11 de diciembre 2001 - 00:00

Si razona el caballo, se acabó la equitación

"Nada se resuelve creando delitos de la nada ni buscando el tipo penal que permita el procesamiento con efectiva privación de la libertad para luego acomodar los hechos a la figura, invirtiendo así el orden lógico del razonamiento. Demasiados problemas han ocasionado a la República las represiones ilegales del pasado para que ahora se intente la represión de los delitos contra la administración o que perjudiquen el erario por caminos aparentemente revestidos de legalidad pero en definitiva ilegales, como los que motivan la intervención de esta Corte."

Todos, a esta altura de los acontecimientos, conocemos los antecedentes del proceso que culminó con la terminante imprecación -que acabo de citar- de la Corte Suprema de Justicia. La bajeza y la necedad simplista lideraron el proceso. Un fiscal conocido por su vedettismo televisivo y un juez con dosis altas de odio personal hacia mí siguieron el curso de un com-plot execrable y netamente político. Por TV y en exclusiva siempre para el mismo multimedio. Un conocido difamador, abogado él, me adelantaba las actuaciones y decisiones del magistrado que ni mis abogados conocían, mientras algunos políticos decían estar «brindando con champagne».

En medio de tanta felicidad, el juez no podía distinguir entre lo que es justo y lo que le gustaría.

El primer juicio «impecable»


Se deciden culpas oprobiosas para quienes tuvieron el poder: los que dicen que gobiernan ahora quieren castigar. No importa, en detalle, cómo: si hay responsabilidad o si en realidad no hay culpables de nada. Hay que castigar y castigan.

No estoy hablando de peronistas perseguidos por el juez estimulado por expertos, al final de cuyo interminable laberinto está mi rostro. Se trata de un juicio de Residencia, la primera persecución política en manos de la Justicia, en el año 1813 y a cargo de la asamblea que abolió la esclavitud. Los castigados fueron entonces Moreno, Saavedra, Belgrano, Larrea, Matheu, Alberti, Paso, Rodríguez Peña, Vieytes, Rivadavia, Sarratea, Chiclana y Alvarez Jonte.

La pregunta fundamental durante el juicio fue cómo se enriquecieron los acusados: muchos, como se sabe, eran pobres y sufrieron la difamación pública.

Todas las pruebas eran iguales: improbables. Cuando le imputaron a Saavedra la venta de obispados, la Iglesia advirtió que se estaba llegando demasiado lejos: amnistiaron a todos.

Después de la guerra con Brasil, los ministros de Guerra, de Hacienda y de Relaciones Exteriores fueron juzgados por enriquecerse con la venta de uniformes. Gobernaban sus enemigos, por supuesto, y un juez «independiente» castigó a Balcarce, Carlos María de Alvear y Alzaga.

«Para que no puedan revivir»


Estos hechos, sumados a otros parecidos, hicieron trinar la santa indignación de Beruti, quien escribió: «Cuando cae un gobierno es vituperado por los adictos al régimen nuevo. Así hemos acusado falsamente y hemos manchado la honra de presidentes, miembros de las juntas, gobierno ejecutivo, directores, secretarios y jefes militares. Todos los cargos son falsos. Nunca se probó nada. No se debe creer más que en el odio que profesan. Son facciones motivadas por la ruina y la negra envidia. Se publica todo en la 'Gazeta' para acarrearles a ellos el odio público, para que pierdan partidarios y amigos, para que no puedan revivir a la política. Así se sostiene el gobierno que reemplaza al caído».

Desde ese juicio increíble hasta ahora, la escena se repitió una centena de veces en la historia nacional.

Siempre el mismo canon: políticos que tuvieron poder y son juzgados por jueces «independientes» cuando gobierna la oposición, con cargos que invariablemente refieren la impunidad supuesta, el enriquecimiento y la infamia.

La infamia sobre todo: le pegan en la rodilla al acusado hasta que queda rengo.

Y prensa, mucha prensa. «Se publica todo en la 'Gazeta' para que pierdan partidarios y amigos» desde 1813.

