18 de julio 2001 - 00:00

Duras historias de lapidación en el Irán de los ayatollahs

Todo estaba preparado para lapidar a Fariba. Habían cavado un hoyo lo suficientemente hondo para que la joven iraní de 35 años quedara enterrada hasta las axilas tal y como manda la Sharia, la normativa islámica. Una camioneta había transportado las piedras adecuadas (ni muy pequeñas ni muy grandes, dice la ley) hasta la prisión de Evin, en las altas montañas del norte de Teherán. La sacaron de la celda y la arrastraron hasta el patio carcelario. Entre lamentos, Fariba imploraba, juraba y perjurada a sus guardianes: «Soy inocente».

Nadie escuchó sus ruegos ni su última voluntad: pedía despedirse de su marido y de su pequeña de 10 años. Le pusieron un saco en la cabeza, la metieron en el hoyo y, para inmovilizarla, lo rellenaron de tierra. Policías iraníes, armados con piedras, hicieron el resto.

La ejecución de Fariba -omitimos su apellido por respeto y para preservar la identidad de su marido y su hija- tuvo lugar el pasado 22 de mayo. Una semana después, su historia apenas merecía unas líneas en «Entekhab», el periódico oficial de Irán: «Una mujer ha sido condenada a muerte por lapidación por su participación en películas porno», decía el titular. «Los Guardianes Islámicos habían decomisado varias cintas de video pornográficas y, tras un minucioso estudio, consiguieron localizar a la actriz protagonista gracias al número de un contador de luz en el que se apoyaba», continuaba.

En los últimos 22 años (desde que se estableció la República Islámica, tras el derrocamiento del sha de Persia), más de 50 personas han muerto en Irán acribilladas por las piedras. Como Fariba, 90% eran mujeres. Son las cifras que han salido a la luz, pero tras ellas se esconde una realidad aun más cruda, si cabe: la de las víctimas que son lapidadas de modo clandestino.

La ejecución de Fariba comenzó a fraguarse en 1992, cuando la joven, que entonces contaba 27 años, fue encarcelada acusada de ser una actriz porno, un delito castigado con la lapidación. Su marido aseguró ante las autoridades que aquel video que condenaba a muerte a su esposa lo había grabado él sin ningún ánimo de comercialización. Pero lejos de lograr salvarle la vida, recibió 75 latigazos por encubridor.

Sin un abogado que la defendiera -una mujer acusada de tales delitos no tiene derecho a él-y teniendo en cuenta que bastaba el testimonio de cuatro hombres para dar la acusación por cierta, Fariba estaba condenada de antemano.

• Rito de bienvenida

Pese a ello, en las celdas de Evin, la prisión erigida por el extinto régimen del sha, siempre negó ser la mujer desnuda que aparecía en aquella película. Incluso cuando recibió los 75 azotes reglamentarios -el particular rito de bienvenida con el que la ley agasaja a cualquier persona acusada de algo: resistirse a la autoridad, mentir, participar en una manifestación, no llevar correctamente el velo islámico...- siguió defendiendo su inocencia. Durante los 3.000 días que vivió entre barrotes fue torturada decenas de veces y humillada y vejada...

¿Por qué iba Fariba a grabar una película pornográfica? El riesgo es tan grande en Irán que no merece la pena. Máxime cuando se pueden adquirir, con relativa facilidad, las películas condicionadas que llegan de Occidente.

Contra todo pronóstico, Fariba logró sobrevivir en prisión y allí cumplió los 35 años convertida en una precoz anciana. De repente, dos semanas antes de las elecciones presidenciales iraníes del pasado 9 de junio, los conservadores islamistas, en un alarde de fuerza, decidieron ejecutarla. Así el pueblo sabría que incluso con el reformista Mohamad Khatami como presidente, ellos eran realmente quienes marcaban la historia de Irán.

• Presencia obligada

En muchos casos de lapidaciones lo más doloroso no son los golpes de las piedras. El 10 de agosto de 1994, en la ciudad de Arak, un juez religioso obligó al marido y a los dos hijos de una condenada a lapidación a que asistieran a la ejecución. Las criaturas tuvieron que presenciar cómo el camión lleno de rocas aparcaba en el lugar, cómo su madre imploraba que libraran a sus hijos del sufrimiento de verla morir y cómo, en medio de la lapidación, su progenitora lograba esquivar la lluvia de guijarros y escapar durante unos minutos. Hasta que los guardias del régimen la alcanzaron y le dispararon a bocajarro.

Dentro de Irán, los jueces proclaman con gran fanfarria sus desmanes, pero en la arena internacional sus representantes niegan todos estos hechos. En 1994 el periódico francés «Le Figaro» le hizo una entrevista a
Rafsanjani, el hombre fuerte del régimen. A la pregunta: «¿Es cierto que las mujeres acusadas de adulterio mueren apedreadas en Irán?» contestaba: «No, tal cosa no existe en Irán. Esto se ha inventado para dañarnos».

Antes de la instauración de un gobierno teocrático (en 1979)
, una mujer iraní que hubiera cometido adulterio o algún otro «atentado contra la honra de la familia» hubiese recibido como máximo castigo las habladurías y las miradas acusadoras de sus convecinos, el repudio de su marido y el rechazo de la familia. Ahora, un relación extramatrimonial o un video porno, cuesta la vida.

