26 de julio 2004 - 00:00

¿Señal? Designados, cercanos a Duhalde

Alberto Fernández
Alberto Fernández
La fractura entre Néstor Kirchner y Gustavo Béliz es, además de una crisis de gobierno, el final de un proyecto: usar el crédito que el ex ministro de Carlos Menem ha mantenido hasta ahora en el electorado de la Capital Federal. Esa es la explicación que, en lo partidario, pudo tener la designación del ubicuo Béliz en cartera tan caliente como Justicia, Seguridad y Derechos Humanos.

Poco antes de las elecciones del 27 de abril de 2002, Béliz negociaba con Elisa Carrió su incorporación al ARI al contemplar cómo su rival, Aníbal Ibarra -a quien mantiene querellado en la Justicia por presuntas irregularidades en la gestión porteña-, se abrazaba a la fórmula Kirchner. Este, encima, había capturado a Daniel Scioli, nada menos que para la fórmula como vicepresidente, lo cual lo condenaba a la oposición.

De eso hablaba antes del 27 de abril con Carrió a través del diputado conservador Gustavo Gutiérrez.

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Kirchner concibió, al asumir la presidencia, que ese crédito que le había permitido a Béliz ganar más de 20 bancas de diputado en dos elecciones lo ayudaría a instalarse en la vidriera para la que trabajan todos los gobiernos, la Capital Federal.

Ahora, que el romance ha terminado, Béliz tiene una nueva oportunidad como opositor. En la hora del lamento, su gente atribuía, este fin de semana, su despido a que Alberto Fernández -a quien aprendió a querer cuando eran aliados los dos de Domingo Cavallo- vio una encuesta donde Béliz aparecía a la cabeza de las intenciones de voto junto con Mauricio Macri (ver nota aparte). Aunque la encuesta fuera una ficción de oportunidad para levantar el precio del despido -basta para imaginar que Béliz no trabajará para Kirchner en la Capital en las próximas elecciones-.

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Béliz sirvió, ya siendo ministro, para instalar la estética del nuevo electo: forzar a hombres de la derecha a jugar por izquierda, forzar a hombres de izquierda por derecha. Esto último no lo toleró mucho Miguel Bonasso, hoy en la oposición en el Congreso desde que se enteró de que el Presidente, cuando quiere descalificar a alguien, le dice: «No seas tan Bonasso». Lo primero lo encarnó Béliz. Era ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos: en Justicia tenía a la Corte en pleno impugnada, tanto que su pelea por la banca de senador contra Alfredo Bravo la debió tramitar una corte de conjueces. En Seguridad tenía el antecedente de 10 años antes de manejar con escasa pericia y sin mando efectivo a las fuerzas de seguridad, que reportaban directamente a Olivos cuando Menem era presidente. En Derechos Humanos, lo recibió Hebe de Bonafini con insultos y hasta fecha reciente decía que «no puede ser ministro de este gobierno» y que «es un salvavidas de plomo». Poco se podía esperar del ministro con esos antecedentes.

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En el final, Béliz atacó una fuerza oscura y con deudas pendientes, como es la SIDE: no es nuevo en él ese ataque. Desde que dejó el gobierno Menem, atribuyó siempre sus males a campañas y maniobras de la agencia de los espías. Algo que también hicieron los Kirchner, que llegaron a querellar, con el anterior gobierno, al ex jefe de la SIDE, Carlos Soria, por perseguirlos políticamente. Falta transparencia en organismos de inteligencia, pero que un Béliz eche mano otra vez a ese argumento le quita credibilidad. Lo hizo para atacar a Menem, para atacar a De la Rúa, y ahora lo hace para atacar a Kirchner, haciendo trascender que a las 12.45 del viernes 16 esa agencia comunicaba que no había ninguna amenaza sobre la Legislatura sobre la cual marchaban piqueteros, travestis y vendedores ambulantes. Esa oficina es un nido de santacruceños, y echarse sobre ella es atacar al corazón presidencial.

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¿Y Alberto Iribarne? Un orgánico del peronismo porteño, su rol en ese partido al ser el iniciador en la política nada menos que de Chacho Alvarez. De aquella época data su relación en el Pj del distrito con hombres a los que acompañó en cargos de diversa talla: Carlos Grosso (fue su último secretario de gobierno, en 1991-'92), Carlos Corach, a quien secundó en el Ministerio del Interior.

Con la elección de 1999 se pliega, como un orgánico del PJ, a la campaña de Eduardo Duhalde, dejando ese viceministerio a Jorge Matzkin. Convive allí con Alberto Fernández. Pasan con diversa suerte el invierno de De la Rúa. Fernández reverdeció unos meses -de abril a diciembre de 2001 con Cavallo de ministro-, e Iribarne se mantuvo en su estudio de abogado. Cuando Duhalde es presidente designado, lo nombra, primero, como presidente de la Casa de la Moneda y, cuando Juan José Alvarez es designado ministro de Justicia, pasa a la cartera de seguridad a la que vuelve ahora. Hombre de confianza de todas las veredas del peronismo, en esta nueva navegación no tiene a un ministro como era «Juanjo» Alvarez que se ocupaba él personalmente de la seguridad.

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Aunque nadie lo leerá en estos términos, la designación de Rosatti y de Iribarne exalta a hombres con la mejor relación con Duhalde. El nuevo ministro de Justicia fue intendente de Santa Fe y ató la mejor relación con Jorge Obeid cuando éste fue gobernador entre 1995 y 1999. Tanto que, cuando el año pasado Carlos Reutemann lo quiso anotar como candidato a gobernador en un sublema reutemista, Rosatti lo rechazó porque creyó que podía perjudicar el triunfo de Obeid. «Sería gobernador de Santa Fe», replicó a destiempo un reutemista ayer ante este diario. Cuando Obeid dejó la gobernación se arrimó a Duhalde.

En el caso de Iribarne se trata de uno de los tantos peronistas porteños que han prosperado en esta tierra recorriendo el eje Lomas de Zamora-El Calafate. Ninguno de los dos nuevos funcionarios se anotaría hoy a una pelea de Kirchner contra el ex presidente, y eso es otra novedad de la jornada.

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