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Kirchner logró comprometer a Hugo Chávez para financiamiento conjunto de exploraciones que despejen la duda sobre si la zona del Golfo San Jorge es o no una reserva petrolífera valiosa en la plataforma continental argentina.
Evo Morales no asistió pero fue una de las víctimas: la sola idea del lanzamiento del gasoducto gigantesco -aunque tardará 7 años en terminarse, si se termina- es una presión indirecta para que no exagere en el aumento del precio del gas a la Argentina y Brasil. Se dice que no puede aspirar a 7 dólares por BTU -como entre Canadá y Estados Unidos- pero sí entre 3 y 5, sobre todo más cerca de 3 dólares. El ministro Julio de Vido declaró con fuerza que el mayor gasto por gas no se transmitirá ni a industrias, comercios ni a domicilios. O sea, será subsidiado por el gobierno porque teme otra presión sobre la inflación, que no se detiene en la Argentina. El flamante presidente de Bolivia, que asumió en enero, acusó el impacto: pidió ingreso al Mercosur (antes se negaba) y que «Argentina, Brasil y Venezuela no dejen de lado a Bolivia en sus proyectos de enlace energético».
Tabaré Vázquez, otro ausente de Brasilia pese a ser país Mercosur, tuvo de parte de Kirchner un reconocimiento público de que tiene derecho a buscar su mejor interés, referido a un tratado de libre comercio con Estados Unidos, aunque esto rompería las normas del Mercosur. Brasil, que no acepta la idea de Uruguay, no emitió opinión dados los beneficios que obtuvo de la Argentina como para contradecir a su presidente en ese aspecto. Además, Brasil sabe que Lula prometió limitar exportaciones -obtiene regalías por la cantidad de empresas de ese país que se radicaron en la Argentina- pero los empresarios afectados, sobre todo de electrodomésticos, impidieron hasta ahora concretar esa reducción.
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