Ni Raúl Alfonsín ni Fernando de la Rúa mantuvieron una relación incondicional con Ricardo Balbín, aquel líder del radicalismo cuyo fallecimiento, hace 20 años, se recordó ayer. Sin embargo, el Presidente y el jefe de la UCR aprovecharon la peregrinación a la tumba del viejo caudillo, en La Plata, para exhibirse conciliadores, es decir, para dar por concluida la batalla que se desató la semana pasada con acusaciones mutuas. Si Alfonsín seguirá despotricando contra Domingo Cavallo o "los ajustes", no será por falta de solidaridad con el gobierno de su partido. Al menos, es lo que aclaró ayer. Igual que De la Rúa, quien elogió a su contrincante y juró jamás pelearse con "alguien de su estatura moral". ¿Una paz de compromiso? Sí, pero acaso la única que pueda pedirse a dos dirigentes inquietos por el resultado electoral del 14 de octubre, que no será halagüeño y del cual, por las dudas, ninguno de los dos quiere aparecer como responsable.
Fernando de la Rúa, Chrystian Colombo, Raúl Alfonsín, Rafael Pascual, Federico Storani y Nicolás Gallo.
Chrystian Colombo llamó a lo de Raúl Alfonsín, el sábado por la tarde, desde la residencia de Olivos: «Queremos invitarlo con el Presidente a que mañana venga con nosotros a La Plata». Alfonsín accedió contento: subiría al helicóptero en la base de Leandro Alem, iría hasta la capital de la provincia envuelto en el protocolo presidencial y, al lado de funcionarios y escoltas, hablaría del recordatorio que se había preparado en el cementerio de La Plata. Nadie podría, entonces, confundirlo con un conspirador que pretende menguar el poder de su propio partido en el gobierno. Ese corolario ya era magnífico para un trámite si no desagradable por lo menos tedioso: él nunca soportó a los platenses y con Ricardo Balbín, a quien ayer se homenajeaba por los 20 años de su fallecimiento, quedaron cuentas pendientes que estas dos décadas no saldaron.
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Pero el acto del cementerio de La Plata dio más de lo que el propio Alfonsín había contemplado. Fernando de la Rúa y él mismo, entreverados en una esgrima verbal sutil, montaron una escena de pacificación interna que debería durar toda la campaña electoral. Todo sonaba creíble: después de todo, la reconciliación se produjo ante un difunto principal de la UCR, un partido que lleva la necrofilia al extremo de realizar un lanzamiento proselitista en un camposanto, como sucedió ayer. A tanto llega esta propensión que ya hay un funcionario del Frepaso que imaginó poner en Recoleta un cartel con la leyenda: «A este peristilo lo cuidan la UCR y usted».
Hasta la tumba del viejo caudillo llegaron radicales de todos los pelajes. Por supuesto, hombres del gobierno como Colombo o Nicolás Gallo y, sobre todo, varias generaciones de «balbinaje». La más antigua, que representaron «Chalo» Palacios, Rodolfo García Leyenda, Rubén Víctor Blanco, Abelardo Costa o Anselmo Marini. La intermedia de Omar Bruzzo o Enrique «Japonés» García y la «juventud», ya achacosa, de Rafael Pascual, Víctor Amador De Martino, Raúl Pistorio o Jorge Teodosiú. Además, obviamente, la familia Balbín presidida por Armando, el hermano del viejo presidente del partido. Más allá, radicales como Marcelo Bassani, Alejandro Tullio, Víctor Cipolla, Rito Basualdo o «Raulito» Borrás, necesitados de algún símbolo que los sintetice en tiempos de desencanto y aridez electoral. Nadie mejor que Balbín, que ganaba las internas por teléfono pero perdía las generales por paliza.
Si pasar el mediodía del domingo fuera de casa y en un cementerio puede hacer las delicias de un radical de pura sangre, la posibilidad de escuchar algunos discursos convierte la ocasión en la panacea. Los de ayer, en La Plata, fueron siete. Hablaron Jorge Berry, presidente del partido, Carlos Andreuci, en nombre de los abogados de la ciudad, un periodista, editor y viejo amigo de Balbín, Raúl Kraiselburd, Federico Storani (por el hecho de que vive cerca, en Citi Bell, y le gusta hablar en público, ya que jamás soportó a los balbinistas), Pascual, Alfonsín y De la Rúa.
