Santa Cruz: la viuda de Sayago regresó al lugar donde lo mataron

Política

Rivadavia, Chubut - «Necesitaba estar ahí... pisar el suelo donde lo mataron a Jorge...», explicó entre sollozos Lorena Castro, la viuda del policía Sayago, asesinado durante la revuelta petrolera del 7 de este mes, frente a la alcaidía de Las Heras, cuando trabajadores y pobladores exigían la liberación de Mario Navarro, detenido por bloquear la Ruta Provincial 43 desde el 23 de enero, en reclamo de una suba del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias y el reencuadramiento gremial de 250 operarios. Así justificó la viuda su paso por Las Heras, quizá la primera y única visita que haga a ese pueblo donde le arrebataron a Jorge.

Lorena, de 21 años, madre de Marcia, una niña de 1 año y 3 meses, nunca había estado en Las Heras. «Para mí fue terrible llegar ahí, la entrada al pueblo, recorrer las calles...pisar la alcaidía...», describió, recordando el derrotero que la llevó al mástil desde donde todos los días se iza la Bandera argentina y a escasos metros de donde en la madrugada del 7, su compañero de vida fue abatido. En la descripción, Lorena olvidó un hecho: cuando puso un pie dentro de la alcaidía y cayó quebrada por el dolor. Debieron acercarle una silla y ella, por primera vez, cedió, apenas por unos minutos, el sostén de su hija.

Nacida en Gobernador Gregores, en un grupo familiar numeroso -8 hijos-, Lorena vivía desde hace 5 años con Jorge Sayago, con quien mantenía un vínculo de hecho -no estaban casados-. Lorena y Jorge vivían en Caleta Olivia, localidad en la que Sayago se desempeñaba bajo las órdenes del Comando Radioeléctrico. «A mí... me arruinaron la vida», sintetizó la joven al explicar el profundo dolor que vive desde hace 15 días, cuando se enteró de que a Jorge, un suboficial inspector ascendido post mórtem a comisario, lo habían abatido de un disparo en la espalda -la clavícula-, un palazo o un fierrazo en la cabeza -luego de dejarlo desprovisto de su casco- y una cuchillada en la espalda, que le perforó el abdomen.

  • Explicación
  • «Quiero Justicia», repitió Lorena una y otra vez sin contener el llanto. Su voz es débil, su aspecto quebrado y sólo parece tener fuerzas para sostener a Marcia. «Por ella pido Justicia», insiste mientras fija su mirada en los ojos de la pequeña. «¿Tuviste tiempo de pensar cómo le vas a explicar a Marcia que su papá ya no está?», le preguntó este diario. «Sí... lo pienso cada minuto... por eso pido Justicia».

    El cronista insiste con una inquietud que seguro resultará molesta: «No temés ser usada políticamente... los policías que exigen una mejora, el gobernador Acevedo que anuncia un resarcimiento, el presidente Kirchner que te llama personalmente y dice que quiere verte, los concejales Totino y Camino que buscaron sumarse a la marcha del silencio, el Partido Obrero que, a través de los docentes, convocó a los lasherenses a movilizarse, la propietaria de una radio FM local que ofició de presentadora en el acto del lunes... en fin, la lista parece larga y...».

    Lorena escucha atenta, reflexiona y apenas deja caer unas pocas palabras, contundente: «Queda a criterio de ellos». Promete la joven insistir con las marchas de silencio.

    Periodista: «¿Qué significa para vos justicia?»

    Lorena Castro: Que los asesinos queden en la cárcel.

    P.: ¿Por qué pensás que el asesino tuvo tanta saña con un policía?

    L.C.: No sé... (vuelve a sollozar, pero no interrumpe el diálogo, se mueve y responde con ademanes pausados).

    P.: Un trascendido indicaba que el asesino podría estar todavía en el pueblo... ¿Se te pasó por la cabeza que podías cruzarte con él en Las Heras?

    L.C.: Sí que lo pensé... pero igual quería estar ahí, ver el lugar donde mataron a Jorge porque hasta ahora yo había visto todo desde la televisión.

    P.: ¿Qué balance hacés a 15 días de los hechos, sin que la magistrada haya dispuesto todavía alguna detención?

    L.C.: Quiero justicia, justicia, justicia.

    P.: ¿Sentís que te truncaron la vida?

    L.C.: Me la arruinaron... (insistió).

    Lorena no se movió del lugar hasta que concluyó el diálogo, que fue breve. Tampoco insinuó, en ningún momento, alguna voluntad de interrumpirlo. Se quebró emocionalmente varias veces, lloró desconsolada y volvió a empezar ante cada inquietud.

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