La ejecución de Fariba empezó con la lectura de la sentencia y el versículo correspondiente del Corán por un
ajund, un miembro del clero, sobre quien recae la misión de tirar la primera piedra. Luego, los que se autodenominan Guardianes del Islam ahogaron los llantos de la mujer bajo una tormenta de rocas. Cuando su cabeza quedó totalmente cubierta por las piedras, rojas, y el saco dejó de moverse, los guardianes se acercaron al hoyo, apartaron las piedras asesinas y sacaron el cuerpo sin vida de Fariba. La pena se había cumplido.

Es el destino al que están sentenciadas otras dos mujeres cuyas condenas han trascendido estos días a los medios de comunicación. Una semana después de la ejecución de Fariba, otra joven pasaba al
corredor de la lapidación por matar con un cuchillo a su marido tras un infierno de malos tratos. El domingo 1 de julio, la mujer sentenciada a morir bajo una mole de piedras había cometido el delito de mantener relaciones con su primo. Ella será lapidada. El, fusilado.

Intentar que se revoque la sentencia puede ser aún peor
. Cuando Maryam, una mujer de 32 años, escuchó que iba a morir bajo una mole de piedras se desmayó. Luego, la señalada como adúltera, decidió apelar a los tribunales. Este año un órgano superior corroboró la sentencia y agregó que su cuerpo debía ser quemado después de la lapidación.

En Irán, la pena de muerte es un castigo que se ceba tanto con delincuentes como adversarios políticos, minorías étnicas... pero especialmente con adúlteros y homosexuales.

Los
gays y lesbianas no han tenido siempre que esconderse dentro de un armario bien cerrado. Antes de llegada de los ayatollahs, la homosexualidad era bastante tolerada: aunque no estaba legalizada, los homosexuales no eran perseguidos y mucho menos, castigados. Por increíble que parezca, en 1975 se celebró la primera boda civil entre dos hombres.. Pero la llegada de los ayatollahs al poder en 1977 supuso un vuelco espectacular en la situación del país: ejecuciones sumarias y arbitrarias, torturas, desapariciones, lapidaciones, juicios parciales, desapariciones, menosprecios a la libertad de expresión, sexual...

La ley, asombrosamente minuciosa con los homosexuales, impone 74 latigazos a los adolescentes «pasivos» y pena de muerte para los adultos «activos». Pero, en la práctica, la arbitrariedad de los jueces es la que decide.

Un inocente beso o un caluroso abrazo entre dos hombres se pena con 60 latigazos, andar desnudos bajo el mismo techo, con 99 y ser sorprendidos in fraganti en cuatro ocasiones, con la muerte.

En el caso de las lesbianas, los castigos son ligeramente más duros. Según establece el código penal islámico un beso entre dos mujeres merece 100 azotes en público.
Si se demuestra que dos mujeres han estado desnudas juntas sin causa justificada recibirán otros 100 latigazos. Al igual que los hombres, la perseverancia en el delito merece la muerte.

El artículo 98 del código penal pormenoriza los preparativos de la lapidación: «Al hombre se le entierra en un hoyo hasta la cintura mientras que la mujer es enterrada hasta los hombros (...). El único atisbo de
misericordia es la posibilidad de que el reo burle la letal condena: si el delincuente consigue salvarse del hoyo mientras se está realizando el castigo, será perdonado».

• Condenas arbitrarias

Según establece el Corán, para que una persona sea condenada a la lapidación, se debe contar con el testimonio de cuatro testigos presenciales del delito. Pero, en la práctica, las autoridades aplican el castigo de modo arbitrario.

Frente a los designios del régimen, cada vez son más los sectores de la sociedad que se rebelan contra estas prácticas.
Sucedió en 1996, en una céntrica plaza de Teherán. La multitud se indignó de tal manera ante la brutal lapidación, que dedicó aplicar a los guardianes del régimen un poco de su propia medicina, arrojándoles piedras y rescatando a la joven.

La escena se repitió hace tres años en la ciudad de
Bukan, en el Kurdistán. Todo estaba preparado para que Zoleyjah Kadjoda, una muchacha de tan sólo 20 años, pagara sus culpas. Los medios de comunicación llevaban días animando a los ciudadanos para que acudieran a la lapidación de «una corrupta en la tierra». Después de varios minutos de apedreamiento, la multitud se rebeló contra los guardianes islámicos y logró salvar de la muerte a la ya malherida.

La magistrada Zhale Amuzegar, de 60 años, abanderada en la lucha por los derechos de la mujer, se encuentra en prisión por escribir un artículo en el que rechazaba la pena de muerte. El argumento simplemente fue que «la doctora Amuzegar había cuestionado un mandamiento divino».

Para Fariba ya es tarde. Si nadie lo remedia, para las dos mujeres que esperan en el
corredor de la lapidación también. Sus nombres o ni siquiera eso, tal vez sus iniciales o un aséptico «una mujer», acompañarán la leyenda «han sido lapidadas en Irán».

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