28 de marzo 2002 - 00:00

Crónica de una muerte anunciada

Con alguna similitud respecto de lo que transmite el magistral relato de Gabriel García Márquez en su novela «Crónica de una muerte anunciada», también en la Argentina de hoy asistimos al ocaso de una sociedad patriarcal fallida cuyo eje cultural está desgastado, con las instituciones sociales deshumanizadas, y una dirigencia -especialmente la perteneciente a la clase política- absolutamente autista e incapaz de brindar las respuestas más elementales ante la crisis tan aguda por la que atraviesa el país.

En efecto; como parte de ese realismo mágico que expone la novela referida, se produce en nuestra sociedad la misma constante interferencia entre lo real y lo que quiere mostrarse como maravilloso; la descarada naturalidad de intentar hacer creíble lo inverosímil; la construcción -desde el discurso- de un escenario absolutamente artificial que existe sólo en la ideología mediática de los dirigentes; el permanente choque entre la libertad individual y las presiones de la sociedad, y la omnipresencia de un prenunciado final doloroso -voceado desde innumerables sectores- de enfrentamiento o guerra interna al cual no es ajena la muerte como experiencia trágica de la vida.

Quienes tienen la responsabilidad de llevar adelante los destinos de la República, desde un gobierno de coalición (al que se califica desde el poder en forma desmesurada «de salvación nacional»), y la mayor parte de la dirigencia de oposición, suman y ahondan el abismo que los separa de la gente; no se escuchan unos a otros y, cada vez más fuerte, proclaman sus pretendidas verdades asentando las mismas en gritos, enojos y violencia, sin reparar en el fracaso de ese discurso épico que pulveriza toda afirmación de fuerza neutralizándola con su propia debilidad.

Los planes de este gobierno están agotados: el «plan económico», el «plan político», el «plan social» y el «plan jurídico» (si es que alguna vez fueron verdaderos «planes») no resisten más los embates de la realidad; es hora de cambiar de planes y de conductores intermedios; hay que volcarse urgentemente hacia planes realistas a ser conducidos por quienes tengan la capacidad efectiva de hacerlo, la claridad de cómo implementarlos, y el predicamento y respeto de no haber sido -al menos- los artífices y causantes de fracasos anteriores. Lo lamentable, e irreparable, es el enorme daño que ya han causado.

• Investigación

Al igual que en «Crónica de una muerte anunciada», conociendo desde el principio que esto ocurriría, el Presidente -siguiendo al autor de la novela- debería de una vez por todas dar por conocido el desenlace, asumirlo en plenitud y fijar la atención en investigar las causas del crimen.

¿Qué falló? Simplemente... todo. Creer que con el simple hecho de devaluar y salir abruptamente de la convertibilidad se acabarían los problemas estructurales de la Argentina; que si el dólar no tiene el valor de mercado que el Presidente desea éste puede mandar a la Policía para hacerlo bajar, y que el dólar bajará; que si la inflación se dispara se la puede frenar publicando un índice que no refleje la realidad; que los precios de los productos y servicios no subirán porque el gobierno prohibió la indexación por ley; que la gente confiará nuevos ahorros a los bancos después de que éstos se quedaron con su dinero; que las empresas no quebrarán porque se dictó una ley que prohíbe las quiebras por más de nueve meses; que los empresarios no despedirán personal porque el gobierno por ley prohibió los despidos; que la Corte resolverá los juicios como el gobierno quiere porque si no será echada y reemplazada por otra Corte; que los organismos internacionales multilaterales de crédito pueden ser patoteados o extorsionados para tomar decisiones «políticas»; que la violencia cesará porque se reparten planes Trabajar (que son, curiosamente, para no trabajar) y se ha convocado a un «diálogo social»; que se puede emitir moneda sin respaldo sin que ello genere inflación; que se puede seguir gastando más de lo que se genera aunque no se tenga crédito; que se le puede mentir a la gente sin quebrar su confianza; que el valor adquisitivo de los salarios se mantendrá porque se implantará la Ley de Abastecimiento; que los comunicadores y voceros del gobierno pueden recurrir impunemente a cualquier argumento, por infantil que éste sea, con tal de justificar lo que ocurre o de tapar la realidad; y todo ello sin consecuencia alguna.

Como puede verse, no hacía falta mucha imaginación para concluir que se produciría indefectiblemente esa muerte anunciada. Lo que resulta increíble es que, al igual que en la novela de García Márquez, todo el mundo sabía que la muerte se iba a producir y nadie (en el gobierno) trató de evitarla.

(*) Especialista en crisis y coautor de la Ley de Quiebras 24.522.

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