la colonia para reemplazarlo por el imperio de la libertad, tal como finalmente fuera receptado en la Constitución. Era una libertad asociada indisolublemente a lo extranjero porque de allí vendrían los capitales para financiar nuestro desarrollo y la inmigración necesaria para ayudarnos en la tarea, tal como ocurriría entre 1853 y 1929.

Nuestro segundo instinto fue de temor a lo extranjero, porque de allí venían los peligros que airosamente superamos en la guerra por la independencia que dejó una marca indeleble en la génesis de nuestra personalidad nacional. Este segundo instinto actúa como reflejo ante cualquier nuevo peligro.

  • Instintos

  • Superada nuestra primera etapa, preponderantemente militar, ambos instintos estuvieron presentes en nuestra historia económica, signada por las marchas y contramarchas.

    Cuando el horizonte de progreso parecía infinito como nuestras pampas, rigió amplia la libertad. Llegaron capitales y población. Hubo un gran desarrollo. Nuestro sistema constitucional, similar al americano, y su efectiva vigencia, con plena división de poderes, especialmente en cuanto al control de constitucionalidad judicial, era destacado por los mejores juristas internacionales de entonces, como fue el caso de Gastón Jèze (Les Défaillances d'Etat, 1935), colocando a nuestro país en la cúspide mundial de la seguridad jurídica junto a los Estados Unidos.

    Frente a las restricciones externas nuestro reflejo nos llevó invariablemente a cerrarnos, sacrificando la libertad y reorganizando con diferentes matices el sistema monopólico, regalista y concesional que habíamos abrogado para organizarnos como nación independiente.

    Desde la Gran Depresión (1929) hasta la Crisis del Petróleo (1973), puede admitirse sin necesidad de mayores debates que sufrimos una restricción externa propiamente dicha, es decir, una restricción que venía impuesta por las circunstancias mundiales más allá de nuestro control. La caída de los precios de nuestros productos agropecuarios, primero, la guerra, después, y el cambio copernicano del mercado energético mundial, finalmente, nos encontraron en una etapa incompleta de nuestro desarrollo, y los efectos adversos fueron explicados por diferentes teorías entre las que prevaleció aquella que atribuyera nuestros males al deterioro de los términos de intercambio (Prebisch, «El Desarrollo Económico de América Latina y algunos de sus principales problemas», 1962), nuestras exportaciones primarias valdrían cada vez menos y nuestras importaciones industriales, cada vez más. Un efecto directo de ello era la insuficiencia de divisas, verdadera restricción que nos impedía alcanzar un desarrollo normal de nuestras potencialidades.

    La respuesta refleja a esa restricción fue el control de cambios y sus peores derivaciones, tipos de cambios múltiples, restricciones cuantitativas al comercio exterior, altos aranceles y retenciones, etc. Todos ataques en mayor o menor grado a la libertad. Pese a las reiteradas promesas fueron pocos los que eligieron la gloria, la mayoría aceptó una y otra vez las imposiciones; ya el Poder Judicial había perdido su independencia con sucesivas remociones desde 1947.

  • Reapertura

    Entre 1989 y 2001 se superó la inercia de la restricción externa y se advirtió que ya no existía. El mundo había superado completamente las secuelas de la guerra y su posguerra. La industrialización endógena había alcanzado un respetable nivel. El capital financiero que generáramos durante la restricción, y que por ellas se iba al exterior, y el que los extranjeros estuvieron dispuestos a invertir en nuestro renaciente futuro, más una progresiva reversión del deterioro de los términos de intercambio, abrieron nuevamente el cauce a la libertad.

    Sin embargo, en 2001/2002 una nueva situación crítica hizo funcionar el acto reflejo contra la libertad y lo extranjero y se puso nuevamente en vigencia todo el andamiaje para paliar la recurrente restricción externa. ¿Pero era eso lo que había sucedido?

    De ninguna manera. Hubo una crisis financiera provocada por el temor al default (que finalmente ocurrió), cuando el déficit fiscal provocado por la reforma previsional de 1994, la caída de la actividad por el default ruso (1998), la devaluación brasileña (1999) y un imprudente aumento del gasto, hicieron dudar a propios y extraños de la decisión de la clase dirigente de continuar por el camino trazado desde 1989. Pero esos gastos no eran en divisas y la deuda externa, que sí lo era, se podía financiar con nueva deuda en divisas sin otro requisito que nuestra voluntad (Brasil, Chile y Uruguay son ejemplos claros y cercanos).

    En 2002 la pesificación asimétrica provocó una catástrofe al estatizar la deuda privada, confiscar ahorros y repudiar deuda por más de sesentamil millones de dólares (20% del PBI de entonces). La devaluación, que fue su medio de implementación, destruyó salarios y jubilaciones causando una depresión económica. El crecimiento ocurrido desde 2003 no nos ha permitido todavía recuperarnos plenamente. Mientras tanto, el mundo siguió su marcha.

  • Consecuencia

    Hoy, la restricción externa existe solamente en nuestra imaginación y es consecuencia exclusiva de nuestros actos. Tan es así, que luego del restablecimiento del control de cambios, respuesta natural a la escasez de divisas, sus instrumentos debieron utilizarse para evitar el ingreso de capitales (D. 616/05), atenuando aquellos que impedían su salida.

    Si se cumple la Constitución; se arreglan las deudas pendientes (Club de París, hold outs, préstamos garantizados, CIADI, etc.); se libera el tipo de cambio de la intervención del BCRA y el movimiento de capitales desde y hacia el país; se eliminan las retenciones abusivas y las restricciones cuantitativas al comercio exterior; se sinceran las estadísticas oficiales; se normalizan las tarifas de servicios y bienes públicos y se permite una recuperación real de salarios y jubilaciones, la libertad recuperada será el medio a través del cual los hombres y mujeres del país y del mundo que quieran habitar nuestro suelo podrán hacer el resto mientras el Estado se concentra en la lucha contra la pobreza, la niñez y la ancianidad desvalidas.
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