Utilidad histórica del delirio


En este punto el delirio fantasioso de las clases medias es muy útil: opera el mismo reflejo por el cual la gente acusa a los gobiernos de todos sus males, incluso de sus frustraciones íntimas. Si el gobierno sabe usar ese delirio inhóspito, tener un buen preso a mano es muy práctico: se lo puede acusar de casi todo y ganar tiempo circense. La gente lo mira por la TV como un reality show, con la ventaja de que conocen bien al personaje, a su esposa, a sus amigos.

Que a esta tarea se dedique gente con prestigio no debe extrañar a nadie: en la tarea de triturar la honra no hay obstáculos.

A Lisandro de la Torre por mucho menos le pasó un tiro muy cerca, y Bordabehere fue asesinado en la Cámara alta. Pero el asesino no se detuvo: sabía que la bala más dolorosa es la injuria y le pagó a un profesional para que publique un libelo que tachó de infamia para siempre a De la Torre. Todos los medios dieron amplia acogida al disparate. La defensa fue inútil: ya era tarde.

Don Lisandro terminó suicidándose.

«Miente, miente», dirá Goebbels: «Algo queda».

La horda salvaje


«Una horda, un hampa, había acampado en las esferas oficiales y plantado en ellas sus tiendas de mercaderes, comprándolo y vendiéndolo todo, desde lo más sagrado hasta el honor de la Patria.»

No; no es el dictamen de Stornelli sobre mi gobierno, es un político de la década del '30 hablando de Hipólito Yrigoyen, porque es viejo, viejísimo, el intento de mostrar a un gobierno popular como una mafia. También dijo Villafañe en el Congreso que «al Yrigoyenismo lo forman ciento diez mil prontuariados de la sección Robos y Hurtos, y sesenta mil pederastas».

Ministros que en el destierro se suicidan, reclusos en Martín García y también en Ushuaia, procesos criminales contra viejos funcionarios, incautaciones, secuestros de bienes, inhabilitaciones civiles, proscripciones políticas, exilios: todo publicitado profusamente. Lo que ocurrió con Perón y su gobierno es una prueba acabada de lo que acabo de expresar. El cadáver de Eva Perón vejado, incautado y llevado a un cementerio en Italia. Los cadáveres de ambos, ultrajados.

Y la lección que nadie aprende: los yrigoyenistas calumniados, los demócratas progresistas y socialistas tildados -con injuria-de cipayos, alzaron la voz de la infamia contra el gobierno de Frondizi, inventaron la palabra «negociado», lograron el derrocamiento, la cárcel y la humillación de uno de los más grandes estadistas que tuvo la República Argentina.

Intriga, delirio, mensajes difusos, acusaciones vagas: todo tiende a confundir, a que el pueblo no piense, porque si razona el caballo se acabó la equitación, y hay gobiernos que promueven los beneficios de una esclavitud tranquila.

La doctrina del odio súbito


A diferencia de los sectores rurales y proletarios ligados a la producción, cuyo pensamiento es práctico y directo, un sector de la clase media que domina la opinión pública suele gozar con devaneos teóricos y se solaza en discursos idealistas, subjetivismos morales y vaguedades por el estilo. Cualquier rumor infundado les provoca un malhumor más enérgico que si fueran sometidos a una dictadura, siempre que ésta les provea de ascenso social.

En ese narcisismo crecieron partidos increíbles que siempre tuvieron el mismo destino: el olvido. Sin estructura nacional porque el interior los desprecia, se crían a la sombra de un sector minúsculo de la comunidad porteña.

Se nutren del odio y del malestar momentáneo. Logran éxito de taquilla y desaparecen, después de convencer a sus seguidores de que el gobierno traiciona.

De aquí a definir que todo gobierno es venal hay un solo paso, por eso sé que le pagarán muy mal al presidente De la Rúa por sus servicios en la causa que me llevó a la cárcel: el próximo preso puede ser él.

Mercenarios que hicieron de la difamación una profesión, empleados a sueldo de viejos estrategas que supieron aprovechar el rencor del juez y la veleidad del fiscal.

Sumado esto a la campaña que refiere que toda clase política es en realidad corrupta, si yo no hubiera democratizado a las FF.AA. hoy muchos clamarían por un golpe de Estado.

En cuanto a mí, estuve preso, después proscripto, fui gobernador, estuve preso, volví a ser gobernador, dos veces presidente, y después... preso. Nada más natural.

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