5 de agosto 2004 - 00:00

Se reflotó operativo que había usado J.J. Alvarez

El comisario general Néstor Vallecca se instaló temprano en el Centro de Operaciones del Departamento Central de la Policía Federal. Durante horas, una decena de monitores reprodujeron imágenes de hombres encapuchados y otros desplazándose por vacías calles porteñas. A un lado, las radios transmitían voces de incomprensibles códigos para un aficionado. La tensión policial duró diez horas.

Cuando el último grupo de manifestantes liberó la zona de la Legislatura, la Policía tuvo la certeza de que el operativo había resultado exitoso y sin incidentes.

Hubo dos episodios que contrastaron con la calma general: un «escrache» sorpresa a la porteña Casa de Santa Cruz y otro a una petrolera extranjera.

• Vallas levantadas

También una desinteligencia: sobre las 17.30, un grupo de policías retiró las vallas que protegían a la Legislatura porteña ante la versión de que se había levantado la sesión por el Código de Convivencia, y un grupo de manifestantes se acercó hasta la entrada del edificio lanzando gritos de protesta. Sin embargo, luego de una media hora, los manifestantes -la mayoría de ellos pertenecientes a partidosde izquierda-se desconcentraron.

Por prudencia o perfil bajo, el gobierno evitó hacer alarde de la efectividad del colosal despliegue policial montado sobre tres «áreas calientes»: el Congreso, la Plaza de Mayo y la Legislatura. Claro está que los sectores de piqueteros, vendedores ambulantes, prostitutas y travestis habían adelantado que sería una marcha pacífica.

Unos 1.500 hombres « armados» con cascos, escudos y bastones, se encargaron de custodiar y evitar que la Capital Federal se convirtiera en un campo de batalla como aquel «viernes negro» del 16 de julio, que terminó por despojar de su cargo al inefable Gustavo Béliz.

Los edificios públicos fueron vallados y protegidos por cientos de policías que no portaban armas de fuego y que estaban identificados con nombre y apellido con una placa en el pecho.

El temor a incidentes tocó el corazón del gobierno. En el interior de la Casa Rosada se desplegaron mangueras de incendio y se reforzó con 20 granaderos más ( todos vestidos con ropa de combate) la seguridad presidencial
.

La Policía controló un extenso perímetro que abarcó unas 20 cuadras desde Paseo Colón hasta Rincón. El Congreso, prácticamente, fue rodeado de un vallado que superaba los dos metros, detrás del cual fueron apostados una doble fila de policías de la Guardia de Infantería.

Iribarne
se instaló -a las 7.30- en su despacho de Seguridad Interior y cada hora fue recibiendo partes que, desde el Centro de Operaciones, le trasmitía el comisario Vallecca, en una triangulación que tuvo como referentes en la Casa de Gobierno, al secretario de la presidencia, Oscar Parrilli, y al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y en el Ministerio de Justicia a Horacio Rosatti.

• Antecedente

Sólo Eduardo Duhalde, en sus últimos meses de gobierno, había echado mano a la táctica de saturar las calles de policías para no confrontar con grupos duros de manifestantes. En ese entonces, el ministro de Seguridad era Juan José Alvarez y su secretario era también Alberto Iribarne. El ex presidente cargaba el peso de las muertes de los piqueteros Maximiliano Kosteky y Darío Santillán en Avellaneda.

La administración
Kirchner quiere disuadir -con una fuerte presencia policialque los desmanes continúen minando la popularidad del Presidente, que cayó 10 puntos entre mayo y junio por el reclamo de la clase media cansada de la violencia y de las molestias de tránsito que generan los cortes de rutas, autopistas y calles. Hasta el ministro de Economía, Roberto Lavagna, ha dicho que la continuación de las protestas ahuyentarían aun más a los inversores extranjeros de un país que ya tiene una mala imagen internacional por estar en cesación de pagos.

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