4 de septiembre 2003 - 00:00

Se agrava el tema de encuestas fraguadas

El programa «Hora clave», por «Canal 9», inició su emisión del domingo pasado con 4 encuestólogos. Sorprendió, inclusive porque uno de ellos, Zuleta Puceiro, era llamado para «exponer sobre el probable resultado de la segunda vuelta electoral» entre Mauricio Macri y Aníbal Ibarra, cuando su cálculo para la primera tuvo el error garrafal de ser el único entre 12 encuestólogos que dio ganador a Ibarra (sobre todo cuando con un análisis simple se sabía que ganaba el presidente de Boca). Obviamente, el citado expuso que en «sus mediciones» ganaba Ibarra el ballottage. También era obvio que todos o la mayoría, tres, iban a dar a ganador a Ibarra. Y para salvar las formas uno, Rouvier, dio a Macri.

Estas parodias se hacen tan mal, con tanto descaro, que al terminar y pasar detrás de las cámaras los encuestólogos se encontraron con el segundo de la fórmula de Ibarra, el actual secretario de Cultura de la Municipalidad, Jorge Telerman, que había llegado para participar en la última parte del programa. Los cuatro lo abrazaron efusivamente y tres hasta lo besaron; créase o no, en gente que se supone que mide con objetividad y con el solo propósito informativo la tendencia de la sociedad que va a emitir su voto. Uno de ellos hasta le mostró y entregó papeles a Telerman sobre cómo ganaría su fórmula.

También estaba allí Juan Pablo Schiavi, jefe de campaña de Macri, que miraba todo eso y se limitó a mostrar un pequeño papelito al periodismo: era de Julio Aurelio y daba, al revés de lo expuesto por los 4 encuestólogos del apocalipsis, que para la segunda vuelta va ganando Macri por 51% a 48% en intención de voto.

Julio Aurelio es un profesional serio, no presta su nombre a encuestas truchas y menos en presencia de parodias televisivas para tratar de influir en los votantes en favor de un candidato patrocinante. Por eso, por bueno, Aurelio es contratado por algún candidato pero no para influir en la gente sino para darle encuestas reales al patrocinante, al efecto de que éste pueda ir modificando o adecuando por zonas su campaña según esas mediciones. Pero son encuestas privadas del contratante, no las lanza a los diarios que con ingenuidad transcriben las truchas que les llegan.

• Aciertos

La seriedad de Aurelio -también Hugo Haime la suele tener- hizo que en la medición para la primera vuelta haya sido junto con Artemio López y la encuesta de Ambito Financiero, las que mejor acertaron el porcentual que sacaría Mauricio Macri, además de estimarlo ganador. Pero Aurelio, además, ganó lejos y solo en acertar los 3,94 puntos que Macri le sacaría de diferencia final a Ibarra.

Desde el proselitismo para la elección presidencial de abril pasado, la compra de encuestas fraguadas y «dibujadas a medida» para tratar de acercar votos al candidato, aunque no sea nueva como estratagema, ha tomado un auge inusitado, con lo cual se ha instalado una inmoralidad electoral más en la Argentina.

Es un problema fundamentalmente autóctono, argentino. En Brasil las encuestas las hacen siempre medios reconocidos por su imparcialidad (por caso, el diario «Folha de Sao Paulo»). En otros países se ha terminado institucionalmente con ese accionar antidemocrático de fraguar: se prohíbe difundir las encuestas. En Francia, 5 días antes; en Portugal, una semana; en Paraguay, Brasil y Perú, 15 días antes, y en Ecuador, 30 días. En la Argentina se puede influir con encuestas hasta 2 días antes de los comicios. La legislación -que debería votar nuestro Congreso- es casi perfecta en Francia, que no deja difundir una encuesta sin comprobación legal de cómo se hizo, en qué tiempo, con qué metodología, otras exigencias y una fundamental: el encuestador debe expresar a la autoridad pública quién lo contrató.

Aquí es tan burdo todo que pareciera que los encuestadores son líricos vocacionales que gastan en hacerlas -los que las hacen, porque otros sólo dibujan números- para ver con orgullo sus cifras publicadas en los diarios y ser invitados a la televisión.

Pero precisamente por ser burdo, cobrarán por falsear pero influyen muy poco. Claro, siempre alguno les cree más fuerza y les paga. Aquí, por ejemplo, se han inventado cifras para todo el país que casi todos repiten pero no está probado en absoluto que sean ciertas. Es, por ejemplo, un índice de aceptación de las medidas del presidente de la Nación que superaría 70%, 80%. Es tan al tanteo el auscultar el real sentir que aparte de mala intención puede tener errores. Por ejemplo, se habla de un índice «de popularidad» del presidente Néstor Kirchner de 75% u 80%. Es obvio que alguien que es consagrado presidente, con permanente presencia en medios gráficos, televisivos y radios desde su consagración sea de conocimiento quizá de 90% o 95% de los argentinos. Pero no mide eso la «popularidad». Tampoco determina apoyo a sus medidas y menos a todas.

La izquierda está hoy tan gozosa con la posibilidad de un presidente tipo Fidel Castro, surgido sin saber para qué lo votaban, que insiste continuamente en «80% o 90% de popularidad». Claro, frente al histórico 5% o 6% -excepcionalmente 10% de adhesión de la población-, mencionar esas cifras altas es una terapia de desahogo aunque sepan el engaño. Pero importa lograr que otros las crean y las repitan.

Por otra parte, cualquier presidente que asume tiene un asentimiento de 75% u 80% durante los primeros 100 días y casi hasta los 6 meses. Además, el Dr. Kirchner se ha beneficiado con que no ha tenido que tomar ninguna medida con «costo político», que es cuando se toca el bolsillo de la gente.

Pero esto nunca puede prolongarse. Lo asombroso es que con 8 meses de gobierno Lula Da Silva en Brasil mantenga 45% (en medición seria) luego de haber terminado, por ejemplo, con la insólita jubilación de miles y miles de empleados públicos a los 48 años, que llevaban a un estallido las cajas previsionales o a un abultado peso sobre el presupuesto nacional. Le costó a Lula la votación varios puntos de popularidad, inclusive el previsible alejamiento de 3 diputados del PT que pasarán a formar un partido a la vieja usanza de marxismo extremo y retrógrado. Pero, ¿era o no un privilegio irritante del empleado estatal dejar de trabajar tan joven y encarecer el presupuesto oficial? ¿Será capaz Kirchner aunque se le aleje el marxismo-stalinismo criollo, de medidas así, saneadoras?

• Carencias

Con la picardía criolla aquí quizá no tengamos nunca mediciones serias de popularidad presidencial cuando el gobernante tenga que entrar a esas medidas serias y no sólo de repartir como ahora. No tenemos un Instituto Getulio Vargas como en Brasil, con fama de imparcialidad y, por derivado, de credibilidad. Los diarios aquí no tienen medios y si los tienen -caso «Clarín»- son venales y carecen de credibilidad por sus negocios sucios con los distintos gobiernos. Se podrían esperar mediciones de algunas universidades, pero si son públicas y algo creíbles -de Derecho, por caso- tampoco tienen fondos. Quizá pudiera hacerlo la Universidad Austral. En verdad es un problema el degeneramiento y el uso inmoral que se ha instalado de las encuestas sobre las tendencias de la opinión pública. Se ha perdido así un dato valioso de orientación de gobernantes, de funcionarios, de empresas, etc.

Aquí en lo único que hoy se cree serio es el Censo Nacional cada 10 años y quizá en los índices inflacionarios (aunque Lavagna cambió al director y la metodología de medición), porque ni los índices de desempleo son tomados como serios.

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