Sutileza
El ex presidente comenzó con una sutileza casi magistral en materia de oratoria. Entre la mayoría de los presentes es conocido el odio que se profesan él y Armando Balbín, allí presente. Por eso Alfonsín, a diferencia de los demás oradores, cuando dedicó su discurso no incluyó a «los familiares de don Ricardo». Apenas mencionó a «los descendientes».
Así como a Jorge Luis Borges le costaba tanto reconocer a un escritor contemporáneo, el caudillo de Chascomús suele ser poco elogioso con gente con la que peleó en vida. Más con Balbín, con quien tiene el entripado de que haya sido acaso el único jefe al que reconoció durante su ya larga trayectoria. Por eso, cuando tuvo que citarlo, puso en boca del muerto palabras que él viene repitiendo en los últimos meses. Con vocación sinóptica, Alfonsín dijo que para cualquier gobierno «hay cosas posibles y cosas probables; pero las cosas probables no necesariamente son ineludibles». La observación de la realidad desde la altura del helicóptero presidencial le dio al ex presidente una tolerancia que pocos esperaban: 20 minutos de viaje hicieron pasar al neoconservadurismo, el ajuste, hasta el recorte de salarios, desde el lugar de lo indeseable al limbo de lo probable.
Autocrítica
Hasta fue capaz Raúl Alfonsín de hacer una leve autocrítica, diciendo que «Balbín no hablaba de 'unidad nacional', que puede ser un rejunte. Hablaba de 'unión nacional', que es buscar los comunes denominadores, como tan claramente nos pidió el Presidente el 9 de Julio en Tucumán».
De la Rúa estuvo también generoso en su discurso. Lo dramatizó mirando hacia el sepulcro de Balbín y, como si le contara la época en que le tocó gobernar, repasó la herencia recibida de «deuda y recesión», aunque sin llegar a ser lastimero. Defendió su política de déficit cero y consignó que «Raúl Alfonsín nos pide también 'pobreza cero' y coincido con él; y agregó 'corrupción cero', 'analfabetismo cero', es decir que el Estado pueda cumplir con lo que debe cumplir, para lo cual son necesarias las cuentas en orden». Menos elusivo que de costumbre, el Presidente se refirió al conflicto que lo envolvió en los últimos días: «Hay quienes pretenden afirmar que estoy peleado con Alfonsín. Sería una irresponsabilidad, por el rol que ocupa cada uno y por el afecto y el inmenso respeto que tengo hacia alguien de su estatura moral». Sin embargo, aclaró que «yo soy el presidente, ejerzo los poderes que me asigna la Constitución y le pido a mi partido que me deje pagar los costos políticos por las decisiones que la patria exige».
El ritual fúnebre siguió su curso. Un locutor le quitó solemnidad diciendo que «a veces el futuro no se puede ver ni mirando el pasado ni observando el presente sino que hay que esperar el porvenir y Alfonsín es el porvenir de Balbín», hasta que el presidente de la Cámara de Diputados, Pascual, hizo un acto de balbinismo explícito convocando a uno de los dos peronistas que acompañaron la ceremonia, Jorge Remes Lenicov (el otro era el intendente de La Plata, Julio Alak). Con el economista -candidato de Alfonsín a suceder a Domingo Cavallo-, Pascual descubrió una placa: «Es el desagravio tardío a Balbín de la cámara que lo desaforó injustamente». Hablaban de 1949, cuando «el Chino» (o «el Japonés», como le decía la guardia vieja) se había convertido en emblema del antiperonismo incipiente.
El cometido del homenaje estaba, a esta altura, logrado. El túmulo de Balbín, las bóvedas vecinas, la calma del cementerio al mediodía, los trajes grises un domingo soleado, todo creó el clima propicio para que los dos principales radicales de esta época arreglaran sus cuentas ayer en La Plata. Nadie sabe si fueron sinceros pero tampoco importa: Alfonsín y De la Rúa se ubicaron en el lugar más aceptable para, con un poco de oficialismo y otro de disidencia, capturar la mayor cantidad de votos posible el difícil 14 de octubre.
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